Los nuevos aranceles impuestos por Estados Unidos no afectan únicamente a Brasil. Representan una ofensiva contra el sistema multilateral de comercio y aceleran la construcción de un orden internacional multipolar.
Paulo Cannabrava Filho
Los nuevos aranceles impuestos por Donald Trump no constituyen una ofensiva dirigida exclusivamente contra Brasil. Se trata de una guerra comercial de alcance mundial. Brasil forma parte de una lista de cerca de sesenta países afectados, entre ellos Taiwán, Japón, Corea del Sur, Reino Unido, Suiza y toda la Unión Europea, precisamente algunos de los aliados más tradicionales de Estados Unidos.
La medida revela un cambio profundo en la política comercial estadounidense. El gobierno de Trump rompe con los principios del sistema multilateral construido después de la Segunda Guerra Mundial y sustituye la negociación entre los Estados por la imposición unilateral de la fuerza económica. Los aranceles dejan de ser un instrumento circunstancial de protección industrial para convertirse en un arma de presión política y geopolítica.
Además del arancel del 25 %, Estados Unidos añadió otro 12,5 % sobre diversos productos, elevando la carga total al 37,5 % en numerosos casos. Según el representante comercial Jamieson Greer, la medida busca «corregir lo que constituye tanto una violación de los derechos humanos como una práctica comercial distorsionadora, con el objetivo de mejorar el bienestar de los trabajadores en todo el mundo». Sin embargo, esa justificación no resiste un análisis objetivo. Bajo un discurso moralizante, pretende legitimar una política proteccionista destinada a preservar la competitividad de la economía estadounidense frente a las transformaciones de la economía mundial.
Los nuevos aranceles alcanzan a los sesenta principales socios comerciales de Estados Unidos, responsables del 99,4 % de sus importaciones. La lista incluye aliados históricos como Japón, Corea del Sur, Reino Unido, Suiza, Taiwán y la Unión Europea. Brasil, por lo tanto, no constituye un caso aislado. Forma parte de una estrategia global destinada a redefinir, mediante la fuerza, las reglas del comercio internacional.
En el caso brasileño, el gobierno anunció que aplicará la Ley de Reciprocidad Económica, aprobada por unanimidad por el Congreso Nacional, y recurrirá a los mecanismos de solución de controversias de la Organización Mundial del Comercio. La Secretaría de Comunicación de la Presidencia afirmó que, frente al carácter arbitrario e injustificado de las medidas anunciadas por Estados Unidos, Brasil utilizará todos los instrumentos jurídicos y diplomáticos previstos por la legislación nacional y el derecho internacional para defender sus intereses.
Según estimaciones de la Cámara Americana de Comercio (Amcham), aproximadamente tres mil productos brasileños, equivalentes a 12.500 millones de dólares en exportaciones anuales, serán alcanzados por los nuevos aranceles. Para el 85,3 % de esas ventas —unos 10.700 millones de dólares— los efectos serán acumulativos, alcanzando una tasa total del 37,5 %. Entre los sectores más afectados se encuentran la maquinaria, los equipos industriales, la madera, los muebles y el calzado. Aun así, alrededor del 52 % de las exportaciones brasileñas permanecerán libres de los nuevos gravámenes.
Es comprensible que parte del sector productivo defienda la prudencia. La Abimac recomienda preservar los canales de negociación, mientras que la Confederación Nacional de la Industria advierte sobre el riesgo de respuestas precipitadas que puedan ampliar los perjuicios económicos.
La observación es razonable, pero tropieza con un hecho incontestable: fue el propio gobierno de Estados Unidos quien cerró los canales de negociación al anunciar medidas unilaterales, sin consultas previas ni fundamentos técnicos consistentes. Nadie elige la confrontación cuando existe espacio para el diálogo; pero tampoco se preserva la soberanía aceptando pasivamente decisiones arbitrarias.
El problema, por lo tanto, va mucho más allá de los aranceles. Estamos ante una disputa por la reorganización de la economía internacional. El ascenso de China, la expansión del BRICS y el fortalecimiento de las economías emergentes vienen modificando gradualmente la correlación de fuerzas establecida tras la Segunda Guerra Mundial. La guerra comercial constituye un intento de frenar esa transición histórica y preservar una hegemonía que ya no cuenta con el mismo respaldo económico de décadas atrás.
El BRICS ha dejado de ser apenas un foro de concertación política entre grandes países en desarrollo. Avanza hacia la constitución de un nuevo polo de poder económico, financiero y tecnológico, capaz de ampliar el comercio en monedas nacionales, fortalecer mecanismos propios de financiamiento, reducir la dependencia del dólar y ofrecer alternativas a las instituciones creadas bajo el liderazgo de Estados Unidos en la posguerra. Es precisamente esa perspectiva la que despierta una creciente preocupación en Washington.
En este contexto, la respuesta brasileña no debe limitarse a la reciprocidad arancelaria. Es indispensable acelerar la diversificación de los mercados externos, ampliar la integración económica con los países del BRICS y fortalecer las relaciones con el Sur Global. La reciente expansión del bloque abre oportunidades concretas de comercio, inversiones, financiamiento, infraestructura y cooperación tecnológica. Reducir la dependencia de un único mercado deja de ser solamente una estrategia económica para convertirse en una necesidad geopolítica.
Conviene recordar una de las formulaciones más importantes de la diplomacia brasileña: el pragmatismo responsable, concebido por el canciller Azeredo da Silveira durante el gobierno de Ernesto Geisel. Su principio sigue plenamente vigente: mantener relaciones con todos los países, sin alineamientos automáticos y teniendo siempre como referencia los intereses nacionales.
La guerra comercial de Trump no es contra Brasil. Es contra la emergencia de un mundo multipolar. Al afectar a cerca de sesenta países —responsables de prácticamente todas las importaciones de Estados Unidos— Washington procura preservar una hegemonía cada vez más cuestionada. Paradójicamente, esa estrategia tiende a producir el efecto contrario: acelera el acercamiento entre los países emergentes, fortalece al BRICS, estimula la diversificación de las relaciones comerciales y financieras e impulsa la construcción de una nueva arquitectura económica internacional, basada en la cooperación entre Estados soberanos y en la pluralidad de los centros de decisión.
Para Brasil, el desafío consiste en transformar esta crisis en una oportunidad. La respuesta no debe ser el aislamiento ni la confrontación irresponsable, sino la reafirmación de una política exterior independiente, orientada por el pragmatismo responsable, la diversificación de sus alianzas y la defensa intransigente de la soberanía nacional. En un mundo en rápida transformación, Brasil debe comprender que su futuro depende menos de las presiones de una potencia en declive que de su capacidad para participar activamente en la construcción del nuevo orden internacional que ya comienza a tomar forma.
Paulo Cannabrava Filho periodista editor de la revista virtual Diálogos do Sul Global





