BRASIL. GETULIO VARGAS

Una doctrina
para el futuro de Brasil

A 72 años de su muerte, la obra y la Carta-Testamento de Vargas siguen siendo una referencia para un proyecto nacional de desarrollo, soberanía e inclusión social

Paulo Cannabrava Filho

El 24 de agosto de 1954 moría Getúlio Vargas. Su muerte no puede comprenderse al margen de la profunda crisis política que rodeaba a su gobierno y del enfrentamiento entre dos proyectos de país. La crisis se agravó después del atentado de la calle Tonelero, el 5 de agosto, que causó la muerte del mayor de la Aeronáutica Rubens Vaz e hirió a Carlos Lacerda, el más feroz opositor de Vargas, quien había convertido su periódico, Tribuna da Imprensa, en una trinchera permanente contra el gobierno.

Cercado por sus adversarios y presionado por sectores militares para que abandonara la Presidencia, Getúlio tomó una decisión extrema y consciente. Su suicidio fue también un acto político. Tanto es así que dejó la Carta-Testamento, uno de los documentos más importantes de la historia política brasileña, en la que sintetizó el sentido de su lucha y anunció: “Salgo de la vida para entrar en la Historia”.

Su obra, sus discursos y su Carta-Testamento constituyen una verdadera doctrina del laborismo brasileño. Un laborismo que no se limita a las relaciones entre capital y trabajo, sino que propone la construcción de un Estado nacional capaz de conducir un proyecto soberano de desarrollo, industrialización e inclusión social.

Esta doctrina no murió con Getúlio. Otros grandes nombres del laborismo dieron continuidad a su obra y profundizaron su contenido. João Goulart, Leonel Brizola y Darcy Ribeiro se encuentran entre sus principales continuadores. En distintos momentos de nuestra historia, concibieron el laborismo como instrumento de transformación de la sociedad y como una vía brasileña hacia la construcción del socialismo, fundada en la soberanía nacional, la democracia, la educación, la organización de los trabajadores y la justicia social.

Fue bajo Vargas cuando Brasil creó las bases necesarias para dejar de ser solamente una economía primario-exportadora y avanzar hacia la industrialización. La construcción de la industria de base, la Companhia Siderúrgica Nacional, Vale y Petrobras formaban parte de una concepción estratégica: Brasil necesitaba controlar sus recursos fundamentales y crear la infraestructura necesaria para su desarrollo industrial.

Al mismo tiempo, Vargas comprendió que no podía haber desarrollo nacional sin la incorporación de la clase trabajadora a la vida política y económica. Impulsó su organización sindical y consolidó una legislación laboral que atravesó décadas. Muchos de esos derechos fueron posteriormente dilapidados por sucesivos gobiernos y por las llamadas reformas laborales, pero permanece un principio fundamental: el desarrollo debe estar al servicio del pueblo y no solamente de la acumulación del capital.

Getúlio también comprendió que un proyecto de esa naturaleza inevitablemente se enfrentaría a poderosos intereses internos y externos. Su Carta-Testamento es explícita al denunciar la actuación de los grupos económicos y financieros internacionales y de sus aliados dentro del país. La cuestión de la soberanía, por lo tanto, no era secundaria. Estaba en el centro de su concepción de Brasil.

Su muerte provocó una extraordinaria conmoción popular. Multitudes salieron a las calles. La reacción del pueblo modificó la correlación de fuerzas e impidió, en aquel momento, la ruptura institucional pretendida por los sectores que presionaban por la salida de Vargas. La democracia brasileña sobrevivió a la crisis de 1954.

El golpe se consumaría diez años después, en 1964, con el derrocamiento de João Goulart, otro presidente laborista, en una conspiración que contó con el apoyo de Estados Unidos. Se interrumpía, por la fuerza, un nuevo intento de llevar adelante un proyecto nacional de desarrollo y transformación social.

Setenta y dos años después, la cuestión planteada por Getúlio sigue vigente: ¿qué Brasil queremos construir? ¿Un país subordinado a los intereses financieros y a las grandes potencias, o una nación soberana, industrializada, socialmente justa y capaz de decidir su propio destino?

Por eso, recordar a Getúlio Vargas no debe ser solamente un ejercicio de memoria. Su doctrina del laborismo permanece viva en la defensa de la soberanía nacional, de los derechos de los trabajadores, de la industrialización y del papel del Estado como impulsor del desarrollo.

Brasil sigue necesitando un proyecto nacional de desarrollo sostenido, sostenible e inclusivo. En ese sentido, la obra de Getúlio —continuada y profundizada por João Goulart, Leonel Brizola y Darcy Ribeiro, y sintetizada dramáticamente en su Carta-Testamento— no pertenece solamente al pasado.

Sigue señalando el camino hacia el futuro.

Paulo Cannabrava Filho periodista editor de la revista virtual Diálogos do Sul Global