Por Frady Leon
El regreso de la derecha al gobierno en varios países de América Latina no puede explicarse únicamente por una supuesta recuperación de su capacidad política, ni mucho menos por una nueva hegemonía de sus ideas. En buena medida, es el resultado del fracaso de los gobiernos progresistas que no lograron transformar la estructura económica, democratizar el poder, mejorar las condiciones de vida de las mayorías y enfrentar con eficacia la corrupción y la violencia criminal.
Ese fracaso abrió las puertas a una derecha que creíamos estaba condenada a desaparecer. Por eso cuando la izquierda dejó de ocupar el espacio de la esperanza, la derecha volvió a ocupar el espacio del poder.
Pero conviene no confundirse, la derecha ha vuelto al gobierno en varios países de América Latina, pero -todavía- no ha recuperado la hegemonía política y cultural que tenía en el siglo pasado.
Ha regresado, sí, pero lo ha hecho con la debilidad de llegar al gobierno sin haber construido una alternativa política capaz de entusiasmar a las mayorías y, en muchos casos, sin contar siquiera con un proyecto nacional propio.
Más que una nueva derecha renovada, intelectualmente vigorosa, capaz de formular un nuevo proyecto histórico para sus sociedades, estamos asistiendo al retorno de esa vieja derecha autoritaria, pragmática y caudillista cuya principal identidad política es su subordinación total frente a los deseos e intereses geopolíticos de Donald Trump.
Es una derecha con pies de barro.
Por eso, su programa cabe en unas cuantas consignas simples: mercado, orden, seguridad, privatización, anticomunismo, mano dura, Dios, familia y, sobre todo, alineamiento absoluto con Trump.
Es cierto: la derecha ha vuelto. Pero no necesariamente significa que haya ganado la batalla de las ideas. En muchos casos ganó las elecciones porque consiguió imponer el miedo mientras la izquierda perdía la capacidad de construir una alternativa transformadora. Pero América Latina sigue siendo un continente en disputa.
Salvo excepciones, como El Salvador y Chile, donde Bukele y Kast lograron construir mayorías electorales más definidas, buena parte de los recientes triunfos conservadores en América Latina se produjo sobre sociedades profundamente divididas y polarizadas.
En Bolivia, Rodrigo Paz llegó al gobierno favorecido por esa estúpida división del MAS entre «evistas» y «arcistas».
En Ecuador, la derecha recuperó el poder después de que el felón de Lenín Moreno, elegido como vicepresidente de Rafael Correa, terminara desmontando el proyecto político que lo había llevado al gobierno y allanó el camino para el retorno de las fuerzas conservadoras.
En Perú y Colombia, dos dirigentes de mediocre estatura política, limitado bagaje intelectual y sin un proyecto nacional, consiguieron llegar al gobierno en procesos electorales controvertidos y con resultados muy estrechos.
En Argentina, Milei llegó a la Casa Rosada no por méritos propios, sino porque el peronismo fue incapaz de responder a una crisis económica, política y moral que terminó convirtiéndose en su propia sentencia de muerte. Y Trump, con su promesa de respaldo económico, convirtió a la Argentina de Milei en una pieza del proceso de recolonización que Washington viene impulsando.
Y aquí aparece el verdadero protagonista de esta nueva etapa de resurgimiento de la vieja derecha latinoamericana: Donald Trump.
El fenómeno político más importante de la actual coyuntura latinoamericana no es el retorno de gobiernos de derecha, es la extraordinaria dependencia política, económica y geopolítica que mantiene esa vieja derecha con respecto a Trump.
Trump está obsesionado con reconstruir una versión actualizada de la vieja doctrina Monroe y volver a tratar a América Latina como su patio trasero, un espacio subordinado totalmente a los intereses geopolíticos de Washington.
Para ello necesita presidentes que acepten renunciar a defender la soberanía nacional y se identifiquen plenamente con los intereses de Estados Unidos.
Y esta vieja derecha latinoamericana se ha mostrado más que dispuesta a aceptar ese su papel de lacayo de Trump, sin ninguna resistencia ni objeción.
¿Alguien imagina a Milei, Keiko o De la Espriella enfrentándose políticamente a Trump cuando los intereses de Washington entren en contradicción con los intereses nacionales?
Resulta difícil imaginarlo.
Para esta derecha, la soberanía nacional vale menos que una moneda de cincuenta céntimos cuando del otro lado de la mesa está el poder de Trump.
Y aquí aparece la gran debilidad de esta derecha: su destino depende de la suerte política de Trump.
Una corriente política que necesita de la fuerza de un liderazgo extranjero para sostener su propia legitimidad difícilmente puede llamarse hegemónica. Su poder es, en buena medida, prestado. La continuidad de muchos de estos gobiernos derechistas dependerán de la capacidad de Trump para conservar su poder después de las cruciales elecciones parlamentarias de noviembre.
Entonces cabe formular una pregunta incómoda:
Si Trump cae, ¿cuánto de esta nueva derecha permanecerá en pie?
La pregunta no es retórica.
Una derecha verdaderamente hegemónica debería ser capaz de sobrevivir a su referente externo. Pero para ello necesitaría tener ideas propias, dirigentes capaces de pensar más allá de Trump y un proyecto nacional.
Y ese no parece ser el caso de esta derecha, acostumbrada a pedir permiso a Trump antes de decidir hacia dónde caminar.
Pero la derecha no conquistó los gobiernos únicamente por la voluntad de Trump. Trump puede ser poderoso. Puede presionar, amenazar, financiar, condicionar y utilizar todo el peso económico y geopolítico de Estados Unidos.
Pero no puede explicar por sí solo el giro político de América Latina. La responsabilidad también está dentro de nuestras propias sociedades. Y, sobre todo, dentro de nuestras propias izquierdas.
Aquí existieron otros factores que ayudaron a desandar el corto camino transitado. El principal, esas izquierdas perdieron cuando dejaron de imaginar el futuro y renunciaron a transformar el sistema capitalista.
Allí donde la izquierda fracasó, la derecha volvió por una sencilla razón: la historia política aborrece los espacios vacíos.
La derecha no necesitó convertirse en extraordinariamente inteligente para volver al poder. Le bastó con que la izquierda dejara de ser una alternativa convincente.
La nueva derecha latinoamericana carece, en muchos casos, de dirigentes con verdadera dimensión histórica, política e intelectual. Ha sustituido las ideas por la imagen, el liderazgo por el espectáculo y el proyecto político por el marketing de las redes sociales.
Los que han llegado, Milei, Noboa, Keiko, Kast o De la Espriella no son grandes dirigentes ni políticos con dimensión de estadistas preocupados en renovar el proyecto de las derechas. Son, a lo mucho, administradores políticos de los intereses de quienes detentan el poder económico y eficientes subordinados de Trump.
¿Cómo fue posible que pasáramos de una derecha ilustrada a una derecha intelectualmente indigente, donde cualquier charlatán, sin ideas ni preparación, puede terminar convertido en presidente?
La respuesta no está únicamente en la derecha.
También está en el vacío que dejó la izquierda.
La crisis y virtual desaparición de buena parte de los partidos comunistas dejó a la clase trabajadora sin una organización política capaz de ofrecerle un horizonte, una identidad y un proyecto revolucionario. Donde antes existía organización, hoy encontramos resignación.
Donde existía conciencia de clase, se instaló el individualismo. Donde había proyecto colectivo, proliferó el «sálvese quien pueda». Y donde alguna vez existió la voluntad de transformar la sociedad, hoy encontramos consumismo, fundamentalismo religioso y una política convertida en espectáculo.
Ese espacio de poder no podía permanecer indefinidamente vacío.
Cuando una fuerza renuncia a disputar el futuro, otra termina ocupando ese espacio.
¿Cómo puede una derecha que mira al cielo para evadir sus responsabilidades en la tierra, conseguir el apoyo de quienes están condenados a padecer en esta vida para que unos pocos disfruten de la abundancia terrenal?
Por eso el regreso de la derecha no debería producir únicamente indignación en la izquierda. Debería producir reflexión, autocrítica y, sobre todo, decisión.
La derecha ha conquistado gobiernos, pero no ha conquistado definitivamente América Latina. Ha recuperado espacios de poder. Ha conseguido imponer parte de su agenda y ha encontrado en Trump un poderoso aliado. Pero todavía no ha conquistado el futuro.
Y precisamente por eso la tarea de la izquierda no puede consistir en esperar que Trump caiga para que la derecha se derrumbe con él. Sería una nueva forma de resignación.
La tarea consiste en construir una alternativa revolucionaria capaz de sobrevivir a Trump, a cualquier gobierno de derecha y a cualquier coyuntura electoral.
Una izquierda con proyecto propio, con organización, capaz de volver a hablarle a los trabajadores, a los jóvenes, a los campesinos, a los sectores populares y a las nuevas generaciones que hoy no encuentran en la política una razón para creer. Una izquierda capaz de volver a explicar que la libertad no consiste únicamente en la posibilidad de consumir, sino también en la posibilidad de vivir con dignidad. Que el éxito individual no puede ser el sustituto de la justicia social. Que el Estado no debe ser propiedad de quienes tienen dinero. Que la democracia no puede reducirse a depositar un voto cada cinco años. Y que ninguna sociedad puede llamarse verdaderamente libre mientras millones de personas carezcan de las condiciones materiales para decidir sobre su propia existencia. Una izquierda para transformar el capitalismo.
No necesitamos únicamente buenos agitadores políticos. Necesitamos estadistas, estrategas y dirigentes capaces de mirar más allá de la próxima elección. Hombres y mujeres capaces de comprender que la política no consiste simplemente en ganar elecciones, sino en construir poder popular, formar conciencia, organizar al pueblo y transformar las condiciones que producen desigualdad, explotación y exclusión.
Porque ninguna transformación será verdadera si el pueblo no es protagonista de ella.
La derecha puede haber regresado al gobierno.
Trump puede haber recuperado una enorme capacidad de influencia sobre América Latina.
Los poderes económicos pueden celebrarlo.
Los medios pueden acompañarlo. Los militares pueden volver a sentirse protagonista llevando la bandera yanqui. Los sectores conservadores pueden sentirse nuevamente dueños del continente. Pero ninguna de esas cosas significa que hayan conquistado definitivamente el futuro.
El futuro no pertenece a quienes hoy ocupan los palacios de gobierno. Pertenece a quienes sean capaces de construir una alternativa histórica.
Por eso, frente al regreso de una derecha sin ideas propias, subordinada a un poder extranjero y sostenida más por el fracaso de sus adversarios que por la grandeza de sus propios proyectos, la izquierda tiene que decidir qué quiere ser.
Puede seguir lamentándose. Puede seguir culpando a Trump. Puede seguir esperando que el pueblo vuelva espontáneamente a confiar en ella. O puede hacer lo único que verdaderamente importa: reconstruirse. Pensar su pasado. Comprender sus derrotas. Superar sus dogmas.
Formar nuevos cuadros. Recuperar la organización. Volver a ser parte consciente del pueblo. Y, sobre todo, atreverse nuevamente a disputar el futuro.
Porque los pueblos que dejan de imaginar un futuro terminan viviendo la pesadilla que otros han imaginado para ellos. Pero disputar el futuro para transformarlo. No para terminar administrando los fracasos de la derecha.
La derecha puede administrar el presente. Trump puede intentar decidir desde Washington el destino de nuestro vecindario. Pero mientras exista un pueblo dispuesto a organizarse, pensar y luchar, el futuro seguirá siendo una batalla abierta. Ese es el verdadero desafío de las izquierdas. Atreverse a soñar con lo imposible. Y luchar para realizarlo.
Todo lo demás es silencio.





