¿qUién cuestiona las fórmulas?q
De la Teoría General al Consenso de Washington, las fórmulas cambiaron, pero el poder económico sigue intentando imponer sus dogmas como verdades incuestionables. Recuperar el pensamiento crítico es una urgencia.
Paulo Cannabrava Filho
Hace noventa años, en 1936, John Maynard Keynes publicaba Teoría general del empleo, el interés y el dinero. Era una respuesta a una crisis que había sacudido las certezas del pensamiento económico dominante. Keynes se atrevió a cuestionar las fórmulas. Demostró que el mercado no contenía en sí mismo una especie de sabiduría capaz de producir automáticamente el pleno empleo y el equilibrio. Colocó en el centro de la discusión la demanda, la inversión, el empleo, la incertidumbre y la responsabilidad del Estado. Noventa años después, su obra sigue siendo provocadoramente actual.
Pero ¿dónde están hoy quienes cuestionan las fórmulas?
Los desafíos fiscales dominan los medios de comunicación. Déficit, deuda, recorte del gasto, equilibrio de las cuentas públicas, tasas de interés. El debate económico parece comenzar y terminar ahí. Se discute cuánto recortar, dónde recortar, cuándo recortar. Rara vez se pregunta al servicio de qué y de quién debe funcionar la economía.
El poder económico, financiero y mediático consiguió transformar determinadas decisiones políticas en verdades técnicas aparentemente indiscutibles. Vivimos bajo la dictadura del pensamiento único impuesta por el capital financiero.
No siempre fue así. Keynes escribió precisamente porque las certezas de su tiempo habían fracasado ante la realidad.
Décadas más tarde, otra ortodoxia cobró fuerza. Reagan en Estados Unidos, Thatcher en Inglaterra y, posteriormente, el llamado Consenso de Washington ayudaron a consolidar una visión del mundo basada en la liberalización, la privatización, la desregulación y la reducción del papel del Estado.
Las fórmulas cambiaron. La pretensión de presentarlas como inevitables permaneció.
Y llegamos al Brasil de hoy.
Estamos entrando en una disputa electoral decisiva y la pregunta sigue ausente: ¿quién va a discutir el modelo?
No basta con discutir quién administrará mejor las reglas existentes. Hay que discutir las propias reglas.
Lula señala que, si conquista un nuevo mandato, pretende hacer aquello que todavía no consiguió hacer. Sale de escena el “Lulinha paz e amor” y aparece, en palabras del propio presidente, el “Lulinha porreta”, combativo y dispuesto a la confrontación.
¿Será?
No depende solamente de Lula.
Depende de la correlación de fuerzas que salga de las urnas. Depende, sobre todo, del Congreso que sea elegido. Un presidente puede tener votos, voluntad política y legitimidad popular, pero, sin fuerza parlamentaria, se encontrará con los límites impuestos por un sistema en el que el poder económico posee una enorme capacidad de presión.
Por eso, quizá una de las grandes cuestiones de esta elección no sea solamente quién será el presidente, sino qué Congreso elegirá el pueblo brasileño.
Sin comprender esto, corremos nuevamente el riesgo de depositar en un solo hombre la responsabilidad por transformaciones que exigen fuerza social y política organizada.
Recuperar el pensamiento crítico
Es precisamente aquí donde los noventa años de la Teoría General pueden servir, no para una conmemoración académica, sino para una provocación.
Necesitamos volver a leer a quienes tuvieron el coraje de pensar contra las verdades establecidas.
En América Latina tuvimos una tradición extraordinariamente rica.
Raúl Prebisch, en la CEPAL, contribuyó a romper con la idea de que los países periféricos debían limitarse a seguir las recetas elaboradas en los centros del capitalismo. Celso Furtado llevó esta reflexión más lejos y se convirtió en uno de los grandes intérpretes del subdesarrollo brasileño y latinoamericano.
Furtado nos enseñó que el subdesarrollo no es simplemente una etapa anterior al desarrollo. Es una formación histórica producida dentro de relaciones económicas desiguales.
Esta tradición latinoamericana abrió camino a debates que alcanzarían una enorme repercusión internacional.
Y hubo una generación todavía más radical en su cuestionamiento.
Theotonio dos Santos, Vânia Bambirra y Ruy Mauro Marini estuvieron entre los grandes formuladores de la teoría marxista de la dependencia. Pasaron por la recién creada Universidad de Brasilia y, después del golpe de Estado de 1964 y del exilio, continuaron desarrollando un pensamiento que buscaba comprender América Latina desde la propia América Latina.
No luchaban solamente contra una teoría económica.
Luchaban contra un orden social.
Y luchaban también contra la dictadura.
Sus conclusiones no eran idénticas a las de Celso Furtado o Prebisch. Al contrario: existían profundas divergencias entre el estructuralismo cepalino y la vertiente marxista de la teoría de la dependencia. Y precisamente ahí reside la riqueza de aquella generación: había debate. Había confrontación de ideas. Había la convicción de que la realidad latinoamericana necesitaba producir un pensamiento propio.
Eso es lo que parece faltar hoy.
No necesitamos transformar a Keynes, Furtado, Prebisch, Theotonio, Vânia o Marini en santos de una nueva religión económica.
Necesitamos leerlos.
Necesitamos recuperar el coraje intelectual de cuestionar.
Porque una democracia en la que podemos elegir a los gobernantes, pero no podemos discutir el modelo económico que ellos deberán administrar, es una democracia limitada.
Noventa años después de Keynes, quizá el mejor homenaje que podamos rendir al pensamiento crítico sea volver a formular la pregunta que todo poder procura evitar:
¿Y si las fórmulas están equivocadas?
Paulo Cannabrava Filho periodista editor de la revista virtual Diálogos do Sul Global





