Por Luis Manuel Arce Isaac
Este viernes 19 de junio debe de firmarse oficialmente el memorando de entendimiento entre los gobiernos de Irán y Estados Unidos, ya rubricado electrónicamente el 14, y abrir de mutuo acuerdo un compás de 60 días como extensión del cese el fuego vigente, período que será aprovechado por las partes para revisar cada punto del documento que legalizará el final del conflicto.
Esos dos meses son fundamentales tanto para Irán como para Estados Unidos. Para el primero porque debe asegurar garantías del adversario de que elimina para siempre posibilidades de una nueva conflagración. Para el segundo, porque es una oportunidad para ocultar la derrota y presentarla como una victoria, o un fracaso menos oneroso.
Es una situación sumamente interesante, pero no sorprendente. Por el contrario, era esperada. Para Irán se abre ahora en la mesa de negociaciones una parte esencial del conflicto, que es concretar acuerdos sustantivos con la mirada puesta no tanto en una recuperación de objetivos de desarrollo y bienestar atrasado o estancados por la guerra, sino en sus obligados planes de desarrollo integral futurista que requieren urgencia para ocupar un lugar preponderante en el concierto de naciones del golfo .
La reconstrucción física urbana, industrial y de infraestructura, destrozadas por Estados Unidos e Israel, deberán ser financiadas en buena medida por los agresores, liberando recursos financieros retenidos, y ello incluye la rehabilitación nuclear con fines pacíficos, una meta estratégica irrenunciable.
Emocional y espiritualmente, la revolución islámica debe trabajar muy intensamente en esos 60 días para reforzar y consolidar la confianza del pueblo ganada por sus líderes, blindar la unidad nacional y su programa de gobierno institucionalizado, y elevar con toda urgencia el nivel de bienestar, creando un ambiente sicológico que enfrente el daño postraumático del conflicto.
Es notorio que una gran parte de las familias que componen esa sociedad islámica perdió a algún ser querido. La fe religiosa contribuye mucho a ese objetivo de paz espiritual.
Irán no tiene más alternativa que salir de esta guerra con el objetivo inquebrantable de convertirse en una potencia regional altamente respetada por las naciones del entorno, y se siente en los foros y organismos internacionales a la misma altura que otras naciones de economía desarrollada.
Su capacidad de influencia no debe ser más, pero tampoco menos, que las demás. La nación persa está llamada a convertirse en el punto de soporte del equilibrio en Asia Occidental, no Israel que, como el imperialismo yanqui, debe comenzar a recogerse sobre sí misma como lombriz de tierra, y no solamente paralizar su colonialismo en tierras ocupadas, sino su retiro de estas. Las monarquías del golfo deberían entender que el 14 de junio es fecha de cambio.
Obra en favor de ambos contendientes el hecho de que los dos están convencidos de que la guerra no debe reanudarse, y que es necesario reacomodar todo el entarimado regional para colocar en sus respectivos sitios los intereses nacionales sobre bases del respeto mutuo, la no injerencia, resguardar los principios de soberanía e independencia, como una enorme contribución a la estabilidad general tanto del Oriente Medio como del mundo.
Seguramente este período que se abre a partir del viernes 19, la Casa Blanca lo usará para preparar y pulir sus argumentos de victoria a fin de ocultar su estrepitosa derrota y de convencer a los seguidores de Trump y su gobierno de que no fue un error acompañar a Israel en la creación de un nuevo holocausto para aplastar a la revolución islámica y extender el sionismo más allá de donde ha llegado hasta ahora gracias a su alianza con Washington.
Todo lo que hagan y digan para ocultar la derrota —como ya están haciendo dos gladiadores de hojalata como Marco Rubio y Pete Hegsegth— será pura calistenia mediática, pues lo principal es que perdieron capacidad para proseguir la guerra y para detener la avalancha mundial de reacciones en contra por los daños ocasionados a la economía y el comercio mundial.
Es lo mismo que intentaron hacer con la derrota en Indochina después de casi 15 años de guerra y las grandes matanzas de vietnamitas, laosianos y camboyanos. Pero ni siquiera películas tergiversadoras como Rambo lograron borrar ese estigma que está para siempre como una espada de Damocles sobre la cabeza de los imperialistas.
En esa relación, la derrota en Irán es más trascendente, pues se produce en un momento crucial de la historia de la humanidad, la cual atraviesa un período de transición de una era de cambios hacia un cambio de era, que puede durar un tiempo incalculable, pero que lo sentimos todos, y lo marca no solamente las actuaciones de fuerza de los exponentes del modo de producción burgués en crisis, sino un desarrollo tecnológico y científico, en especial de la inteligencia artificial que, lamentablemente, pone en competencia al pensamiento racional con el irracional cuando ya este no debería ser el preponderante.
Trump es el máximo exponente de este último, el rostro público feo de los multimillonarios que concentran el poder económico y tecnológico, y sus ambiciones de dominar el mundo no les permiten apreciar el alto grado de equivocación de sus cálculos y objetivos, y el desastre que pueden ocasionar.
Irán podría convertirse en un punto de inflexión al respecto y ser el llamado de atención a una estirpe obsoleta que solo piensa en el dinero, y eso los lleva a escoger los peores caminos del cambio, que es la fuerza. 5999999046326%7D
Ucrania es un gran ejemplo. Si esos intereses fuesen revertidos, Europa reaccionaría de forma más culta y racional, y ya habría intentado negociar con Rusia una salida. Ojalá los sucesos en Asia Occidental los lleve a recapacitar.
Una lección importantísima que deja Irán: el poder político e ideológico ya no radica en la fuerza bruta ni en la acumulación de dinero, tampoco en las armas, incluidas las nucleares. Los nuevos paradigmas son de conciencia, espirituales, y su fuerza la ciencia y la tecnología. La igualación o liderazgos en estos campos no está en la guerra, sino en la emulación pacífica.
Un solo ejemplo lo define: la pequeña isla de Kharg, de unos 24 kilómetros cuadrados de superficie total —conocida como la joya petrolera iraní—, recibió toda la carga del arsenal convencional altamente sofisticado del Pentágono, hasta sumar más de 550 misiles de gran poder destructivo, un promedio aproximado de 23 cohetes por kilómetro cuadrado. Pensaban que ese ataque demoledor sería definitivo para la rendición iraní.
Sin embargo, todavía están asombrados de que fue como un picazo de mosquito. Ni siquiera pudieron detener la actividad portuaria ni la transportación de petróleo.
La sobrevaloración de su fuerza y la subestimación de la capacidad de resistencia de Irán actuaron en su contra. La inteligencia militar quedó en evidencia, y la fortaleza iraní sentó pautas. Es importante que en Estados Unidos se sepa, y en el mundo también.





