Por Luis Manuel Arce Isaac
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, declaró que, si las negociaciones en curso con Irán no dan resultado, “volveremos a una poderosa operación militar”, al anunciar la suspensión de los ataques reanudados a horas de haber firmado un memorando de 14 puntos que confirmaba su derrota militar y diplomática. Esas amenazas de ahora son patadas de ahogado.
Las pruebas de esto último son evidentes: su decisión de suspender el fuego traidor y violatorio del acuerdo para mejorar la credibilidad de sus afirmaciones de que el memorando fue una victoria a pesar de la evidencia de la derrota, se debe a factores muy importantes, entre los que se encuentran de política interna y externa, y realidades militares.
En las primeras, política interna, Trump no logró revertir el criterio de los ciudadanos estadounidenses de que la agresión contra Irán fue un error muy costoso y que el conflicto debe concluir.
Noviembre pesa demasiado sobre el actual gobierno republicano y parece que se agotan sus fuerzas para dar un golpe electoral para mediatizar, tergiversar, falsear los resultados si se llegan a celebrar las intermedias en las que puede perder la mayoría calificada en la Cámara de Representantes y abrir el camino a un juicio político.
Es evidente que no hay credibilidad en sus secretarios de Estado y de Guerra por la mala conducción de la guerra y de la política exterior antidiplomática de Rubo y su interés en realizar una cruzada contra todo y todos los que se opongan al fascismo yanqui, bajo el rimbombante título de guerra contra la izquierda a nivel mundial, pero en realidad contra las fuerzas populares que adversan a la dictadura de Trump y los multimillonarios.
En cuanto al Departamento de Guerra, las falsas cifras de bajas en esta segunda oleada de ataques a Irán de 18 muertos no se las cree ni su mismo inventor, Peter Hegseth, cuando todos los medios externos la cifran en más de 200 bajas mortales y casi un millar de heridos, sin que el Pentágono haya podido demostrar que sus cifras son las reales.
La reacción a esas cantidades dentro del pueblo estadounidense es silenciosa, pero real, porque son muertos inútiles que están llenando de luto a los hogares, y los recuerdos de lo que sucedió en Vietnam cuando ya no se pudieron ocultar las bajas mortales y el pueblo obligó al gobierno a acabar con aquel conflicto.
Otra más: los generales de las tres armas que dirigen la guerra ya no pudieron esconder más los altísimos costos en material militar y la enorme afectación de los inventarios, al reconocer que las reservas de municiones, incluidos misiles y drones, están en el piso y con muy pocas posibilidades de reponerlas en el tiempo que se requiere.
Tampoco pueden ocultar la poderosa reacción iraní a los nuevos ataques, la cual ha sido de un nivel descomunal, al parecer no esperado por el comando estadounidense, que ni siquiera ha podido frenar las acciones iraníes para demostrar al mundo que el estrecho de Ormuz continúa bajo su control y que EEUU no puede hacer nada al respecto.
Washington instigó a Ucrania a involucrarse en esa guerra, y Zelensky lo aceptó, poniendo más en crisis aún su propio conflicto, pues no está en condiciones de librar una segunda guerra paralela. Lo que ha provocado es que Rusia intensifique su operación especial y la expanda, y que Irán advierta que tal acción le puede costar cara a Ucrania y Europa.
Esta segunda oleada, entre cuyos objetivos estaba mostrar músculos y meter miedo con una operación militar terrestre, fracasó estrepitosamente. Los generales seguramente disuadieron tanto a Trump como a Netanyahu de lanzar una operación terrestre porque los miles de muertos que iba a tener su bando no lo soportarían ni los pueblos de ambos países ni el mundo, y mucho menos que una invasión provocara una tercera guerra mundial, incluso aunque no fuera nuclear.
El Pentágono pensaba en el reclutamiento de mercenarios no estadounidenses, buscando que no haya bajas estadounidenses, y en un papel activo en el terreno de los países del golfo adversarios de Irán.
Pero la reacción de Irán con sus certeros ataques a emplazamientos militares yanquis, nacionales y mixtos, persuadió a las monarquías sumisas a Trump de no meterse en una candela que les va a hacer mucho daño. Irán advirtió que, si los persas dejaban de vender petróleo, lo mismo ocurriría con las monarquías.
De tal manera que el regreso a la situación anterior a la oleada es la mejor opción de Trump. Las fanfarronadas de ahora sobre las supuestas negociaciones profundas no pasan de ser papel mojado, pues la derrota militar y diplomática es evidente y conducen también a su fracaso político.
Trump no negocia, impone, pero ese juego ya terminó con Irán. Por mucha ferocidad que aparenten, por mucha mueca que haga el magnate presidente, por mucha porquería que hable el inculto de Rubio, este capítulo de la historia estadounidense está cerrado con su derrota.
No hay marcha atrás, y no parece posible que una guerra nuclear sea la alternativa. Solo queda por delante el derrumbe del fascismo trumpista.





