ACLARACIONES DE CUBA SOBRE EL DIÁLOGO CON EE.UU.

por Luis Manuel Arce Isaac

    Las últimas prácticas hostiles en política exterior adoptadas por el gobierno de Estados Unidos en este segundo mandato de Donald Trump, caracterizadas por tirar la piedra y esconder la mano, levantan justas sospechas acerca de la honestidad del diálogo propuesto a Cuba, un pueblo que conoce hasta el tuétano esta forma de proceder.

    Las mentiras y falacias usadas por la Casa Blanca y el Departamento de Estado en los casos de Nigeria, Venezuela e Irán —donde el diálogo concluyó con ataques militares de EEUU con el mismo guion de que la contraparte no aprovechó las oportunidades brindadas y mantuvieron posiciones contrarias a la seguridad nacional—, son un inevitable telón de fondo para las de Cuba. Seguramente Trump lo entiende.

    Hace unas horas acaba de decir que reanudó conversaciones con Irán, que todo va bien y si sigue así acaba la guerra porque ya Irán está derrotado, pero al mismo tiempo mantiene la idea, junto con Israel, de enviar miles de soldados de su infantería a ocupar el país en una maniobra que denominan botas en tierra.

    En el caso Cuba está el añadido una orden ejecutiva firmada por Trump sin sustento legal, que convierte a la pequeña isla de poco más de 110 mil kilómetros cuadrados, en una fuerte amenaza para la integridad y seguridad del gigantesco EEUU, como si los cocoteros de sus playas fueran radiactivos.

    La Habana ha aceptado el diálogo, no porque Trump ejerciera presión o la obligara con el bloqueo energético y sus terribles consecuencias para el pueblo que lo sufre, sino porque nunca, en 67 años de pésimas relaciones bilaterales, ha rehusado conversar sobre temas de interés bilateral que Cuba estima imprescindibles para construir una relación potable.

    El vicecanciller Carlos Fernández de Cossío, en una entrevista con NBC hizo las aclaraciones pertinentes:

      Cuba es un país soberano, tiene derecho a serlo, defiende la autodeterminación, no acepta ser un estado vasallo o dependiente de otro, y en las conversaciones con Estados Unidos esos principios no son parte de la negociación, y no deberían ser convertidos en motivos para repetir esquemas que conduzcan a alguna acción militar, porque no hay razón para ello.   

    Los cubanos en la isla y sus familiares que viven en Estaos Unidos, esperan que en esta ocasión la cordura supere a la desesperación y no haya engaños, y nadie está de acuerdo con la separación familiar que ha provocado Trump, otro de sus errores.

    En las condiciones de tanta crítica social a su gobierno, incluso dentro del MAGA, tras el episodio en Irán y el bombardeo en Nigeria con fines de posesionamiento de riquezas petroleras, y de Venezuela con idéntico motivo, quizás Trump haya llegado al convencimiento de que una convivencia cooperativa sea más productiva y conveniente que una carcomida por la hostilidad y la guerra económica.

    Muchos empresarios en la otra costa del golfo de México tienen ese criterio pragmático y apoyarían más rápidamente la posibilidad de invertir sus capitales que arriesgarlos en aventuras improductivas, sobre todo porque saben que en la isla van a encontrar un campo fértil de grandes oportunidades, que el bloqueo tiene amurallado.

    En 67 años de relaciones han tenido sobrado tiempo para darse cuenta de que, para sus intereses, la guerra económica es un obstáculo, que la apertura al capital extranjero decidida por La Habana es una realidad tangible, y si no ha prosperado como se ha diseñado, no es por fallas del modelo, sino por la agresividad del bloqueo y amenazas que inhiben a terceros a establecer contratos con los cubanos.

   Si fuera cierto, y ojalá así sea, que en el ánimo de Trump está solucionar el deterioro que Estados Unidos ha ocasionado a Cuba cayéndole a mandarriazos con órdenes ejecutivas y sanciones inescrupulosas, declarándola terrorista, cerrándola comercial y financieramente por todas partes, las negociaciones irían sobre rieles y avanzarían rápidamente porque Cuba siempre ha estado dispuesta a tratar esos temas y normalizar sus relaciones totales con Washington. Eso nadie lo puede negar.

   De hecho, aun con el bloqueo, ha habido firmas interempresariales muy efectivas que indican la posibilidad cierta de una relación económica, comercial y financiera, e incluso social, cultural y religiosa —como la científica y catedrática ahora—, sin contaminación política, de un alto pragmatismo, en beneficio de ambas partes. Eso significa que el tiempo no es una categoría inmutable y los cambios son parte del devenir aunque la esencia de las ideas sea inalterable.

       Sería muy interesante que Trump, sin asesoramiento alguno, incluso ni de gente que se vende como cubano sin serlo, como el caso del híbrido Marco Rubio Chucky, se lea las declaraciones de Fernández de Cossío a la NBC en las que deja bien claro el objetivo de las conversaciones y los temas posibles:

   “Tratar de construir una relación respetuosa… Nuestra prioridad es salvar a nuestro pueblo de ser dominado por una potencia extranjera, una Cuba que superamos hace mucho tiempo. Una Cuba de la cual la gente no recuerda muy bien, solo muy pocos. Y para proteger a nuestra gente, la paz que tenemos en nuestro país, la tranquilidad de nuestro país, la justicia social que hay en Cuba, el sentido de solidaridad, esa es la naturaleza de Cuba y es nuestra prioridad protegerla”.

    Y seguidamente la propuesta cubana de los temas bilaterales que esperan discutir más a fondo para lograr el bienestar de ambos países:

    “El gobierno actual de Estados Unidos ha dicho que quiere Make America Great Again. No tenemos objeción con eso. Que quieren fronteras más seguras. No tenemos objeción. Incluso, podemos ayudarlos con eso. Que no quieren migración ilegal en su país y no tenemos objeción con eso. De hecho, podemos ayudarlos. Podemos pelear juntos contra el tráfico de drogas. El crimen organizado en nuestra región. También podemos hablar de negocios. Hay cambios en Cuba en estos momentos. En nuestra política de inversiones, en la estructura de propiedad en Cuba, de tal manera que haya diferentes formas de propiedad en Cuba, lo cual puede ser interesante para Estados Unidos y los estadunidenses que no pueden hacer negocios con Cuba hoy porque su propio gobierno se los prohíbe”.

    Sería interesante que Trump tome conciencia de que a los cubanos no les queda de otra que ser fieles a su rica historia y a su tradicional patriotismo. Que en cualquier negociación defenderán esa historia, su cultura nativa, los sentimientos nacionales tan arraigados, y el no haber dejado morir a Fidel, Camilo y el Che, pilares sobre los que se afinca la resistencia que se le está haciendo a su gobierno y a los 12 anteriores que la agredieron de una u otra froma.

    Pero ese sentimiento nacional no excluye una buena vecindad, una relación comercial efectiva libre de trabas, una cooperación científico-técnica, sobre bases de igualdad y respeto mutuo, en la que la asimetría no se convierta en un obstáculo a los equilibrios que naturalmente se deben ir construyendo.  

    Es bueno que el señor Trump sepa que Cuba no lo subestima, pero tampoco le teme, y como dijo el vicecanciller, nunca baja la guardia y está siempre preparado para el peor escenario, como se ha comprobado en 67 años. Por encima de esas actitudes ya conocidas, si el diálogo es sincero, ambas partes deben considerar que toda negociación es una carretera de doble vía y todo el trabajo que desarrollen en la mesa debe cumplir con ese paralelismo. En Cuba van a tener un interlocutor inteligente y respetuoso, que ojalá sea reciprocado, e intentará llegar a acuerdo mutuamente ventajosos, con una precondición muy simple: respeto a la independencia, la soberanía, igualdad de condiciones y no injerencia en los asuntos internos de cada estado.