MUJER PALESTINA. DE LA RESISTENCIA COLONIAL A LA PEDAGOGÍA DE LA MUERTE

UN ESPACIO NORMALIZADO DE SUFRIMIENTO COLONIAL

A casi dos años del inicio de la incursión genocida de Israel en Gaza, el 07 de octubre del 2023, se han evidenciado las contradicciones extremas de un sistema internacional marcado por el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado, que parece llegar a su fase terminal.

La acumulación de capital reproducida no sólo a través de la guerra y la venta de armamentos, sino por medio del expolio de recursos, trae como consecuencia la colonización del espacio y los cuerpos, lo cual se ha expuesto claramente a través del caso del colonialismo israelí sobre Palestina, en donde la subalternización de los cuerpos de mujeres palestinas funcionan como la expresión máxima de la relación cuerpo-territorio, en tanto, es imposible separar la ocupación del espacio sin el dominio de los cuerpos.

Desde las grandes cadenas noticiosas como CNN, BBC y de algunos centros de producción académica, se tiende a analizar la relación entre Israel y Palestina a través de dinámicas de conflicto. Sin embargo, lo que sucede en Palestina va más allá, porque no se trata sólo de la incompatibilidad entre dos gobiernos, en donde uno de éstos tiene la posibilidad del uso de la fuerza. Desde sus orígenes, la cuestión palestina ha pasado ya por dinámicas de conflicto, ocupación, segregación, apartheid, limpieza étnica, colonialismo de asentamiento y actualmente el genocidio.

No es menester del presente artículo abordar una contextualización histórica, sin embargo, es necesario repensar que el sionismo del siglo XIX se impregnó de las políticas nacionalistas y coloniales que estaban en plena efervescencia en el contexto europeo, particularmente ante los procesos de colonización de Asia y África y siguió ejerciendo una política colonial a través de la Declaración Balfour, la Nakba y la ocupación después de las guerras de 1948, 1967 y 1973.

Durante los dos últimos años del asedio en Gaza, el colonialismo de asentamiento ejercido por el gobierno israelí en territorios palestinos, particularmente en Cisjordania, la persecución y el confinamiento de las y los palestinas en Gaza, quienes han sido circunscritos a la zona de Jan Yunis, la hambruna y el bloqueo de la asistencia humanitaria como estrategias de guerra, las tensiones geopolíticas en la región de Asia Sudoccidental y las constantes violaciones a los y las palestinas son las herramientas de un pedagogía de la muerte, mediante la cual se roba el último aliento de esperanza a una población que día con día resiste, a través de sus cuerpos, la embestida de un proyecto colonial.

De acuerdo con el ministerio de salud gazatí, las muertes en el territorio se han elevado a más de 60,000 y de dicho número, ONU Mujeres “estima que más de 28,000 mujeres y niñas han muerto en Gaza desde el inicio de la guerra en octubre de 2023”. Asimismo, “936,700 mujeres y niñas han sido desplazas de sus hogares, 2,784 mujeres han enviudado y 155,000 mujeres están embarazadas o están dando pecho”. Los números son el reflejo de estrategias militares que van encaminadas a romper el tejido sociocomunitario a través del cuerpo de las mujeres palestinas, quienes han sufrido constantes violaciones físicas, mentales, vejaciones carcelarias, resquebrajamiento del círculo familiar, así como la imposibilidad de circulación ante una configuración del espacio que establece líneas de no existencia y definiciones de quienes merecen vivir. Tanto hombres como mujeres han sufrido la ocupación y la violencia, sin embargo, hay diferencias sustanciales en cómo viven las mujeres dicho aparato de dominación.

Se trata de un signo incontestable del proceso de los tiempos y del modo de vida que se ha impuesto en el capitalismo tardío. En esta era, el sufrimiento y la agresión impuestos al cuerpo de las mujeres, así como la espectacularización, banalización y naturalización de esa violencia constituyen la medida del deterioro de la empatía en un proceso adaptativo e instrumental a las formas epocales de explotación de la vida (Segato, 2016, p. 102).

Las mujeres palestinas cuyos cuerpos están ligados a la tierra, a la reproducción y al sostenimiento de la vida y de la comunidad, han sido blancos de guerra, siendo sus muertes y violaciones, un ejemplo que se ofrenda para disminuir y fragmentar a una comunidad en resistencia. De ahí que el objetivo del presente artículo sea exponer la pedagogía israelí de la muerte, a través del control del cuerpo de mujeres palestinas, cuyo fin último es dominar el territorio palestino.

LA PEDAGOGÍA DE LA MUERTE Y LAS MUJERES PALESTINAS

En estos dos últimos años, ha visto la luz un registro de imágenes, testimonios, vídeos que muestran la violencia ejercida por el ejército israelí a las mujeres y a la infancia palestina, díada inseparable en la extensión del campo de batalla convencional y parte toral de la pedagogía de la muerte.

El 28 de marzo del 2024 algunas fotografías tomadas por el ejército israelí mostraban a soldados jugando con la lencería de mujeres palestinas, en las casas de palestinos y palestinas que habían sido desalojados. Meses más tarde, el 26 de junio del 2024, Dawlat al Tanani, quien se encontraba en el campo de refugiados de Jabalia dio su testimonio a la cadena Al Jazeera, sobre el trato recibido por parte del gobierno israelí al forzarla a abandonar su casa: “Me negué a salir de mi casa y los israelíes me enviaron un perro que me mordió mientras dormía, me quedé en la puerta de entrada. Tengo una herida fuerte en el brazo y no hay hospitales. Mi mano no ha sido tratada”.

Dichas estrategias de acoso no son nuevas, los cuerpos de las mujeres palestinas han sido violentados constantemente, porque el cuerpo de las palestinas se entiende como una extensión del territorio ocupado. “Para las mujeres palestinas la ocupación del territorio es análoga a la ocupación de sus cuerpos. El cuerpo femenino como primera colonia humana, comprendida como cuerpo social es utilizado para emitir mensajes coloniales” (Bidaseca, 2017, p. 3).

Desde 1948, con la nakba (catástrofe), momento en que la población palestina tuvo que salir de su territorio, las mujeres palestinas se transformaron en el receptáculo de los deseos patriarcales de los hombres palestinos, quienes al haberse quedado sin territorio depositaron en las mujeres el resguardo del honor que, por otro lado, el ejército israelí trasgredía para dominar y controlar. Las violaciones de Qula son la mejor ejemplificación del binomio honor-territorio. Fue durante la nakba en Qula (ver Saadi, 2017 y Shibli, 2019), cuando muchas mujeres fueron violadas sexualmente por parte del ejército israelí, no fueron casos aislados, sino que se estructuraron como un mecanismo para debilitar el mandato masculino propio de los hombres palestinos, en su papel de protectores: padres, hermanos, esposos o incluso hijos. La violación sexual como un arma de guerra nunca es individual, siempre tiene un objetivo de romper con la colectividad, incluso cuando se resguarda como un secreto en la caja fuerte.

No todas las palestinas lograron salir del territorio, sino que muchas de ellas se quedaron bajo el sistema de ocupación israelí, de tal forma que las mujeres han sido despojadas de sus casas y muchas de ellas debieron dejar sus lugares de origen y han estado impedidas de tener una maternidad digna, obligadas a pasar constantemente retenes -en donde antes la movilidad era libre-, a mantenerse encerradas frente a toques de queda arbitrarios.

Muchas mujeres han sido encarceladas sin un juicio previo. Asimismo, han sido víctimas constantes del no acceso a condiciones de vida mínimas como agua, luz o alimento; pese a ello han aprendido a ser las reproductoras de vida, así como el sostén comunitario.

La situación para las mujeres ha ido empeorando y en un informe reciente de la Comisión Internacional Independiente de Investigación de la Organización de Naciones Unidas sobre el Territorio Palestino Ocupado, incluido Jerusalén Oriental, e Israel (marzo del 2025) han sido señalados casos de homicidios contra palestinas, se les ha impedido el acceso a la salud y a la educación. Por ejemplo, en dicho informe se presenta el caso de una mujer embarazada que fue asesinada por un francotirador de las fuerzas israelíes en el hospital al-Awda durante el asedio al hospital en diciembre de 2023.

Los testigos dijeron a la Comisión que la mujer embarazada recibió un disparo cerca del edificio del hospital, cuando se dirigía hacia él. En ese momento, la zona del hospital estaba ocupada por las fuerzas israelíes y, como consecuencia, la gente tenía miedo de socorrer a la mujer. Según un testigo, nadie pudo llegar hasta ella debido a la presencia de las ISF [Israel Defense Forces] y murió a causa de sus heridas. Según algunas fuentes, su cuerpo fue abandonado allí hasta que se descompuso (p. 10).

Desde la ocupación, las mujeres palestinas sobreviven a dinámicas de empobrecimiento, precariedad y violencia. La situación ha empeorado desde octubre del año 2023 porque las formas de supervivencia se llevan a cuestas: desplazarse continuamente por los avisos de ataques israelíes a lugares “seguros” que al final no lo son, intentando lactar con cuerpos desnutridos, atendiendo a los y las ancianas, sin medicamentos y hospitales, educando sin escuelas, alimentando con una hambruna provocada.

Si en el siglo XIX Soujourner Truth denunciaba que a las mujeres negras se les había negado la posibilidad de criar a sus hijos “he dado a luz a trece hijos, y he visto cómo la mayoría eran vendidos como esclavos, y cuando gritaba con el dolor de una madre, ¡nadie excepto Jesús me escuchó! ¿Acaso no soy una mujer?” (Truth, 1851); hoy a las mujeres palestinas se les ha negado incluso el derecho de enterrar a sus hijos, de acuerdo con la Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos: “Aquí en Gaza, nuestras esperanzas son muy reducidas. Antes del alto al fuego, confiábamos en morir juntas con nuestros hijos cuando llegara la hora, y rezábamos porque nuestros cuerpos quedaran intactos en lugar de despedazados”.

Pese al sistema de necropolítica israelí -concepto usado por Achille Mbembe el cual enfatiza que “la soberanía consiste en ejercer un control sobre Ia mortalidad y definir Ia vida como el despliegue y Ia manifestación del poder” (2011, p. 20)-, los mismos cuerpos que han sido dominados, se han convertido a la par en cuerpos de resistencia y de supervivencia. Las palestinas no pueden verse sólo como víctimas sino como un bastión de resistencia, continua y resiliente.

CUERPOS DE MUJERES PALESTINAS EN RESISTENCIA

Es bien sabido que las mujeres palestinas han sido partícipes de la lucha independentista desde finales el siglo XIX. De acuerdo con Wilda Western la periodización o momentos claves de la participación de las mujeres palestinas se pueden dividir en cuatro: el primero abarca desde finales del siglo XIX hasta el fin de la década de 1970, cuando las palestinas se involucraron en actividades asistencialistas sin una agenda propiamente feminista, pero que atravesaban los difíciles momentos de la partición del territorio en 1948, o bien la ocupación tras la guerra de 1967.

Un segundo período -nos señala Wilda-, se dio con la creación de la Unión General de Mujeres Palestinas, en donde comenzaron a abordar ya los temas específicos de las mujeres palestinas, bajo una participación variada (lucha armada, uniones estudiantiles, organizaciones de base urbana y de base rural). Al tercer período es posible situarlo de 1987 al 2000, esto es, desde la primera intifada, cuando con el cambio generacional, más movilizaciones de tintes feministas comenzaron a emerger. Y finalmente, el cuarto período se ubica después de la Segunda Intifada, en donde gran parte de los movimientos de mujeres estuvieron circunscritos a las decisiones externas, esto es, a los procesos de ocupación israelí o bien en dependencia de si habitan en Gaza o en Cisjordania.

Hoy en día (2025), ante la imposibilidad de mantener organizaciones, asociaciones o uniones, por los ataques constantes del gobierno israelí, las mujeres palestinas resisten a través de sus cuerpos.
El cuerpo de las mujeres palestinas es el receptáculo de la memoria, especialmente ante el culturicidio al que se encuentran sometidas. Son las mujeres quienes resguardan no sólo los testimonios de la violencia, sino que, a través de la oralitura, recrean los paisajes de los lugares de origen, retoman las historias de los ancestros y mantienen la unión de la comunidad. Narran historias de vida que dentro de un genocidio son transformadas sólo en números o simplemente son invisibilizadas.

Las historias no sólo se cuentan oralmente, sino que se bordan a través del tatriz palestino, el cual representa el territorio, la fauna, la flora y lugares de origen que para muchas mujeres sólo existen en el imaginario, por la imposibilidad de haberlos habitado. “Estos nombres nos hablan del alma palestina, nos permiten comprender el paisaje que los desplazados conservan en la memoria y la nostalgia por sus pueblos” (Gómez, 2017, p. 108).

Son las mujeres quienes educan a la infancia que se ha quedado sin escuelas y son las mujeres quienes mantienen un sistema de cuidados con los enfermos, la infancia, y con la población adulta mayor; porque sobrevivir es un acto de resistencia frente a una empresa genocidiaria. Encontrar agua día con día, preparar la comida para la comunidad cuando la ayuda humanitaria es bloqueada, todo ello es un acto de resistencia que se hace con el cuerpo que también es territorio.

Es bien sabido que la reproducción ha sido una estrategia de las mujeres palestinas, para evitar la limpieza étnica; en consecuencia, el ejército israelí ha realizado ataques contra los centros de salud, las salas de maternidad y en las peores condiciones, las mujeres siguen manteniendo la reproducción de la vida. Como señala la Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos:
El dolor nos alcanzó a todas y no dejó a nadie a salvo. Pero no podemos quedarnos sentadas mirando sin hacer nada. Estoy muy orgullosa de la labor que venimos haciendo y de los servicios que hemos prestado a la vez que los misiles volaban sobre nuestras cabezas.

Han sido muchos los nombres de mujeres palestinas que han luchado por los derechos y la emancipación del pueblo palestino: Hanan Ashrawil, Moura Erakat, Lina Abu Akleh, Khader Abu-Seif, Susan Abulhawa, Ahed Tamimi, Mahasen al-Khatib, Manar al-Sharif; pero son muchos más los nombres de aquellas que en la cotidianidad han puesto sus cuerpos para convertirse en faros de memoria y sistemas de seguridad social, en una comunidad que intenta ser llevada al naufragio por dinámicas capitalistas y coloniales.

Los feminismos, especialmente los descoloniales, nos han enseñado a abogar por praxes transformadoras que salgan del marco del capitalismo, del racismo y para el caso en específico de las palestinas, que cuestionen en todo momento el colonialismo de asentamiento. Cada día, las palestinas resisten, porque ante la pedagogía de la muerte, aparece la reproducción de la vida y la ética del cuidado que, en última instancia, da origen y continuidad a la identidad y la memoria.

REFERENCIAS

Bidaseca, K. (2017). Palestina y sus mujeres bajo ocupación: Los muros del apartheid y el ancho mar de las estrellas. Al Zeytun: Revista Iberoamericana de Investigación, Análisis y Cultura Palestina, 1(2), 1–9.
Gómez Colorado, A. (2017). Expresión del tejido social y el territorio en los trajes tradicionales. En M. Garduño García (Coord.), Pensar Palestina desde el sur global (pp. 95–110). UNAM.
Mbembe, A. (2011). Necropolítica. Melusina.
Nordau, M. (1920). Degeneration. William Heinemann.
Saadi, A. H., & Abu-Lughod, L. (2017). Nakba: Palestina 1948 y los reclamos de la memoria. Editorial Canáan.
Segato, R. L. (2016). La guerra contra las mujeres. Traficantes de Sueños.
Shibli, A. (2019). Un detalle menor. Hoja de Lata Editorial.
Truth, S. (1851, mayo). Ain’t I a woman? Discurso presentado en la Ohio Women’s Rights Convention.

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Artículo publicado en la Revista América Latina en Movimiento No. 557: https://www.alai.info/wp-content/uploads/2025/10/ALenMovimiento_557_octubre2025-38-41.pdf