PREGUNTA A TRUMP Y A LOS NARCOTRAFICANTES

Cosas del cera trump ebro: pregunta a Trump y a los narcotraficantes

Por Luis Manuel Arce Isaac

    El cerebro humano, que es la semilla de la inteligencia en el planeta Tierra, en ocasiones hace sus trampitas como si tuviera un interés particular de confundir o meter el diablo en el cuerpo, como decían nuestros ancestros y repetimos hoy como si fuse creación nuestra.

    Es lo que está pasando con este asunto de la guerra de Donald Trump contra el narcotráfico. Él tiene un criterio lógico, y puede que sea uno de sus argumentos fuertes para seguir aspirando al Nobel de la Paz.

     Dice que matando a los trasegantes de drogas, sin leerles sus derechos y sin apelación, salva la vida a un montón de millones de jóvenes quienes, paradójicamente, les agradecen a sus victimarios que se las suministren para olvidarse de lo mal que los trata la vida en Estados Unidos por los descuidos del gobierno en el asunto del bienestar social que a veces llevan a una crisis del espíritu. Claro, eso se ve casi exclusivamente en la periferia.

    Bueno, no vamos a exceptuar de la crisis del espíritu a las zonas ricas y exclusivas, comprendidas las cercanías de Mar a Lago, en las que también se consumen drogas, pero por otros motivos diferentes a las de los adictos periféricos.

   Por ejemplo, el hastío hedonístico parido por el exceso de dinero que tiene la extraña virtud de vaciar el alma de contenido, en particular de sentimientos, y dejarla en un limbo, algo muy dramático para el joven burgués quien, al contrario del pobre, no tiene idea de la causa de su estado y su adicción, y mucho menos de la resolución a su incertidumbre, aunque normalmente no la relacione con el ámbito material ni de oportunidades. Es rico. Lo tiene todo.

   Regresando a lo que nos motiva esta reflexión (cuyo centro no me queda otra alternativa que situarlo en el señor Donald Trump, un gran empresario, multimillonario, que ha disfrutado todos los placeres que el poder y el dinero permiten, que ha gozado de grandes y fieles amigos quienes se lo han facilitado, como su carnal Jeffre Epstein (qpd), un excepcional relacionista público que tenía la virtud de hacer que sus adláteres lo amaran y lo confundieran con alguna deidad), decía que el cerebro humano no es tan honesto con el dueño de la cabeza en la que está alojado.

    En primer lugar, no entiendo mucho por qué el cerebro le indica a Donald Trump -y es la pregunta que le hago al presidente- que los asesinos de la juventud drogadicta llevan el estupefaciente hacia el interior de Estados Unidos por el Caribe cuando la inteligencia humana, militar y la artificial también, dicen lo contrario, pues han comprobado que más del 80 por ciento del fentanilo, la cocaína, el cristal, todos los opioides, y hasta el sursuncorda de la droga así lo confirma, ilustran con muchísimas pruebas que entran por la costa oeste del Pacífico, un océano que ni el Canal de Panamá lo identifica con las Antillas.

   Si por ese litoral, que comparten Washington, Oregón y California, entran cada año millones de toneladas de drogas, ¿qué jugarreta tan maleva le hizo el cerebro alojado en su cráneo, para que Trump, en lugar de llenar el Pacífico con grandes barcos de guerra, submarinos, torpederos, portaviones inmensos y todo el inventario de artefactos de destrucción del Comando Sur, lo despliegue por el contrario en la zona del Caribe, un lugar, además, geofísicamente más cerrado, que permite perseguir, atrapar y abordar cualquier embarcación -no lanchitas, sino hasta petroleros- y acabar la poca droga que llega por ahí,  sin disparar ni un tiro de arcabuz.

    Por eso le insisto a mis amigos científicos que no se crean que lo saben todo. El cerebro siempre está activo, evolucionando; no dejen de darle seguimiento porque no es tan aliado de uno como pensamos. Que se fijen en el caso de Trump. ¡Miren cómo lo tiene de confundido! ¡Le está haciendo creer que todo el mundo se traga el cuento de la lucha contra el narcotráfico! Pudieran decir que es cinismo. No lo voy a discutir, aunque aceptaría mejor otros epítetos más lógicos: piratería, expansionismo. criminalidad.

   Bueno, en verdad a lo mejor no es tan fácil llegar al cerebro de Trump y averiguar el problema. Pero, en cambio, sí lo podríamos hacer con los de los narcotraficantes si alguno logra quedar con vida, algo bastante difícil a juzgar por la actitud del secretario de Guerra, Peter Hegseth, quien dijo que no vio a dos sobrevivientes del último ataque, y que el almirante Frank Bradley, quien ejecutó la embestida letal, aseguró que no dio orden de matarlos (parece que fue otro oficial quien la dio). Pero murieron. ¡Vaya usted a saber si fue por una acometida de tiburones!

   Pero ese no es el tema que estamos tratando, sino el atinente al cerebro. Yo me pregunto, y les pregunto a los especialistas, ¿el número de neuronas es responsable de las jugarretas de esa materia gris? ¿Los delincuentes tendrán más, o menos, que la gente que no es delincuente? ¿Ese desequilibrio entre el uno y el otro afecta el razonamiento? Les pregunto a ellos su opinión, y ojalá me respondan, de ¿por qué navegan conscientemente hacia su casi segura muerte?

    ¿Por qué hago la pregunta? Bueno, hipotéticamente hablando, porque no soy adicto ni a la CocaCola, si yo fuera narcotraficante y todos los días recibo información de que el Caribe está infestado de militares y no hay ni por dónde cruzar -incluso el cielo usado de forma común por avionetas del narco (curiosamente no he visto información de que hayan derribado alguna), creo que a mi cerebro jamás se le ocurriría inducirme a que yo lleve la droga -es un decir, repito- por una ruta en la que me juego el pellejo y todo lo que está dentro de el.

     ¡Miren lo que es el cerebro! Hasta el 21 de septiembre, 13 días después del primer ataque a un barquito y ya con un acumulado de 35 muertes, según cifras del Pentágono, y montones de cuartillas y declaraciones en las que se alertaba con cifras que el Pacífico era el paso abrumadoramente principal de las drogas hacia Estados Unidos, fue que se produjo el primer ataque a una lanchita en ese océano. ¿Hubo una reacción al señalamiento crítico?

    ¿Serán tan cretinos los narcos que seguirán usando las vías infectadas de marines para continuar matando a jóvenes estadounidenses con sus drogas? Bueno, no puedo dar una respuesta porque no soy ni neurólogo, ni psicólogo, ni vidente, y aunque lo fuera, no creo que podría hacerlo. Lo que sí creo es que los narcotraficantes no son idiotas.

    Yo, en verdad, me siento muy amigo de mi cerebro, le estoy muy agradecido, hasta el momento no me ha hecho ninguna triquiñuela, y espero que esta reflexión tampoco sea una jugada capciosa de mi materia gris a la que tanto respeto.