RIO DE JANEIRO. GUERRA CIVIL ENTRE LA MASACRE Y LA IMPUNIDAD


La ciudad se convirtió en escenario de una ofensiva armada con más de 120 muertos, drones explosivos y escuelas cerradas, mientras las autoridades fallan en combatir el verdadero corazón del crimen organizado: el dinero.

Paulo Cannabrava Filho*

Río de Janeiro está en guerra. No una guerra oficial, con reglas y convenciones, sino una guerra civil no declarada, librada en las favelas, callejones y pasajes de la ciudad. La ofensiva armada de los últimos días ya ha dejado más de 120 muertos, según fuentes locales —entre ellos, habitantes inocentes, agentes de seguridad y miembros del narcotráfico. Una tragedia que se repite, pero esta vez a una escala ampliada, con el uso de drones explosivos, barricadas y tiroteos a plena luz del día.

En los complejos del Alemão y de la Penha, en la Zona Norte de Río de Janeiro, donde cuatro agentes de represión —dos del Bope y dos de la Policía Civil— fueron asesinados. La respuesta del Estado fue avasalladora: ocupación a gran escala, enfrentamientos violentos y decenas de cadáveres. Los traficantes, por su parte, resisten con tácticas de guerrilla urbana, incendiando vehículos, bloqueando las principales arterias de la ciudad y, por primera vez, utilizando drones con bombas que provocaron incendios.

El terror se expandió: más de 45 escuelas suspendieron las clases, varias líneas de autobuses fueron desviadas y la población, especialmente la más pobre, vive en estado de choque. En medio de esta tragedia, el gobernador Cláudio Castro, bolsonarista, declaró que las únicas víctimas de la llamada mega Operación Contención fueron los cuatro policías muertos —como si las decenas de personas ejecutadas no merecieran ser contadas como víctimas.

Pero lo que esta “guerra” revela es más que la brutalidad de la represión o la audacia del crimen. Pone al descubierto la complicidad estructural entre sectores de las fuerzas de seguridad y el propio narcotráfico. ¿Cómo explicar que estos grupos criminales operen desde hace décadas, bien armados, financiados e informados, sin que se toque el corazón del sistema —el dinero? Es el lavado de capitales lo que sustenta esta guerra, y ese frente el Estado aún se niega a enfrentar.

El ejemplo de São Paulo en los últimos años demuestra que es posible debilitar al crimen organizado con inteligencia, monitoreo financiero y ruptura de las cadenas de abastecimiento. Pero Río insiste en la lógica de la bala: se mata al soldado, se protege al general. Se reprime la periferia, se preserva a la élite que lucra con el caos.

La política del enfrentamiento, ya comprobada como ineficaz, sigue siendo espectáculo mediático y justificación para la militarización de la vida cotidiana. Es la misma película repetida con nuevos cadáveres. No se trata de omitir la violencia del narcotráfico, sino de rechazar la farsa de la solución fácil: acribillar la favela.

Mientras tanto, el Estado, que debería garantizar seguridad, educación y salud, se ausenta. Lo que se ve es la barbarie disfrazada de política pública, el abandono institucional y la perpetuación de una lógica racista y clasista que criminaliza la pobreza.

Esta guerra no es contra el tráfico. Es contra el pueblo.


Paulo Cannabrava Filho
Editor de Diálogos del Sur Global