Paulo Cannabrava Filho*
Multitudes en alrededor de 2.600 ciudades estadounidenses han salido a las calles. El clima es festivo, pero los carteles lo dicen todo: “Sin reyes”. No quieren un rey, ni un emperador, ni un dictador. Quieren libertad, quieren democracia. El mensaje es claro: el pueblo rechaza el autoritarismo de Donald Trump, quien sigue ignorando esas voces y conduce al país hacia una guerra que nadie pidió.
Ese número expresivo muestra la magnitud del descontento popular. De norte a sur, el clamor por la democracia y el fin del autoritarismo de Trump se extiende como nunca antes. Es un movimiento que une pequeñas ciudades y grandes metrópolis en un solo grito: no queremos reyes, queremos libertad y respeto a las instituciones democráticas. Cada una de esas 2.600 ciudades se convierte en símbolo de resistencia y de lucha por un futuro más justo.
Mientras Trump desprecia los llamados populares y las manifestaciones democráticas, avanza con una agenda belicista. Su guerra ya no es contra el terrorismo: ahora ha elevado a los narcotraficantes a la categoría de terroristas. Con ello, pretende justificar ataques e intervenciones en territorios soberanos, especialmente en América Latina. Venezuela es un blanco antiguo, pero ahora la ofensiva también apunta contra Colombia, cuyo presidente, Gustavo Petro, fue públicamente insultado y acusado de liderar el narcotráfico.
Ese discurso agresivo cuenta con respaldo en sectores del Congreso y de los medios, que naturalizan el intervencionismo estadounidense bajo el pretexto de la guerra contra las drogas. Pero es evidente que se trata de una estrategia de dominación regional, con intereses en los recursos y en el control político. La militarización de las relaciones internacionales es la marca del gobierno de Trump.
Al mismo tiempo, asistimos al agravamiento del genocidio palestino. La guerra de Trump es también la guerra de los sionistas de Israel. Como era de esperarse, Israel no respetó el alto el fuego y volvió a bombardear Gaza. Cientos de palestinos volvieron a ser asesinados ante la mirada cómplice de la comunidad internacional, mientras Estados Unidos bloquea cualquier avance en la ONU.
En el caso de Gaza, la situación se agrava aún más. La violación del alto el fuego por parte de Israel no es un acto aislado, sino parte de una política sistemática de opresión. El pueblo palestino, ya exhausto por décadas de conflicto, enfrenta nuevos bombardeos que arrebatan vidas inocentes y destruyen infraestructuras esenciales. Mientras tanto, la comunidad internacional titubea, y Estados Unidos, bajo Trump, impide cualquier intento serio de mediación. Así, la tragedia palestina se profundiza, convirtiéndose en un símbolo doloroso del precio de la inacción global y del apoyo incondicional al sionismo agresivo.
El autoritarismo es interno y externo. Trump silencia al pueblo dentro de su país y promueve la violencia fuera de él. Pero las protestas crecen, y el grito de “Sin reyes” resuena como un recordatorio de que la democracia aún respira.
*Paulo Cannabrava Filho, periodista editor de la revista virtual Diálogos do sul Global





