VENEZUELA RETÓRICA

Por Fabrizio Mejía Madrid

Llevamos ya muchos años escuchando la alarma de los taxistas: “Si 

seguimos así, seremos Venezuela”. Uno siempre se queda esperando la 

definición de lo que es ser Venezuela y, salvo por una vaga idea de 

escasez, nunca se abunda. Es como si “Venezuela” fuera un mal augurio, 

un presagio de declive. En esta Venezuela retórica no existen más que 

autorretratos de quienes la pronuncian como la calamidad que ya viene: 

anticomunistas sin comunismo a la vista, racistas que detestaban la 

mulatez de Hugo Chávez, gente a la que le enoja que se mejore en algo 

la distribución de la riqueza o que se erigen en árbitros que silban 

quién sí es democrático y quién es totalitario. Pero Venezuela como 

sociedad, jamás aparece.

La Venezuela retórica entró en un cairel más retorcido cuando Donald 

Trump mandó bombardear lanchas en el Caribe. La destrucción filmada 

era, según la retórica, una prueba de: 1) que eran narcotraficantes; 

2) que iban hacia Estados Unidos, y 3) que eran enviados por el 

presidente venezolano, Nicolás Maduro. Pero el evento era nada más una 

explosión en blanco y negro, es decir, que Estados Unidos anunciaba al 

mundo que estaban matando sin comprobación de nada: ni tráfico, ni 

nacionalidad, ni intención, ni siquiera los nombres de los muertos. 

Llenado todo con artificios del lenguaje, al estilo de los pies de 

foto o la voz en off de un narrador, la retórica usada dejaba atrás el 

anticomunismo sin comunistas y adoptaba la guerra contra el 

narcotráfico sin narcotráfico. Se ha dicho que eran pescadores de 

Guyana que se dirigían a Trinidad y Tobago; se ha insistido en que las 

drogas ahora pasan por el océano Pacífico, no por el Caribe, y que 

provienen de Ecuador; se ha entrevistado a los pobres pescadores que 

se la piensan con seridad antes de zarpar.

Se calienta con saliva una amenaza de invasión gringa a Venezuela, 

cuando ya no funcionaron los embargos, las restricciones comerciales, 

la ayuda financiera a la oposición o, en días recientes, una Nobel de 

la Paz que le brindó el premio, no a su pueblo, sino al agresor de 

Venezuela, como escribió Adolfo Pérez Esquivel. En la retórica 

tenemos: el “cambio de nombre” al Golfo de México después de sus 

peroratas contra los mexicanos, la bravata de controlar de nueva 

cuenta el Canal de Panamá, la llegada de aviones caza F-35 a una base 

en Puerto Rico y, finalmente, los bombardeos contra los botes 

presentados como venezolanos. Todo esto amenizado por un Donald Trump 

que cree en una especie de encantamiento de la retórica: que si 

pronuncia el conjuro de su propia fantasía, se materializará en el 

mundo o, al menos, recibirá una reacción de la cual agarrarse.

No en vano al único presidente de Estados Unidos que Trump mencionó en 

su toma de posesión fue a William McKinley, que gobernó entre 1897 y 

1901, año en que lo asesinaron y que tiene ese rasgo compartido con 

Lincoln y Kennedy. De hecho, Trump, en otro ejercicio retórico, le 

“cambió el nombre” al monte de Alaska, el Denali, para denominarlo 

McKinley, ese republicano de Ohio, que promovió desde su presidencia 

la guerra contra España para adueñarse de Cuba, Hawái, Puerto Rico, 

Guam, y las Filipinas. Un expansionista marino cuando Estados Unidos 

inicia su ascenso como imperio y el declive de su república. McKinley 

era también un creyente en los aranceles para proteger a su industria 

manufacturera. Lo asesinó un obrero del acero especializado en cables, 

inmigrante polaco, que fue despedido de su empleo por la crisis de 

1893-97, que dejó a 25 por ciento de los trabajadores estadunidenses 

desempleados y viviendo en las calles. A ese dice emular Trump, pero 

ya se sabe que siempre se trata de un simulacro verbal para provocar 

las reacciones.

Estuve en Venezuela dos veces. Ambas fueron durante el periodo de Hugo 

Chávez y noté ese mismo desencuentro entre retórica y experiencia. 

Todos los venezolanos con los que tuve contacto, estudiantes de 

comunicación o escritores, hablaban y hablaban en contra del chavismo, 

pero se divertían todas las noches, se hacían sus implantes plásticos, 

compraban en Miami, y se enorgullecían de sus propias frivolidades en 

Amazon. En ese momento el chavismo era la organización política y 

consultas en asambleas de los plebeyos combinada con un alza de los 

precios del petróleo. Nunca fue una dictadura: Chávez ganó, por 

ejemplo, su relección con 63 por ciento en 2006, pero al siguiente año 

perdió el plebiscito de su Constitución para una Venezuela “comunal”, 

así como Maduro ha tenido que lidiar con una oposición que le quitó el 

control del Congreso en 2013. Ya fue otra cosa que esa oposición se 

sintiera tan subida en el ladrillo que proclamara a Juan Guaidó 

“presidente”. Pero parte de la retórica de buena conciencia es repetir 

que es una dictadura cuando lo cierto es que tiene, además de los 

requisitos que piden los árbitros liberales, otras estructuras de 

participación y decisión territoriales. Con la baja del petróleo en 

2014 empieza una escasez que se acentúa con las más de mil sanciones 

económicas, los congelamientos de activos y la imposibilidad de 

comerciar libremente implementados por el primer periodo de Trump. 

Junto con Irán y Rusia, Venezuela es el tercer país más castigado 

desde 2017. Y ahí es cuando Venezuela empieza a significar escasez. A 

eso se refieren los taxistas cuando dicen que vamos todos para allá.

Cuando escucho a esa analista de la televisión decir que está mal que 

invadan Venezuela, pero que se lo merecería por ser una dictadura, 

pienso en que quizá son las palabras las que nos están fallando. Y es 

por eso que termino con lo que dijo el filósofo marxista Alain Badiou 

cuando las protestas en Grecia por la crisis económica en 2010: “Hoy 

en día, uno de los grandes poderes de la ideología democrática oficial 

es precisamente que tiene, a su disposición, un lenguaje vago que se 

habla en todos los medios y por cada uno de nuestros gobiernos sin 

excepción. ¿Quién podría creer que términos como ‘democracia’, 

‘libertades’, ‘economía de mercado’, ‘derechos humanos’, ‘presupuesto 

equilibrado’, ‘esfuerzo nacional’, ‘pueblo francés’, ‘competitividad’, 

‘reformas’, etcétera, son algo más que elementos de un lenguaje vago 

omnipresente? Somos nosotros, nosotros, militantes sin una estrategia 

de emancipación, quienes somos (y quienes hemos sido desde hace algún 

tiempo) los verdaderos afásicos”.

Fuente: La Jornada, sábado, 18 de octubre de 2025

https://www.jornada.com.mx/2025/10/18/opinion/009a1pol