El 29 de junio de 1979, Anastasio Somoza Debayle escribe a mano su carta de renuncia a la Presidencia de Nicaragua. La revisa, tacha un par de cosas, la dobla y se la mete en el bolsillo.
Los siguientes diecisiete días, el dictador irá de arriba para abajo con esa brasa encendida en el bolsillo, en espera de que el embajador yanqui le ofrezca protección y garantías para él, su familia y su fortuna.
Finalmente, el lunes 16 de julio, presionado por el Departamento de Estado y la OEA, Somoza vuelve a redactar la carta, esta vez a máquina. La firma y se la envía al Congreso Nacional:
«Mi renuncia es irrevocable. He luchado contra el comunismo (…) las verdades me darán la razón en la historia».
Al día siguiente, huye de madrugada. Acompañan a Anastasio Somoza su hijo Anastasio Somoza, comandante de la temida EBBI, y los ataúdes de su padre Anastasio Somoza, fundador de la dinastía, y de su hermano Luis Anastasio Somoza, quien también había ejercido la Presidencia de Nicaragua. Otros cinco aviones trasladan a parientes y amigos, ministros y diputados, poniendo fin a casi medio siglo de tiranía somocista.
Al llegar a Miami, Jimmy Carter lo expulsa del país.
En Nicaragua estalla la alegría. Dos días después, es declarada ‘territorio libre’. Es el triunfo de la Revolución Popular Sandinista. El triunfo del pueblo.





