Con el secuestro de lo Presupuesto por las enmiendas parlamentarias, el Congreso paraliza el país, impide el gobernó de gobernar y profundiza la crisis de representación democrática.
Paulo Cannabrava Filho*
Cada tres palabras en el Congreso, dos son enmiendas. Lo que debería ser excepción se transformó en regla; diputados y senadores legislan en causa propia, traban el Ejecutivo e deforman la democracia representativa. Con el control de las enmiendas, el llamado «centrão» secuestró el Presupuesto de la Unión y se volvió una especie de gobierno paralelo – sin responsabilidad efectiva, en una reproducción del poder.
Las enmiendas parlamentarias, que originalmente tenía el intuito de corregir distorsiones regionales, se volvieron moneda de cambio política y, lo peor, instrumento de chantaje institucional. En la Constitución, el manejo del Presupuesto es prerrogativa del Executivo. Pero, lo que tenemos hoy ese un Legislativo que apropia de tajadas cada vez mayores del presupuesto público, impidiendo el gobierno de ejecutar políticas públicas estructurantes. Esa paraliza al país.
Lo más grave es que es mayoría congresal -muchas veces movido por intereses corporativos y fisiológicos — impone su voluntad como si representara la totalidad de la sociedad. Así, se instala la dictadura de la mayoría; un poder mayoritario que ignora el pluralismo, desprecia a las minorías e desfigura la democracia.
Frente a eso, la minoría -tanto de parlamentarios como sectores de la sociedad – recurre al Supremo Tribunal Federal como última trinchera de equilibrio. Cuando el Executivo intenta gobernar, el Congreso bloquea. Cuando o poder judicial actúa para restablecer el mínimo de armonía – como en el caso del marco temporal o de la exoneración da tarjeta, o reforma del IOF — el Congreso reacciona con amenazas y proyectos para limitar el Supremo Tribunal Federal. Una guerra de instituciones que revela la quiebra de pacto republicano.
La crisis de gobernabilidad no es la responsabilidad del gobierno. La oposición también fracasa. Basta ver el vaciamiento de los actos bolsonaristas: en pleno domingo, menos de 12 mil personas fueron a la Avenida Paulista para escuchar al expresidente. Es decir, el gobierno pierde apoyo, pero la oposición no gana. El sistema político como un todo está en descrédito.
Mientras tanto, la populación sufre con servicios pública precarizados, obras paradas, investimentos trabados, inflación baja, pero juros altos, e un presidente amarrado por un Congreso que no quiere gobernar, pero no quiere dejar gobernar.
No se trata de una crisis entre Poderes. Es una crisis de modelo. El presidencialismo de colisión se tornó rehén del fisiologismo. La mayoría se tornó dictadura. Y la democracia, un teatro cada vez más vacío.
*artigo redactado con auxilio do chatgpt





