Los demócratas conquistan la Cámara de Representantes y el Senado, avanzan en estados tradicionalmente republicanos e imponen límites al poder presidencial. Pero el cambio en la política interna no significa necesariamente el fin de las guerras y del intervencionismo estadounidense.
Paulo Cannabrava Filho
Las elecciones de medio mandato celebradas este martes 3 de noviembre representan una derrota histórica para Donald Trump y el Partido Republicano. Los demócratas conquistaron el control de ambas cámaras del Congreso, vencieron en estados tradicionalmente conservadores y abrieron una nueva etapa en la correlación de fuerzas políticas de Estados Unidos.
Los primeros resultados apuntan a una amplia mayoría demócrata en la Cámara de Representantes y al control del Senado, aunque todavía quedan escaños por definir. La victoria de la oposición representa un duro golpe al proyecto político de Trump, que pierde la mayoría parlamentaria con la que contaba para sostener sus iniciativas.
La derrota va mucho más allá de Washington. Los demócratas conquistaron gobiernos estatales en antiguos bastiones republicanos, como Texas, Georgia y Ohio. El caso de Texas es particularmente significativo: después de más de tres décadas de dominio republicano, el estado eligió a Gina Hinojosa como gobernadora demócrata.
También hubo avances demócratas en las legislaturas estatales. No se trata, por lo tanto, de una simple alternancia parlamentaria. El resultado revela un cambio más profundo en el comportamiento del electorado estadounidense.
Trump pierde poder, pero no la Presidencia
El presidente continúa en la Casa Blanca, conserva sus atribuciones constitucionales y puede vetar leyes aprobadas por el Congreso. Sin embargo, pierde el control del proceso legislativo y enfrenta una oposición con poderosos instrumentos de fiscalización.
La Cámara de Representantes desempeña un papel decisivo en la aprobación del presupuesto, la legislación tributaria, el gasto público y la fiscalización del Ejecutivo. Puede convocar a funcionarios, investigar irregularidades e iniciar procesos de juicio político contra el presidente y otros altos funcionarios.
El Senado, por su parte, dispone de atribuciones igualmente importantes. Le corresponde confirmar ministros, embajadores, jueces federales y magistrados de la Corte Suprema. También aprueba tratados internacionales, mediante mayoría calificada, y juzga los procesos de destitución promovidos por la Cámara.
Con ambas cámaras controladas por la oposición, Trump tendrá dificultades mucho mayores para aprobar su agenda. Esto no significa que el Congreso pueda simplemente sustituir al presidente, pero establece límites concretos al ejercicio de su poder.
En materia migratoria, los demócratas podrán cuestionar las deportaciones, investigar abusos e intentar modificar la legislación. La eventual extradición de brasileños que se encuentren en Estados Unidos, incluidos integrantes de la familia Bolsonaro, dependerá, sin embargo, de procedimientos judiciales y decisiones del Ejecutivo, no de una votación de la Cámara.
¿La derrota de Trump significa el fin de las guerras?
Aquí aparece una cuestión fundamental. El cambio en la correlación de fuerzas en la política interna no implica necesariamente una transformación de la política exterior de Estados Unidos.
La guerra contra Irán, el conflicto entre Rusia y Ucrania y la política de intervenciones militares estadounidenses podrán enfrentar mayores presiones del Congreso. Los parlamentarios controlan las asignaciones presupuestarias, pueden fiscalizar operaciones militares y establecer restricciones legales al financiamiento de determinadas acciones.
Pero sería ilusorio imaginar que la victoria demócrata representa, por sí sola, una victoria de la paz.
La historia demuestra que republicanos y demócratas comparten una larga tradición intervencionista. En 1953, durante el gobierno republicano de Eisenhower, Estados Unidos participó en la operación que derrocó al primer ministro iraní Mohammad Mossadegh. La guerra de Vietnam fue ampliada por el demócrata Lyndon Johnson y prolongada por el republicano Richard Nixon. Bill Clinton, demócrata, ordenó los bombardeos contra Yugoslavia en 1999. George W. Bush, republicano, invadió Irak en 2003. Barack Obama, demócrata y galardonado con el Premio Nobel de la Paz, participó en la intervención militar en Libia en 2011 y mantuvo operaciones militares en diversos países.
La sucesión de estos episodios demuestra que el intervencionismo no constituye un monopolio de un partido. Forma parte de una política de Estado, sostenida por intereses económicos, militares y geopolíticos que sobreviven a la alternancia de los gobiernos.
Una nueva correlación de fuerzas
El resultado de las elecciones constituye una derrota política de grandes proporciones para Trump. El electorado impuso límites al presidente y retiró a los republicanos el control del Congreso, además de debilitar su presencia en importantes gobiernos estatales.
Las consecuencias podrán ser profundas en la política interna: mayor fiscalización, dificultades para aprobar leyes, resistencia a las políticas migratorias y obstáculos a los nombramientos presidenciales.
En la política exterior, sin embargo, permanece una interrogante. ¿Estarán dispuestos los demócratas a utilizar su nueva mayoría para contener las guerras, reducir las intervenciones militares y abrir caminos hacia soluciones diplomáticas? ¿O continuarán administrando, con otro lenguaje, los mismos intereses estratégicos del poder estadounidense?
La derrota de Trump abre una nueva coyuntura política, pero no elimina las estructuras que sostienen el intervencionismo.
Cambió la correlación de fuerzas dentro de Estados Unidos. Queda por saber si ese cambio contribuirá también a transformar sus relaciones con el resto del mundo. No se puede perder de vista que el imperialismo es enemigo de la humanidad.
Paulo Cannabrava Filho periodista editor de la revista virtual Diálogos do Sul Global





