PERÚ. ¡CONSTRUID CÁRCELES, NO ESCUELAS!

Por Gustavo Espinoza M.  

Cuando un proceso liberador ocurre en un país, una iniciativa se impone y hace carne en la conciencia de millones:  educar a la población.

En algunas ocasiones ese sentimiento se vuelve consigna y luego en realidad: convertir los cuarteles en escuelas, planteó el proceso cubano desde 1959 y luego concretó el   propósito de instaurar el mejor modelo educativo de América Latina.

En otros países, en los que la Izquierda llegara al Poder o estuviese aunque temporalmente cerca de él, el tema de la educación y el esfuerzo por calificarla mejor, fue siempre recurrente y se convirtió en una suerte de señal de existencia práctica.    

En el Perú, el proceso militar revolucionario del 68 diseñó la Reforma de la Educación, y aportó un proyecto educativo transformador que sirvió para afirmar la nacionalidad y despertar conciencia de patria en millones de jóvenes de la época.

 El retorno de la oligarquita al Poder, a partir de 1975 y más precisamente de 1980 retrocedió en tales propósitos desmantelando una a una las propuestas de Reforma programadas y previstas.

Y es que también constituye una línea general que, cuando la reacción tuvo la sartén por el mango, los temas de la educación se dejaron de lado porque no interesaron más a la clase dominante.  Ella prefirió poner los ojos en los proyectos económicos que le devolvieran “lo perdido” y le permitieran generar un nuevo proceso de acumulación de capital en el más breve plazo.

De ese modo, la educación se convirtió en nuestros países subdesarrollados y dependientes, en la última rueda del coche. La formación docente pasó a segundo plano ya que no fue consideraba siquiera como una Profesión, sino como un oficio al que podría acceder quien quisiera “ganarse unos reales” para compensar la precariedad de su salario.

Y los colegios del Estado fueron víctimas de un abandono constante. Locales virtualmente abandonados, demolidos o destartalados sirvieron para recibir a alumnos sin recursos; porque aquellos que podrían ostentarlos, optaban por los colegios privados, dotados de una infraestructura privilegiada.

En el Perú, estudiar en La Inmaculada, San José de Cluny o San Silvestre, fue sinónimo de educación de élite, en manos de pequeñas cúpulas oligárquicas.  De allí surgieron los grupos de Poder que luego ocuparían los principales puestos en la gestión del Estado, un Estado Oligárquico, sin duda.

Esta realidad fue atacada ocasionalmente. Un militar, ministro de Educación -Juan Mendoza Rodríguez- en los años 50 del siglo pasado, le dio importancia a la educación. De allí surgieron las Grandes Unidades Escolares, que sirven hasta hoy y la Escuela Normal Superior de La Cantuta que hizo de la lucha por dignificar la carrera docente, un objetivo de vida.

Pero esas fueron las golondrinas que no hacen verano. La constante fue la inversa: la tugurización, el atraso, el abandono absoluto y la falta de interés de usar la Escuela Pública como un centro de cultura local. Es lo que se ha impuesto en nuestro tiempo.

Por eso los “lineamientos para la educación” recientemente conocidos, no miran el modo de calificar mejor la educación, ni asegurar que la Escuela eleve su nivel académico o su papel en la formación de la conciencia humana.

 Lo que buscan es que el adolescente se corte el pelo y la muchacha no use aretes, ni faldas por encima de sus rodillas. A eso, le llaman una “escuela sin ideología”, vale decir, el ideal de nuestro tiempo.

El dinero público entonces hay que usarlo no para construir escuelas, sino cárceles.  Por lo pronto, terminar 6 que “están a medio hacer”, y forjar otras 2, para incrementar la población penitenciaria.  Porque es claro que las nuevas cárceles no servirán para des tugurizar las ya existentes, sino simplemente para incrementar el número de presos.

No olvidemos que, en 1996, en el auge del fujimorismo, hubo 650 mil detenidos, y al año siguiente, 670 mil. No todos quedaron presos, pero si sufrieron lo que los expertos llaman “tratos crueles, inhumanos y degradantes” destinados a mantener una población sumisa, dócil, obsecuente y servil, lo mismo que se quiere ahora.

Objetivamente, el gobierno no busca humanizar las cárceles ni mejorar las condiciones de vida de los que en ellas habitan. Lo que busca es envilecer más sus condiciones bajo el pretexto de que se trata de “delincuentes”, es decir, merecedores de concitar todo el odio del mundo.

Lo ocurrido recientemente en el Penal El Milagro de Trujillo constituye apenas la antesala de lo que sostenemos. 3 muertos y 8 heridos fue la secuela de un oscuro incidente festejado por el gobierno que procedió de inmediato a trasladar a los presos en condiciones aberrantes a lugares extremadamente inhóspitos.

Pareciera que hay quienes se esmeran en preparar enfrentamientos de mayor magnitud. Eso explica la reacción de la gente, que atacó a huevazos la “caravana” presidencial. Keiko debió huir. Y es que la población actuó, sin reparar siquiera en lo caro que están los huevos.

Recientemente el gobierno destinó 52 millones de soles para “propaganda oficial”, es decir, pagos a medios de comunicación a fin de que “informen de los éxitos” del gobierno.

 Por eso la radio y la tele interrumpen sus programas habituales para informar cada hora “lo que está haciendo” Keiko; y lo que muestran, son fotos de ella delante de soldados armados hasta los dientes en maniobras riesgosas.

Un modo de convertir a la Mandataria en un “trofeo de guerra”. Militarizar la retina de la gente, es el primer paso para militarizar su conciencia.

Cárceles en lugar de escuelas. Y escuelas convertidas en cuarteles. Tal es, en síntesis, el exquisito pastel que nos ofrece el régimen de Keiko Fujimori alimentado y protegido por el Escudo de las Américas y adocenado por el decrépito mensaje de Donald Trump.

Como telón de fondo, se desata la furia económica en el Perú. Suben los precios de los productos de primera necesidad de modo desorbitado, se incrementa la inflación, y se agravan las condiciones climáticas que afectan a la población.

El gobierno -a los 100 días del inicio de su gestión- no hace nada significativo. Y la población sufre los efectos de una gestión que -aun no sea por la lluvia- hace agua por todas partes.   

En Estados Unidos, Donald Trump acaba de sufrir una concluyente derrota. No lo salvó ni el Escudo de las Américas. ¿Entenderá esa lección la señora K?  Probablemente no. Para comprenderla, tendría que recurrir a la Inteligencia Artificial. La natural, no le da. (fin)