Brasil necesita decidir qué escuela quiere ofrecer a la juventud que deberá enfrentar un mundo transformado por la inteligencia artificial
Paulo Cannabrava Filho
Cinco millones de inscritos en el Enem. Millones de jóvenes que llegan a la edad adulta y a las urnas. Es esa juventud la que llamamos, con razón, el futuro de Brasil. Pero ¿qué escuela le estamos ofreciendo? ¿Una escuela capaz de enseñar a pensar, comprender y transformar la realidad, o una escuela que todavía no consigue garantizar siquiera el pleno dominio de la lectura, las ciencias y las matemáticas?
El panorama más reciente es preocupante. El Pisa 2025, programa de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), evaluó a estudiantes de 15 años en 91 países y economías. En Brasil, 72 por ciento no alcanzó el nivel mínimo de competencia en matemáticas, 52 por ciento en ciencias y 51 por ciento en lectura. El desempeño brasileño permanece por debajo del promedio de la OCDE en las tres áreas y prácticamente estancado con relación a 2022.
Esto significa que una enorme proporción de nuestros adolescentes enfrenta dificultades para interpretar un texto, comprender un fenómeno científico o utilizar las matemáticas en la solución de problemas relativamente sencillos. Y el problema no desaparece al llegar a la edad adulta. El Indicador de Alfabetismo Funcional, Inaf, constató que 29 por ciento de los brasileños de entre 15 y 64 años son analfabetos funcionales, mientras otro 36 por ciento permanece apenas en el nivel elemental de alfabetización.
Hay, afortunadamente, señales de que es posible cambiar esta realidad. En la red pública, el porcentaje de niños alfabetizados al finalizar el segundo año de la enseñanza primaria pasó de 56 por ciento en 2023 a 59 por ciento en 2024 y 66 por ciento en 2025. Hubo un avance significativo en dos años. Pero esto todavía significa que aproximadamente uno de cada tres niños termina esa etapa fundamental sin alcanzar el estándar nacional de alfabetización.
La cuestión se vuelve aún más urgente ante la revolución tecnológica en curso. La inteligencia artificial está cambiando la manera de investigar, escribir, calcular, producir conocimiento y trabajar. Una máquina puede localizar información y producir respuestas en segundos. Pero precisamente por eso la escuela necesita enseñar aquello que ninguna respuesta preparada puede sustituir: la capacidad de comprender, cuestionar, relacionar conocimientos y mirar crítica y creativamente la realidad. La propia OCDE advierte que la tecnología y la inteligencia artificial pueden fortalecer el aprendizaje, pero no deben sustituir la atención, el esfuerzo y la comprensión.
Es también una cuestión de democracia. El próximo domingo, 4 de octubre, más de 158 millones de brasileños estarán habilitados para elegir presidente, gobernadores, senadores y diputados. Entre ellos hay millones de jóvenes. Solamente los electores de 16 y 17 años suman 1,6 millones; entre los brasileños de 70 años o más son casi 17 millones. Formar ciudadanos capaces de distinguir información de manipulación, argumento de propaganda, hecho de mentira, es también preparar a la sociedad para ejercer conscientemente el voto.
La buena escuela, por lo tanto, no puede ser una fábrica de diplomas ni un lugar donde el estudiante aprende solamente a responder exámenes. Necesita recuperar la concepción de educación que marcó el pensamiento de Anísio Teixeira, Paulo Freire y Darcy Ribeiro: una escuela pública de calidad, democrática, integral, vinculada a la vida y capaz de formar ciudadanos autónomos. Una escuela de tiempo completo no significa simplemente mantener al alumno más horas dentro de un edificio. Significa darle tiempo y condiciones para estudiar ciencias, literatura, historia, matemáticas, artes y tecnología, practicar deportes, convivir y aprender a pensar.
La mala escuela reproduce las desigualdades. La buena escuela puede romperlas. Y en un país profundamente desigual como Brasil, ofrecer educación de calidad solamente a quienes pueden pagarla significa condenar a millones de niños antes incluso de que tengan la oportunidad de elegir su camino.
En vísperas de las elecciones, sería bueno que los candidatos y, sobre todo, los maestros brasileños volvieran a colocar la educación en el centro del proyecto nacional. No basta preparar a nuestros jóvenes para conseguir un empleo en un mundo dominado por las nuevas tecnologías. Es necesario prepararlos para comprender ese mundo y transformarlo. Recuperar la buena escuela es formar a la juventud que podrá construir el Brasil que todavía no hemos conseguido construir.
Paulo Cannabrava Filho periodista editor de la revista virtual Diálogos do Sul Global





