NUEVO TRUMPAZO CONTRA CUBA

Trump recrudece el bloqueo, crea un grupo de trabajo de la CIA y retoma la vieja estrategia de estrangular la Revolución Cubana para imponer un cambio de régimen

Paulo Cannabrava Filho

Donald Trump ha vuelto a endurecer el cerco contra Cuba. No se trata de un episodio aislado ni de una simple divergencia diplomática. La nueva ofensiva forma parte de una estrategia de reafirmación de la hegemonía de Estados Unidos sobre América Latina y el Caribe, retomando la vieja política de asfixiar a cualquier país que insista en seguir un camino independiente.

Al mismo tiempo que recrudece el bloqueo económico, Trump anunció la creación de un fuerza de tarea de la CIA dedicado a Cuba. La iniciativa remite de inmediato a los primeros años de la Revolución Cubana, cuando Washington organizó operaciones destinadas a derrocar al nuevo gobierno, culminando en la fracasada invasión mercenaria de Playa Girón, en 1961. Cambian los métodos, cambia el lenguaje, pero el objetivo sigue siendo el mismo: imponer un cambio de régimen en La Habana.

Paralelamente, la Casa Blanca anunció un nuevo paquete de sanciones contra Cuba, dirigido contra ocho generales y cinco entidades estatales. Entre los sancionados se encuentra el general Álvaro López Miera, ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. También fueron incluidos el jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, responsables de los departamentos de Relaciones Exteriores y de Economía del Ejército, además de los agregados militares cubanos en Rusia y China.

El pretexto es la cooperación militar de Cuba con Rusia y China, así como la adquisición de equipamiento militar. El secretario de Estado, Marco Rubio, hijo de inmigrantes cubanos, acusa a La Habana de utilizar sus Fuerzas Armadas y sus servicios de inteligencia para espiar a Estados Unidos y servir de plataforma para operaciones de Rusia, China e Irán.

Las sanciones siguen el informe del Departamento de Estado, publicado el 20 de julio, titulado Cuba: la capital del comunismo del siglo XXI, que pretende justificar el endurecimiento de las medidas alegando que la isla mantiene asociaciones estratégicas con Rusia y China para obtener equipos militares, tecnología de vigilancia y otras capacidades de defensa.

Pero es inevitable preguntarse: ¿de qué amenaza estamos hablando?

Cuba apenas logra enfrentar sus propios problemas económicos. Vive con apagones frecuentes, escasez de combustible, dificultades en el transporte público y enormes limitaciones para importar alimentos, medicamentos y materias primas. El propio bloqueo impuesto por Estados Unidos impide la llegada de petróleo para abastecer y poner en marcha la economía cubana.

Resulta evidente que la supuesta amenaza cubana no es militar. Se trata de una amenaza ideológica. Lo que Washington no acepta es la existencia, a pocas millas de su territorio, de un país que insiste en preservar su soberanía y su sistema político a pesar de más de seis décadas de bloqueo.

Sin condiciones políticas ni militares para una invasión directa —que tendría consecuencias imprevisibles y un elevado costo internacional— la estrategia pasa a ser otra: estrangular económicamente a la isla hasta provocar el colapso de su economía y forzar un cambio de régimen.

Este bloqueo hace mucho tiempo que dejó de tener cualquier justificación política. Castiga indiscriminadamente a toda la población cubana. Al impedir transacciones financieras, intimidar a empresas y amenazar a cualquier país que mantenga relaciones comerciales con Cuba, convierte los alimentos, los medicamentos, los combustibles y los equipos esenciales en instrumentos de presión política.

Se trata de una política que afecta directamente a millones de personas y que, por sus efectos sobre la población civil, puede caracterizarse como una grave violación de los derechos humanos. Es una forma de castigo colectivo incompatible con los principios del derecho internacional y reiteradamente condenada por la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Ante esta nueva escalada, corresponde a los pueblos del mundo reforzar la solidaridad internacional con Cuba. Desde la voz de Silvio Rodríguez hasta el ciudadano de a pie, la resistencia del pueblo cubano sigue siendo un símbolo de dignidad.

Ha llegado la hora de ampliar la movilización internacional para exigir el fin de este bloqueo implacable. Las Naciones Unidas ya han condenado esta política en numerosas ocasiones. Falta transformar esa condena moral en una acción política efectiva. El bloqueo debe terminar. No solo en defensa de Cuba, sino también en defensa del derecho de los pueblos a la soberanía, la autodeterminación y la paz.

Paulo Cannabrava Filho periodista editor de la revista virtual Diálogos do Sul Global