La paz contra la ley del más fuerte
Desde la tribuna de Naciones Unidas, Brasil reafirma la soberanía, el multilateralismo y el derecho de los pueblos a la paz
Paulo Cannabrava Filho
En su décima participación en la apertura de la Asamblea General de las Naciones Unidas, Luiz Inácio Lula da Silva volvió a colocar la paz en el centro de la política internacional. Habló ante un mundo atravesado por guerras, por la masacre del pueblo palestino, por la erosión del Derecho Internacional y por el regreso, sin disimulos, de la política imperial de la fuerza. Su mensaje fundamental fue claro: no habrá paz mientras la ley del más fuerte prevalezca sobre la soberanía de los pueblos y mientras las Naciones Unidas permanezcan incapaces de cumplir plenamente la misión para la cual fueron creadas. Esta fue la décima vez que Lula ocupó esa tribuna como presidente de Brasil.
Fue un discurso coherente con la tradición diplomática que Brasil procura afirmar desde la fundación de la ONU: negociación en lugar de guerra, convivencia entre diferentes en lugar de sometimiento, multilateralismo en lugar de unilateralismo. No se trata de un pacifismo ingenuo. En un mundo nuevamente armado hasta los dientes, hablar de paz significa enfrentar intereses económicos, militares y geopolíticos poderosísimos.
Lula habló también de soberanía. Advirtió contra las injerencias externas en las elecciones brasileñas, defendió la capacidad del país para enfrentar al crimen organizado y declaró que Brasil necesita cooperación internacional, no intervención extranjera. Reafirmó que el país no acepta ser tratado como patio trasero de ninguna potencia.
Es en este punto donde el discurso brasileño entra en choque frontal con la concepción imperial que vuelve a orientar la política exterior de Estados Unidos bajo Donald Trump. Hablando ante la misma Asamblea, Trump volvió a reivindicar la supremacía militar estadounidense en el hemisferio, defendió acciones militares contra organizaciones clasificadas por Washington como terroristas y amenazó a Irán con la posibilidad de aniquilación si no se alcanza un acuerdo.
Son dos concepciones de las relaciones internacionales expuestas, una después de la otra, desde la misma tribuna. Por un lado, la defensa de la negociación y de la soberanía de los Estados. Por el otro, la reafirmación del poder militar y del derecho que una gran potencia se atribuye para determinar el comportamiento de los demás. Esta contradicción no es solamente entre Lula y Trump. Es una de las contradicciones fundamentales del mundo contemporáneo.
Gaza hizo que esta crisis se volviera moralmente insostenible. Lo que el gobierno de Benjamin Netanyahu viene haciendo contra el pueblo palestino superó hace mucho cualquier justificación de legítima defensa. El ataque terrorista del 7 de octubre contra civiles israelíes no puede servir como salvoconducto permanente para la destrucción de Gaza, la muerte de civiles y la expulsión de una población de su propia tierra. El gobierno brasileño viene denunciando esta situación en los foros internacionales y defendiendo la existencia de un Estado palestino.
Es necesario decir también que la política expansionista del gobierno de Netanyahu y de las fuerzas sionistas que la sustentan no podría avanzar de esta manera sin el respaldo político, financiero y militar de Estados Unidos. Cuando Washington protege diplomáticamente a Israel y proporciona los medios para la continuación de la guerra, deja de ser un simple espectador del conflicto. El problema ya no es solamente Gaza. Es la supervivencia del propio sistema internacional creado después de la Segunda Guerra Mundial.
¿Qué autoridad puede tener el Derecho Internacional si su aplicación depende de quién comete la violación? ¿Qué fuerza puede tener una resolución de las Naciones Unidas cuando una potencia dispone del veto para impedir su aplicación? ¿Qué sentido tiene proclamar la igualdad soberana de los Estados cuando algunos se reservan el derecho de bombardear, sancionar, bloquear económicamente o amenazar a otros países?
Ahí está la contradicción fundamental de la ONU. Creada para impedir que nuevas guerras mundiales fueran resueltas por la fuerza, lleva en su propia estructura los privilegios concedidos a los vencedores de 1945. Cinco países mantienen asientos permanentes y poder de veto en el Consejo de Seguridad. América Latina y África continúan sin representación permanente. El mundo cambió; la estructura de poder de la ONU, esencialmente, no.
Lula insiste desde hace años en esa reforma. Ya en discursos anteriores defendió la ampliación del Consejo de Seguridad, el fortalecimiento de la Asamblea General y la revisión del poder de veto. El propio secretario general, António Guterres, volvió a reclamar reformas de las instituciones internacionales y a defender el papel de la ONU en la búsqueda de la paz.
El multilateralismo no puede significar simplemente sentar a todos los países en una gran sala para escuchar cómo cinco potencias deciden lo que será permitido. El verdadero multilateralismo significa democratizar las decisiones internacionales, respetar la soberanía de los pueblos y someter también a los poderosos a las reglas que exigen de los demás.
Por eso el discurso brasileño adquiere importancia. Brasil no dispone de armas nucleares, no posee poder de veto en el Consejo de Seguridad ni comanda alianzas militares. Su fuerza internacional depende de la diplomacia, de su dimensión continental, de sus relaciones con el Sur Global y de su capacidad para dialogar con diferentes polos de poder.
En un momento en que resurgen la política de las cañoneras, las amenazas militares, los bloqueos y la pretensión de dividir nuevamente el planeta en áreas de influencia, defender la negociación no es una señal de debilidad. Es defender la única alternativa racional frente a la multiplicación de las guerras.
La ONU necesita recuperar la razón de su existencia. No puede continuar asistiendo, impotente, a las guerras que debería ayudar a impedir. Tampoco puede permanecer sometida al veto de los mismos países que con frecuencia son partes interesadas en los conflictos que debería resolver.
La paz exige negociación, pero exige también justicia. Exige el fin de la impunidad de los poderosos, el reconocimiento del derecho del pueblo palestino a su tierra y a su Estado, respeto a la soberanía de las naciones y una profunda reforma de las instituciones internacionales.
El mundo no necesita nuevos imperios ni nuevos dueños. Necesita un orden internacional en el que ningún país sea el patio trasero de otro y en el que la fuerza del derecho finalmente prevalezca sobre el derecho de la fuerza. Ese fue el sentido mayor del mensaje llevado por Brasil a la tribuna de las Naciones Unidas.
Paulo Cannabrava Filho periodista editor de la revista virtual Diálogos do Sul Global





