BRASIL. DESIGUALDAD Y SALARIO MÍNIMO DE HAMBRE

La distancia entre los ingresos de la mayoría de los brasileños y el costo real de una vida digna revela la persistencia de una de las mayores injusticias sociales del país

Paulo Cannabrava Filho

Los números del mercado laboral y de los ingresos en Brasil ponen al descubierto una realidad que muchas veces queda oculta detrás de las estadísticas macroeconómicas: la inmensa mayoría de los brasileños vive con ingresos insuficientes para garantizar una vida digna. El país sigue conviviendo con una estructura de distribución de la renta profundamente desigual, en la que millones de trabajadores sobreviven con salarios que apenas cubren las necesidades básicas.

En 2011, según el DIEESE, el 23,6% de la población vivía con hasta un salario mínimo. Otro 22,4% sobrevivía con ingresos de entre uno y dos salarios mínimos, mientras que apenas el 9% percibía entre dos y tres salarios mínimos. Ese año, el salario mínimo necesario para sostener a una familia, calculado por el DIEESE, era de R$ 2.329,35. Sin embargo, el salario mínimo real era de apenas R$ 545. En otras palabras, más del 55% de la población vivía con ingresos inferiores al valor considerado necesario para una supervivencia mínimamente digna.

Más de una década después, el panorama sigue siendo alarmante. En 2022, cerca del 35,3% de los trabajadores ocupados recibían hasta un salario mínimo. Más grave aún: el 60% de la población brasileña vivía con un ingreso domiciliar per cápita de hasta un salario mínimo. Casi el 70% sobrevivía con hasta dos salarios mínimos. En el otro extremo, apenas el 7,6% de la población tenía ingresos superiores a cinco salarios mínimos, equivalentes a unos R$ 6.060 en aquel momento.

La situación se vuelve aún más dramática cuando se compara el salario mínimo oficial con el salario mínimo necesario calculado por el DIEESE. Actualmente, ese valor oscila entre R$ 7.100 y R$ 7.600 mensuales, aproximadamente cuatro veces y media más que el salario mínimo vigente. El trabajador que recibe el salario mínimo dispone oficialmente de R$ 1.621. Descontada la contribución a la seguridad social, le quedan cerca de R$ 1.499,42 líquidos para afrontar todos los gastos de alimentación, vivienda, transporte, salud, educación, vestimenta y recreación.

Solo la canasta básica consume una parte significativa de ese ingreso. Según el DIEESE, el costo promedio de la canasta básica, compuesta por 13 productos esenciales, ronda los R$ 952. Después de comprar los alimentos indispensables para la supervivencia, queda muy poco para pagar alquiler, electricidad, agua, transporte público, medicamentos y otros gastos inevitables de la vida cotidiana.

Esta realidad ayuda a comprender por qué la desigualdad sigue siendo una de las principales características de la sociedad brasileña. No se trata únicamente de un problema económico, sino también de una cuestión social y política. Un país donde la mayoría trabaja mucho y recibe poco convive permanentemente con inseguridad alimentaria, endeudamiento, precarización laboral y dificultades de acceso a derechos básicos.

El debate sobre el crecimiento económico pierde sentido cuando la riqueza producida no mejora efectivamente la vida de la mayoría de la población. El gran desafío nacional sigue siendo construir un modelo de desarrollo capaz de generar empleos de calidad, elevar los salarios y distribuir mejor la renta. Mientras millones de brasileños continúen viviendo con un salario mínimo de hambre, la desigualdad seguirá siendo el principal obstáculo para el desarrollo del país.

Paulo Cannabrava Filho periodista editor de la revista virtual Diálogos do Sul Global