EL ESCUDO DE LAS AMÉRICAS

 

Por Gustavo Espinoza M.

El Escudo de las Américas es una estructura de carácter militar creada en el Estado de La Florida el 26 de marzo pasado en una Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de la región convocada por el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump bajo el pretexto de combatir delitos de carácter continental, como el narcotráfico, la delincuencia, el terrorismo y otros.

Aunque algunas palabas buscaron encubrir propósitos políticos en esa alianza ideada por la Casa Blanca, bien pronto se hizo evidente la naturaleza del acuerdo saludado por  los regímenes más conservadores de nuestro continente.

 El 21 de mayo del presente, en efecto, los países del Escudo de las Américas emitieron una Declaración de innegable carácter partidista apoyando sin tapujos al presidente de Bolivia, Rodrigo Paz, que enfrentaba masivas protestas ciudadanas que aún subsisten.

En América Latina este curioso “Escudo” fue cálidamente recibido por Javier Milei, José Antonio Kast, Daniel Noboa y otros mandatarios identificados claramente con las orientaciones de Washington formuladas a viva voz por el Departamento de Estado de los Estados Unidos a cargo de Marco Rubio, el promotor de las iniciativas más violentes y agresivas contra Venezuela, Nicaragua y sobre todo Cuba.

Por cierto, este “Escudo” ha alentado más bien todas las agresiones promovidas por el gobierno de Trump contra la Independencia y la Soberanía de Venezuela así como  el bloqueo genocida que ese régimen mantiene contra Cuba y que se agrava puntualmente cada día.

Ahora, a pocos meses de constituido este curioso aparato de “defensa continental”, está claro el rumbo que ha tomado su política. No se trata, en efecto, de combatir fenómenos delictivos que son consustanciales al régimen capitalista, sino de preparar y organizar a las naciones del continente, para que estén listos a defender a los Estados Unidos, y más precisamente a las grandes corporaciones norteamericanas que pugnan por retener bajo su control los recursos naturales y las riquezas de los países situados el sur del río Bravo.   

Cada día asoma más evidente que este “Escudo” forma parte de la estrategia mundial del Imperialismo, convencido de la necesidad de “cerrar” el continente  para hacer frente a  la “amenaza del socialismo” representada en el caso por China Popular, su pueblo y su gobierno. 

Eso explica el interés de Washington por inmiscuirse en los asuntos internos de los países situados en la región, a la que considera inequívocamente como   “zona de influencia” de los Estados Unidos.

Por lo demás, no se trata sólo de la “influencia”, sino de asuntos más prosaicos: el petróleo y las riquezas materiales. Eso es lo que mueve a los gobernantes del Vecino del Norte empeñados en apoderarse de todo, desde el oro negro hasta las tierras raras, pasando por los minerales y el agua.

Aunque la injerencia yanqui en la región es casi proverbial y quedó registrada desde la guerra de anexión librada a mediados del siglo XIX contra México, ella se tornó más evidente a lo largo del siglo pasado, cuando los Infantes de Marina USA desembarcaron en las costas de todos los países de centro américa para someterlos a su dominio, al tiempo que la Casa Blanca auspiciaba regímenes corruptos y dictaduras asesinas en casi todos los países de América del sur.

La caída de dictaduras siniestras como la de Pinochet en Chile, Somoza en Nicaragua, Videla en Argentina o los militares de la Escuela Superior de Guerra en el Brasil, y sobre todo el triunfo y la afirmación del socialismo en Cuba, parecieron marcar un rumbo diferente en el continente.  

Y lo fue, en buena medida con el surgimiento del Proceso Emancipado Bolivariano que se abrió paso en Venezuela y generó un nuevo derrotero en el escenario americano. La experiencia de Velasco Alvarado en el Perú y el heroísmo de Salvador Allende en el Chile de los años 70 del siglo pasado marcó un hito en esa historia. 

Las fuerzas progresistas que alentaron este proceso no percibieron cabalmente que no era posible introducir cambios radicales en la sociedad latinoamericana manteniendo la vieja estructura de dominación capitalista y burguesa.

Avanzar con la idea de transformar realmente la realidad encarando y resolviendo los problemas vitales de los pueblos, presuponía Revoluciones tangibles, y no sólo reformas avanzadas.  La frustración de algunas experiencias permitió finalmente que la clase dominante -a la sombra del Imperio- lograra retomar la iniciativa recuperando posiciones y fuerzas,

Eso fue, en definitiva, lo que posibilitó a la administración Trump diseñar su nueva política de dominación poniendo énfasis en la necesidad de atar a los gobiernos de la región a sus designios guerreristas. La suma de esa política es entonces el Escudo de las Américas que hoy luce agresivo y bravucón en el empeño de aplastar a los pueblos..

El interés desorbitado del nuevo gobierno peruano por incorporarse a esa orientación belicista carece, sin embargo, de esencia y contenido. Fuerza Popular no es un Partido con definiciones políticas ni ideología. Es apenas una suma de segmentos empeñados en perpetuar la dominación de una casta envilecida y en derrota que se aferra al Poder por afanes personales y mezquinos. El servilismo es su divisa.

Keiko Fujimori parece estar convencida que, a la sombra de Donald Trump, tiene asegurado un futuro de bienestar personal y de grandeza material. Se equivoca. El propio futuro del Cromagnón que hoy vive en la Casa Blanca, es precario y es incierto. Un día cualquiera, Keiko podrá despertar y encontrarse ante un escenario nuevo, sin el siniestro hombre de las nieves al que hoy mira como si fuera un Elegido.

El Escudo de las Américas tendrá una vida corta y un final feliz para los pueblos, vale decir, una muerte prematura como instrumento de agresión y de guerra (fin)