MARIATEGUI. LA ETERNIDAD Y LA LITERATURA

Por Eduardo Gobnzalez Viaña

Cuando era estudiante laico en el antiguo seminario de San Carlos y San Marcelo de Trujillo, el padre regente confiscó el libro de González Prada que yo guardaba celosamente en mi carpeta.

―Era un hombre muy malo ―me explicó―. ¡Era un anarquista!… O sea, un enemigo de la Iglesia y de sus sacerdotes. Un día les explicaré yo todo lo que los anarquistas hicieron en la guerra de España. Por suerte, el generalísimo Franco los aplastó.

Por suerte también, los conocimientos del padre regente no habían llegado hasta la literatura de nuestro siglo y, por eso, no puso objeción alguna ante el ejemplar de “Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana” con el cual reemplacé mi lectura anterior.

Mariátegui, poético

Lo extrajo de mi carpeta y se lo llevó para darle un vistazo durante toda una tarde. Sin embargo, las frases de Mariátegui le parecieron poéticas frente a las incendiarias catilinarias de González Prada. Creo que ni siquiera advirtió que se trataba de un pensador socialista.

Por mi parte, comencé el libro por el ensayo final que aborda el tema de nuestra literatura. Lo hice porque tenía quince años, había escrito mis primeros cuentos y quería que Mariátegui me explicara el mundo de la literatura peruana. Ahora, hablo de los “Siete ensayos…” y cuento las circunstancias en que lo leí para hacer ver de qué manera el autor socialista influyó en los sueños y en las reflexiones de un escritor adolescente.

La lectura de este libro hizo mucho más por mí. Me condujo hacia el conocimiento y la explicación de aquellos que, según el autor, expresaban a la humanidad de inicios del siglo XX. Para él, Diego Rivera, Charles Chaplin y César Vallejo tenían ese sentido. Por mi parte, había abierto las páginas de “Los heraldos negros” pero, debo confesarlo, no lo había comprendido del todo. Sin embargo, me atraía ese libro con una fuerza que yo no lograba comprender.

Me llevó a Chaplin y a Vallejo.

No había leído entonces, ni los había a raudales, a los exégetas de la obra vallejiana, pero comencé a atisbar su grandeza cuando leí en JCM que “Vallejo es el poeta de una estirpe, de una raza” y que “interpreta a la raza en un instante en que todas sus nostalgias, punzadas por un dolor de tres siglos, se exacerban”.

Por fin, el libro añadía estremecido que el poeta de “Trilce” no solo pertenece a su raza, pertenece también a su siglo, a su evo”. Aquella afirmación enfática me obligó a la relectura, y creo que comencé en esos momentos a encontrar nuevos significados que al comienzo no había visto. Tal vez de esa manera se impuso en mí una forma diferente de leer la poesía, y no tan solo la de César Vallejo.

La afirmación de Mariátegui, sin embargo, me imponía una nueva pregunta. Al decir “de una estirpe, de una raza”, me obligaba a inquirir qué razas y estirpes eran aquellas. Se trataba obviamente de hablar de “lo peruano”, pero me hizo preguntarme qué era lo peruano. La respuesta de JCM venía inmediata: “la nueva peruanidad es una cosa por crear. Su cimiento histórico tiene que ser indígena”.

Hablar de lo indígena como cimiento, por otra parte, incluía al elemento colonial y su mezcla. Y justamente, allí estaba Mariátegui para afirmar, con el mexicano Vasconcelos, que el mestizo actual no es el tipo de una nueva raza, de una nueva cultura, sino apenas su promesa.

Proceso a la literatura.

Las primeras frases del ensayo afirman rotundamente que “la palabra proceso tiene en este caso su acepción judicial”. Y que “mi testimonio es convicta y confesamente un testimonio de parte”

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Todo esto hace evidente que el proceso anunciado por JCM no engloba solamente la literatura sino el propio concepto de nación. ¿Existía la nación peruana en el momento en que se escribía el libro? ¿Existe ahora? ¿Cómo es? ¿Qué somos? ¿Quiénes somos?

El Amauta anuncia que va a dar un testimonio de parte, pero de inmediato se convierte en el fiscal cuando sostiene que nuestra literatura no cesa de ser española en la fecha de la fundación de la República. Y más aún, es cáustico cuando señala que la misma “sigue siéndolo por muchos años, ya en uno, ya en otro trasnochado eco del clasicismo o del romanticismo de la metrópoli. En todo caso, si no española, hay que llamarla por luengos años, literatura colonial”.

Luego de desechar los esquemas usuales de clasicismo, romanticismo y modernismo, de antiguo, medieval y moderno, de poesía popular y literaria, el autor propone el suyo.

Hay, según Mariátegui, tres períodos: un período colonial, un periodo cosmopolita, un período nacional.

“Durante el primer período un pueblo, literariamente, no es sino una colonia, una dependencia de otro. Durante el segundo período, asimila simultáneamente elementos de diversas literaturas extranjeras. En el tercero, alcanzan una expresión bien modulada su propia personalidad y su propio sentimiento…”.

Esta periodización de la literatura peruana supera tanto los bordes del historicismo positivista como las fronteras que podría haberle impuesto el marxismo al arte. Por fin, concibe a la literatura como un fenómeno al mismo tiempo estético que social e histórico.

El fiscal JCM acusa que “el literato peruano no ha sabido casi nunca sentirse vinculado al pueblo”. Era duro pero certero en señalar que “Entre el Inkario y la Colonia ha optado por la Colonia. El Perú nuevo era una nebulosa…”.

Mariátegui emplea en su argumentación una suerte de sarcasmo bondadoso cuando señala que nuestros literatos no habían sentido al Perú sino como una colonia de España y da como ejemplo la “Elegía a la muerte de Alfonso XII” de Luis Benjamín Cisneros. Lo generoso en este caso es señalar que el poeta era, “dentro de la desvaída ramplona tropa romántica, uno de los espíritus más liberales y ochocentistas”.

Habría que recordar que, además del cargo de fiscal que le adjudicamos, JCM fue un escritor y un lector a tiempo completo. Fue un hombre de su época, y la conoció bien. Las citas y las comparaciones lo evidencian. La vanguardia latinoamericana era bien conocida por él como lo eran el surrealismo y el realismo socialista.

La revelación del ser colectivo

Su interés era ferviente en señalar que el arte y la literatura tenían un papel preponderante en la revelación de un ser colectivo, vale decir en el primer vagido de una nacionalidad.

La requisa de mis libros en el seminario no había sido completa. Es evidente que el padre regente no había leído bien los “Siete ensayos”. De haberlo hecho, habría advertido la presencia de González Prada en esos escritos.

De acuerdo con el viejo maestro anarquista, JCM rechaza la producción literaria que considera españolizante. La diferencia entre ambos estriba en que mientras el primero es cosmopolita, Mariátegui declara la necesidad de una voz que provenga del mundo indígena, aunque ella misma todavía no puede expresarse… hasta cuando “los propios indios estén en grado de producirla”.

Durante mi educación universitaria, volví a leer una y otra vez al Amauta, y me convencí de que estaba ante textos que, aunque se volvieran viejos, siempre tendrían vigencia. Era evidente, como ya él mismo lo había dicho, que nuestra literatura había superado la fase colonial al igual que la cosmopolita y que en la “nueva época” se estaba formulando un paradigma nacional. Vallejo, el nuevo en esa época, precedería a un escritor que había hablado solamente quechua durante la infancia y que escribiría en español con la gramática de Nebrija, pero con el alma de un andino, José María Arguedas.

La zarpa del fascismo

La permanencia en Italia significaría para JCM una reafirmación de su socialismo en medio de un país donde se estaba haciendo la historia del mundo, una historia en la que la zarpa del fascismo se preparaba para domesticar a la humanidad.

Está claro que aquello le dio una especie de certidumbre de que moriría joven y de que tendría que apresurarse a terminar su tarea o renunciar a ella. Su ensayo sobre la literatura resume todos los otros y, a la vez, los precede.

Por todo eso, el Amauta escribe como si fuera uno de los autores de la Biblia, con la entera certeza de que está dando pautas para la insurgencia de una nacionalidad. Sabe, además, que también está mandando mensajes a los escritores. En ese camino, desdeña a los autores de la Belle Époque peruana de quienes dice que deberían de haberse inspirado en lo que había de González Prada “de agitador, de revolucionario” al igual que señala que los indigenistas o quienes se acercan a ese modelo “colaboran, conscientemente o no, en una hora política y económica de reivindicación”.

Eso es lo que leí y releí entre los 15 años y los 25. Presentí que JCM veía el futuro en el mestizaje cultural. Por algo, se refería con tanta atención a la literatura platense, a esa mezcla de indígena europeo que consume mate y vaga solitario por la redonda pampa argentina.

Para decirlo de una vez, la propuesta de José Carlos puede expresarse en cuatro elementos principales: el rechazo del pasado colonial, la búsqueda de la autenticidad, la construcción de la nacionalidad y la asunción de todo esto como una tarea permanente en el escritor peruano.

Si no hubiera existido Garcilaso de la Vega, los peruanos de hoy seríamos tan solo españoles algo más morenos, pero incapaces de recordar lo que antes de la llegada de Pizarro ocurrió en nuestras tierras. Un mundo sin historia, sin la historia que nos reveló el gran mestizo, camina ciego y sin destino. Quien no tiene pasado, tiene borrado el futuro.

Tan importante como la obra de Garcilaso, es la de Mariátegui porque sin él no habríamos entendido a Garcilaso en el alba ni el alma de nuestra nacionalidad. No habríamos comprendido cómo Garcilaso nos rescató el tiempo pretérito ni para qué servía aquello. Habríamos sido incapaces de entender cuál era nuestra misión y por qué esta contenía una revolución permanente.

La historia del libro que leí cuando el estudiante secundario también es compleja. JCM murió en 1930, pero solo fue a partir de la década de los 50 cuando su familia rescató sus libros. La escritura del Amauta sobrevivió ese tiempo y tiene para rato porque su vigencia en el nuevo siglo que vivimos se convierte en obligada tarea revolucionaria.

En vez de la relectura que busca yerros y anacronismos, la obra de JCM despierta en nuestro tiempo mayor interés que el que, acaso, presidió su aparición. Hay quienes lo llaman “anticapitalista romántico” o “marxista heterodoxo”, pero el propio hecho de que se le estudie y califique de formas diversas denuncia su permanente e inestimable vigencia.

¡A la hora del examen final!

Un día cercano a los exámenes finales, entró en nuestro salón el padre regente. En esa época, los colegios privados como el nuestro recibían como jurado a profesores de los estatales. Ellos debían constatar si, de veras, se estaban cumpliendo en el Seminario los fines de la educación peruana.

El regente nos advirtió que entre los visitantes del examen de Castellano y literatura se encontraba el profesor Francisco Xandóval, y era necesario que nos cuidáramos porque era un libre pensador y un ateo. Como de costumbre, no hice mucho caso de esas precauciones.

Xandóval era uno de los amigos de César Vallejo. Esa generación sobrepasó en metas y logros a cualquier otra surgida en Lima u otra ciudad del país. En los años 20, eran jóvenes influidos por el socialismo, el anarquismo o la sola idea cristiana de redimir a los pobres. Por esa razón resultaba peligroso ante los ojos de nuestro buen sacerdote franquista.

En vez de prepararme para el examen, leí un libro de nuestro visitante que era un notable poeta y me di cuenta de que siempre existiría censura en el Perú para quienes pensaran en el futuro, pero sus ideas triunfarían a la larga. Entendí mucho más a José Carlos Mariátegui, y descubrí que había comenzado a ser eterno.