MULTITUDES. ¿FUERZA POPULAR SIN DIRECCIÓN?

El preCarnaval revela la energía colectiva de las calles y vuelve a plantear el desafío de transformarla en un proyecto político de desarrollo nacional

Paulo Cannabrava Filho

El pre‑Carnaval de este año expuso un fenómeno que impresiona incluso a quienes están acostumbrados a la vida urbana brasileña: multitudes reales, compactas, casi oceánicas, ocupando calles, avenidas y plazas. No se trata de una metáfora. Son números concretos, cuerpos apretados, energía en ebullición.

El sábado, un show de Ivete Sangalo fue oficialmente estimado en 50 mil personas. Sin embargo, los cálculos más realistas, realizados a partir de sobrevuelos y del área efectivamente ocupada, apuntan a algo mucho mayor: más de un millón, quizá un millón doscientas mil personas concentradas en la región del Ibirapuera, frente a la Asamblea Legislativa. Una masa humana difícil incluso de imaginar.

El domingo, el cuadro se repitió y se expandió. Varios barrios fueron tomados por bloques gigantescos. En el centro de la ciudad, dos de ellos arrastraron multitudes tan densas que hubo tumultos, empujones e incluso peleas puntuales entre grupos. No por política, no por reivindicaciones sociales, sino por la simple fricción de cuerpos en exceso disputando el mismo espacio.

Estas escenas provocan una pregunta inevitable: ¿qué ocurriría si toda esa energía colectiva —esa capacidad de movilización espontánea, esa disposición física a ocupar el espacio público— fuese canalizada políticamente?

Brasil convive hoy con una forma sofisticada de dominación: la dictadura del pensamiento único impuesta por el capital financiero. No necesita tanques en las calles ni cuarteles ocupados. Opera mediante la naturalización de lo imposible, por la idea de que no hay alternativa, de que los intereses abusivos, la desigualdad estructural y la subordinación externa son hechos de la naturaleza.

Las multitudes están ahí. Vivas, pulsantes, ruidosas. Demuestran que el pueblo no está apático ni inerte. Falta dirección, falta proyecto, falta organización política capaz de transformar la fiesta en fuerza histórica.

La energía existe. La pregunta es hasta cuándo seguirá siendo disipada en una catarsis episódica, mientras el país continúa prisionero de un modelo que concentra la renta, destruye el futuro e impide incluso el acto de imaginar otro Brasil posible.

Es de esa potencia desperdiciada de donde puede —y debe— nacer la revolución necesaria. No una explosión inconsecuente, sino un proceso consciente de ruptura con la dictadura del pensamiento único, capaz de devolverle al país un proyecto nacional de desarrollo, soberano, integrado y socialmente justo. Las multitudes ya demostraron que existen. Falta que descubran, colectivamente, que pueden ser más que fiesta: pueden ser sujeto histórico de transformación.

Paulo Cannabrava Filho, periodista editor de la revista virtual Diálogos do Sul Global