TRUMP: EL ROSTRO AUTORITARIO DE UN IMPERIO EN DECADENCIA

Al gobernar al margen de las leyes, activar fuerzas militares sin autorización del Congreso y tratar a América Latina como su patio trasero, Donald Trump expone la quiebra democrática de los Estados Unidos**

Paulo Cannabrava Filho

Cada vez hay menos espacio para dudas: Donald Trump gobierna como un dictador. Desprecia las leyes internas, ignora el derecho internacional y acciona fuerzas militares sin ninguna autorización del Congreso. Si la democracia estadounidense funcionara mínimamente, ese comportamiento reiterado ya habría dado lugar a un proceso de impeachment. No se trata de una exageración retórica, sino de hechos concretos.

Trump se arroga el derecho de decidir sobre otros países como si fueran extensiones de su poder personal. Afirma que “gobierna” Venezuela, amenaza abiertamente a Cuba y declara que no desea ver a China o a Rusia actuando en territorio venezolano. Más grave aún: hace estas declaraciones en reuniones con ejecutivos de la industria petrolera, dejando en claro que su política exterior está directamente subordinada a los intereses del capital energético. No es diplomacia: es coerción imperial.

Como corolario de este avance autoritario, se reactualiza la Doctrina Monroe, ahora combinada con la lógica del Big Stick: “habla suavemente, pero lleva un gran garrote”. En el caso de Trump, ni siquiera el eufemismo se sostiene. El “garrote” se manifiesta de forma explícita en la movilización de una poderosa armada naval y aérea, en la intimidación directa y en el chantaje económico. El imperio abandona cualquier barniz liberal y asume, sin disfraces, su rostro brutal.

Es en este contexto que, el día 17, en Asunción, se firmará el acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea. Aún pendiente de la aprobación del Parlamento Europeo, se trata del mayor acuerdo comercial de la historia, que involucra a cerca de 720 millones de personas, un PIB estimado en 22 billones de dólares y la expectativa de eliminar las tarifas del sector industrial en un plazo de diez años. El acuerdo se inscribe en un escenario de reordenamiento geopolítico marcado por la presión directa de la ofensiva imperial de los Estados Unidos.

Trump dejó esto aún más claro al advertir a China y a Rusia que no las quiere en Venezuela y al exigir que Caracas rompa relaciones con China, Rusia, Irán y Cuba. Se trata de un intento explícito de recolonización, ahora sin mediaciones, sin pudor y sin respeto por las reglas mínimas de la convivencia internacional.

Lo que está en juego no es solo Venezuela, Cuba o América Latina. Está en cuestión la propia idea de democracia, erosionada en el centro del sistema que siempre se presentó como su principal defensor. Trump no es una anomalía: es la expresión desnuda de un imperio en decadencia, que ya no logra gobernar mediante el consenso y recurre, cada vez más, a la fuerza.

En Brasil no hay de qué preocuparse. ¿Petróleo? Ya está controlado por las empresas. ¿Minerales? Ya están controlados por las empresas. ¿Política económica? Rige el pensamiento único impuesto por el capital financiero.

El enfrentamiento a este avance autoritario no vendrá de instituciones capturadas ni de élites comprometidas con la subordinación. Solo puede surgir de la movilización popular. Corresponde a los pueblos ocupar las calles, organizarse y exigir un proyecto nacional que coloque nuevamente en el centro la soberanía, el control de los recursos estratégicos, la independencia política y el derecho a decidir su propio destino. Sin presión popular, no hay democracia posible ni país verdaderamente libre.

Paulo Cannabrava Filho periodista editor de la revista virtual Diálogos do Sul Global