EL HEROISMO DEL PUEBLO LAOSIANO

Por Luis Manuel Arce Isaac

   El tiempo vuela, nos ponemos viejos casi sin darnos cuenta, y un día, ante el espejo, vemos que ya no tenemos en los ojos el brillo juvenil que reflejaban. No es que uno se dedique a mirar cómo envejece, sino que cuando recibes noticias de aniversarios de algo que viviste intensamente, entonces el tiempo te golpea.


    Es lo que me ha sucedido con la información en la prensa de que la República Democrática Popular Lao celebró el martes pasado el 50 aniversario de su proclamación, y los recuerdos te ponen nostálgico.


    Entonces yo tenía 34 años, y mucho antes de esa edad caminaba o viajaba en vehículos militares por la ruta Ho Chi Minh en la intrincada cordillera  Dãy Trường Sơn (para Vietnam), y Phū Lūang (para Laos), con mi mochila llena de cuartillas, una pequeña máquina de escribir portátil, sin nada de comer porque el bosque nos daba alimentos, y siempre pendientes, mirando hacia arriba o agudizando el oído, para que la aviación estadounidense no nos sorprendiera, en especial los bombardeos ciegos de los B-52.


    Siempre iba acompañado de mi fiel fotógrafo Walfrido Ojeda, que en paz descanse, dejando testimonio gráfico de lo que enviábamos a nuestra redacción en el periódico Granma, de Cuba, cuando teníamos alguna oportunidad de hacerlo. Era bien difícil transmitir desde la montaña.


    Escribí mucho de uno de los mayores desastres militares de Estados Unidos en Indochina, el descomunal fracaso de la Operación Lam Son 719 que empezó el 8 de febrero de 1971, y no solamente generalizaba la guerra a toda la península, sino que tenía el objetivo de destruir la popularmente conocida Ruta Ho Chi Minh.
    Allí, Walfrido y yo, y todo aquel que vivió o conoció a profundidad la Lam Son 719 -disfrazada por el Pentágono como Dewey Canyon II para tratar de que no se filtrara a la prensa el objetivo de generalizar la guerra y destrozar la ruta, nos dimos cuenta del globo que Hollywood inflaba sobre la infalible inteligencia militar estadounidense.


    Como la carretera 9 del sur laosiano, que enlaza con el punto de unión de las fronteras los tres países -una zona militarmente denominada entonces Pico de Loro- transcurre por dentro de una selva tan inhóspita como el Tapón del Dariem, los sesudos recomendaron a los generales del Pentágono y empresarios de su Complejo Militar Industrial, la fabricación de pequeños tanques muy especiales para inundar la zona con seguridad total, bajo el criterio “comprobado” de que el Pathet Lao carecía de defensa para ellos, pues allá arriba no podrían subir, jamás, los pesados tanques rusos PT-76 suministrados por Vietnam.


    Se olvidaron de los franceses que pensaron lo mismo en Dien Bien Phu, de la valentía de aquel pueblo arrocero que los subió por piezas y en bicicletas, y rearmarlos ya en la montaña, gracias a la inteligencia del general Vo Nguyen Giap.


    ¡Sorpresa! Cuando la infantería llegó a la carretera 9 con sus fabulosos y bien diseñados tanquecitos y blindados con destino a la ciudad de Tchepone como objetivo, en lo más intricado de la montaña, se dieron cuenta de inmediato, para su horror y explosiones de histeria, que habían llegado a su cementerio, como admitió la prensa estadounidense en sus reportajes.


      Allá arriba los estaban esperando los PT-76 y una artillería antitanque y antiaérea que nunca pudieron explicarse cómo, ni cuando, llegaron a la cordillera. Pero sí sintieron de inmediato cómo fueron inmovilizadas las tropas invasoras, no hubo avances, ni cánticos en los pelotones, ni latas de cervezas que les calmaran la sed y los nervios. Para miles de saigoneses y asesores y técnicos estadounidenses, el período del 8 de febrero de 1971 al 25 de marzo cuando se rindieron, fue secular. Envejecieron 50 años, muchos quedaron calvos, con arrugas y canas, y supieron que eso suele suceder, aunque tangas 20 años de edad. Eso lo conocen bien los veteranos y mutilados de guerra estadounidenses, porque lo han confesado montones de veces cuando van al cementerio de Arlington y botan sus medallas porque les pesa demasiado en sus conciencias y saben que no les devolverán sus piernas ni su tranquilidad espiritual.


     Los estadounidenses huyeron de la carretera 9 colgados de los patines de helicópteros Huey Cobra, como ocurrió después en abril de 1975 cuando la derrota total en Vietnam, incluyendo la fuga deshonrosa desde la azotea de la sede diplomática, con todos los reflectores de la prensa, de su entonces embajador Graham Martin y su secretaria, aquel memorable 29 de abril de 1975 cuando ya las tropas patriotas estaban a las puertas de Saigón donde entrarían al día siguiente y proclamarían la capital sureña Ciudad de Ho Chi Minh, en reconocido homenaje al padre de la patria.


    Ellos pensaron que la ruta Ho Chi Minh era un trillito para cruzar desde Laos al sur de Vietnam y atacar bases descomunales como las de Khe Sanh. Jamás supieron, hasta ese momento, que era un enjambre de terraplenes y, para estupefacción de ellos, construido a mano en muy gran buena medida por valerosas mujeres de las etnias montañosas, cargando tierra y rocoso en canastas de mimbre, como se fabricaron los diques en Hanoi. ¡Qué gloria!


    Es probable, no lo aseguro, pero no tengo referencias, de que Walfrido y yo fuimos los primeros en desandar parte de la ruta Ho Chi Minh, pues tuvimos el privilegio de convivir algún tiempo, en más de una oportunidad, con la alta dirección del Neo Lao Haksat (los yanquis les decían despectivamente el Pathet Lao), su líder histórico, el príncipe rojo Souphanouvong, su canciller y luego presidente de la república, Phoumi Vongvichit y otros muchos históricos en las cuevas de Sam Neua y Luang Prabang.


    Después nos invitaron a reportar el proceso de reeducación de los soldados rendidos cuyo objetivo logrado fue realizar de manera pacífica la transferencia de la monarquía a la república, y nos acogió Roberto Valdés, que en paz descanse, el primer embajador de Cuba y padre de nuestra primera bailarina Viengsay Valdés (cuyo nombre es el de una provincia laosiana, donde también estuvo el alto mando militar lao) que llegó en un momento histórico de aquel cambio ocurrido hace 50 años, el cual relato en uno de mis libros, titulado La derrota del imperialismo yanqui en Laos, premio en Cuba, pero no tengo ni un solo ejemplar.
     Después de 1975, solo una vez en mi vida regresé a Indochina, y fue en 1981 como asesor del entonces presidente del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos, René Rodríguez Cruz, en una gira por los tres países, cuando todavía Phnom Penh olía a la sangre derramada por el régimen polpotiano, que traicionó tan vil y canallescamente al pueblo khmer.


     Ha pasado medio siglo desde aquel acontecimiento, con aquella embajada de Estados Unidos sin banderas y los lujosos carros en sus estacionamientos a la intemperie, oxidados, como espero algún día le suceda al imperialismo, aunque ya la herrumbre se le empieza a notar.


   Tengo 84 años, estoy lleno de canas, y con un dolor profundo en el alma que espero se me quite antes de que termine mi última milla en este mundo: que todavía hay en la Casa Blanca y en el Pentágono gente inescrupulosa como aquellos criminales que mataron a unos seis millones de indochinos, vietnamitas, laosianos y camboyanos, para quedarse con su petróleo, sus valiosos minerales y cercar de la península a una China inmensa, pero entonces dormida, pues intuían que cuando despertara el mundo cambiaría.

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