La desigualdad expuesta en el nuevo
retrato de la renta en Brasil
Paulo Cannabrava Filho*
El informe divulgado por el Ministerio de Hacienda el 1º de diciembre expone, con números irrefutables, la estructura profundamente desigual de los ingresos en el país. Según las declaraciones del Impuesto sobre la Renta de 2023, el 10% más rico concentra el 64,2% de toda la renta nacional — y más de la mitad de ese volumen está en manos del 1% más rico, que por sí solo se apropia del 37,3% de la renta declarada.
Por primera vez, ese vértice de la pirámide será efectivamente tributado. La reforma tributaria del gobierno exime a quienes ganan hasta 5 mil reales y reduce la carga para quienes ganan hasta 7.500. Esa exención será compensada con la tributación a los más ricos, un movimiento que comienza a corregir décadas de injusticia fiscal en las que los más pobres y la clase trabajadora sostenían al Estado mientras la élite económica pagaba mucho menos de lo que le correspondía.
La renta media anual del brasileño quedó en torno a los 40 mil reales. Pero ese número engaña, porque dentro de él se ocultan abismos profundos. Las mujeres negras tienen la menor renta anual, cerca de 20 mil reales — exactamente la mitad de la media. Los hombres negros también están por debajo del promedio nacional. Las mujeres blancas se acercan a los 40 mil, mientras los hombres blancos siguen aislados en la cima, con una renta anual en torno a los 60 mil reales.
Este retrato muestra que no se trata solo de desigualdad económica: es racial, de género, estructural. Es un modelo de país construido para privilegiar a pocos y mantener a la mayoría en condición de esfuerzo permanente.
Tributar a los más ricos es un paso necesario — pero insuficiente si no viene acompañado de políticas de redistribución, ampliación de derechos sociales e inversión en las poblaciones históricamente excluidas. El Estado brasileño necesita enfrentar el problema en su raíz: el racismo estructural, la informalidad, la precarización del trabajo y las barreras de acceso a la educación y a la movilidad social.
La transparencia de estos datos es un gesto político. Expone lo que siempre estuvo frente a nosotros, pero que ahora gana un contorno oficial: no hay democracia plena con semejante desigualdad. Y no habrá un país desarrollado mientras el destino económico de una persona siga determinado por el color de su piel y su género.
*Paulo Cannabrava Filho, periodista editor de la revista virtual Diálogos do Sul Global





