FLOYD Y SARS-COV2, LAS GRANDES PESADILLAS DE TRUMP


Por Luis Manuel Arce Isaac

México.- 

La epidemia de Covid-19 y el infame asesinato de George Floyd sacó a la superficie de manera brutal e imparable lo que yacía en el subsuelo y era conocido pero no revelado: una crisis del sistema capitalista de magnitud insospechada y de incierta solución.

  Ambos hechos, asesinato y pandemia, demuestran que la crisis socioeconómica con expresiones agudas como las depresiones con las que se inauguró el siglo XXI, particularmente la de 2008, no se ha cerrado, que el neoliberalismo hizo aguas y su hunde como el Titanic.

    La enorme cantidad de muertos por SARS-CoV2 reportados oficialmente -y que pueden ser solo una muestra de los que en realidad han fallecido-, y las manifestaciones de condena en decenas de ciudades de Estados Unidos y de Europa por el asesinato de Floyd, expresan de manera ilustrativa que la crisis sistémica se agrava y develan una situación en la que los de arriba ya no pueden y los de abajo ya no quieren mantener el estado de cosas imperante, como diría el analista panameño Guillermo Castro.

   Asesinato y pandemia, también expresan que el momento neodesarrollista de Estados Unidos da muestras de agotamiento coyuntural y que el neoliberalismo, en caída libre, está imposibilitado de lograr recuperar la hegemonía de que alguna vez disfrutó, y debe recurrir cada vez más a la tradicional brutalidad.


   La situación revela que puede estar ocurriendo un cambio, o incluso que el capitalismo se desorganiza por vez primera a ojos vista, y Donald Trump contribuye a ello.

 Se vive un cierto caos que crea confusión porque los carcomidos viejos patrones de un capitalismo tutelado por el Estado para que, al revés, fuese el mercado transnacional neoliberal el que tutelara al Estado. La privatización hundió más en el marasmo al sistema.

    Lo más grave, y es lo que la humanidad debería tratar de evitar desde ahora mismo, es que si realmente la humanidad está en un tránsito de época, no se dé con un baño de sangre, justamente como empezó la que ahora vivimos.

  Por supuesto que hay muchas incógnitas que la vida se encargará de despejar y una de ellas, de la mayor importancia, es que la propia evolución del capitalismo, o más bien sus relaciones de producción configuradas por la concentración de capitales, signa los nuevos términos que caracterizan al mundo del trabajo de hoy con una dispersión del movimiento obrero en periferias más fragmentadas y desarticuladas.

    Esto es, en los hechos, una incongruencia con el devenir histórico pues la creciente desigualdad social derivada de la concentración de la riqueza y de su mala distribución creó una nueva división de la sociedad en clases que acabó con el subgrupo de la pequeña e incluso mediana burguesías al cual proletarizó.

     Pero en términos conceptuales esa nueva subclase no “aterrizó” en el campo obrero, sino que, de forma general, se cobijó a la sombra de la patronal porque sus intereses estaban más identificados con ellos que con los trabajadores manuales. En muchos desfiles por el Primero de Mayo se podían apreciar incluso rivalidades entre sindicatos marcadas precisamente por esos fenómenos sociales provocados por la desigualdad generada dentro de los esquemas del neoliberalismo.

     Uno de los descubrimientos presentes en el análisis de las manifestaciones populares en Estados Unidos y Europa en protesta por el asesinato de Floyd, es precisamente que lo que ni siquiera logró la gravedad mortal de la pandemia de Covid-19 se evidenciara en este movimiento espontáneo: la convergencia en una misma demanda de los elementos heterogéneos de la sociedad a escala popular, blancos y negros, intelectuales y obreros.

Esto da idea de que hay una crisis social estructural y no circunstancial, y Floyd es su detonante. La esperanza es que ese movimiento espontáneo derive en otro que le dé forma a un gran proceso de transición entre el mundo que fue – y es –  y el que podría llegar a ser mañana si somos capaces de comprender y asumir la opción correcta ante nuestra circunstancia.

    ¿Cuál es la verdad que no debe escapar al analizar lo que está ocurriendo? Que Estados Unidos agota sus propuestas alternativas porque le es muy difícil salirse del esquema globalizador que hace polvo las economías de sus aliados, incluida Europa, pues sus intereses son el cordón umbilical del capital especulativo mundial. Su sistema socioeconómico o está dejando de funcionar o convulsiona.

     El propio expresidente Barack Obama, que poco o nada hizo por los suyos desde la Casa Blanca, admitió hace solo unos días, que “hemos visto en las últimas semanas, los últimos meses, la clase de cambios y eventos épicos en nuestro país más profundos que cualquiera que haya visto en mi vida”.

    Hace solo unos días Cornel Roland West, filósofo estadounidense, activista de los derechos humanos y miembro prominente de Black Lives Matter, escribía lo siguiente referente a Estados Unidos:

    “Su economía capitalista no genera ni le provee a las personas una forma de vida decente. El estado, su sistema de justicia penal y su sistema legal no pueden proteger los derechos y las libertades. Y ahora nuestra cultura, por supuesto, tan dominada por el mercado, todos en venta, todo en venta, no puede proporcionar el alimento necesario para el alma, ni tener un significado, un propósito”.

    “Ahora tenemos a la generación más joven, de todos los colores, diferentes géneros y orientaciones sexuales diciendo: ‘No vamos a aguantar esto por más tiempo’. ¿Pero sabes qué es lo más triste de eso, hermano, en un nivel más profundo? Parece que el sistema no puede reformarse a sí mismo”.

    “Y lo que sucede es que tenemos un gángster neofascista en la Casa Blanca, a quien realmente no le importa casi nada, tenemos al ala neoliberal del Partido Demócrata que ahora está al mando, después de la derrota del hermano Bernie [Sanders], y ninguno de los dos sabe qué hacer realmente, porque solo quieren mostrar más rostros negros. Pero estos rostros negros también han perdido legitimidad, porque el movimiento Black Lives Matter surgió con un presidente negro, un fiscal general negro y ni siquiera ellos pudieron cumplir”.

    Y ese es un gran problema planteado por un hombre que siente en su piel y en su alma lo que dice. Eso nos lleva a pensar, contra todo lo que quisiéramos, que el ciclo que no se ha cerrado es el de la crisis sistémica como decíamos más arriba y que Cornel marca un aspecto principal de la contradicción entre la realidad de abajo y de arriba en Estados Unidos.

    Sobre todo, marca la que existe en la cúpula neoliberal derrotada de uno y otro partido que les hace falta un testaferro inescrupuloso como Trump que, fuera de control, como parece ser el caso actual, los puede degollar. Es el riesgo que corren y hay que ver hasta qué extremos están dispuestos a aceptarlo. Las elecciones de noviembre lo dirán.

       Decía el historiador Eric Hobsbawm en La era de los extremos: O cambiamos o morimos. Esa es la disyuntiva en la que se encuentra el establishment en Estados Unidos con Donald Trump.

    Tony Schwartz, ex biógrafo de Trump, asegura que éste siempre ha sido igual: “Cuando se siente agraviado reacciona impulsivamente y a la defensiva; construye una historia que lo autojustifique, que no se ajusta a los hechos y que siempre se dirige a culpar a otros”, y lo describe como un hombre sin ningún sentimiento de culpa.

      Que conste, no es Trump quien se ha dado cuenta de que cada día es más evidente la necesidad de un cambio de época que podría estar en proceso. Su cerebro no da para tanto. Él no es la causa de esa disfunción sistémica de Estados Unidos y Europa, sino su consecuencia, y su elección como presidente es resultado de la degradación política, ideológica, moral y ética de un imperio en decadencia.

     Sin embargo, por vez primera sí se da cuenta que la pradera en la que se mueve está en llamas dentro y fuera de Estados Unidos, y todo ese panorama es un reflejo del ajuste mundial que exige el fracaso del neoliberalismo, más allá de lo que represente, crea y piense un tipo insignificante nombrado Donald Trump.

    Precisamente por esas características es tan difícil asaltar el pensamiento racional desde la cotidianidad de la persona humana, aunque se haga incluso imbuido o al influjo de la cultura del miedo, “fuente de todo lo que es malo en el desarrollo de nuestra especie” como diría Guillermo Castro.

    Con Trump en la presidencia, el retroceso de Estados Unidos en la palestra internacional fue incluso más evidente que la provocada por los Bush, padre e hijo, cuando se arrogaron el derecho de intervenir en cualquier lugar oscuro del mundo y dejaron al aire libre su osamenta de gendarmes fracasados y ladrones de petróleo.

    Desde entonces, Estados Unidos ingresó en una fase de su historia en la que comete el enorme error de desgajarse de todo instrumento de equilibrio, pero sobre todo con Trump, al abandonar los tratados sobre Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio, Pacto Mundial de la ONU sobre Migración y Refugiados, Consejo de Derechos Humanos de la ONU, Agencia de la ONU para los Refugiados Palestinos, el de París sobre cambio climático, del mercado común de Asia Pacífico, del acuerdo nuclear con Irán y se separa de la UNESCO y de la Organización Mundial de la Salud.

   De esa manera, al abandonar por voluntad propia esos escenarios de negociación, pasa a ser percibido en el mundo como un factor de riesgo incluso por sus propios aliados principales a quienes no le da vergüenza presentar al desnudo y a cuerpo entero su prepotencia y amor al bilateralismo.
    Sin embargo, se equivocó.  La cultura del miedo no puede embargar al mundo ni sepultar al pensamiento racional, y ojalá que a esta altura se haya dado cuenta de eso o sus más inteligentes colaboradores se lo hayan advertido, aunque un megalómano de su talla como lo define Noam Chomsky, es difícil que preste oídos a consejos. 

     Pero las manifestaciones populares por el asesinato de Floyd, el repudio internacional a la forma brutal en que ha respondido al clamor de la gente, y el cisma provocado por sus autoritarias órdenes en el staff militar del establishment, deben haber lastimado mucho su orgullo de hojalata y su vanidad de folletín.

    La Casa Blanca con el asesinato de Floyd y la perversa política sanitaria responsable de las decenas de muertes por Covid-19 y de la pérdida de empleo de 42 millones de norteamericanos, está en estos momentos como un campamento revuelto, con las lonas de los tabernáculos rodando y los relinchos de los caballos mezclándose con el ulular de un viento de tempestad.

    Es una situación que causa temor por los cerebros débiles incapaces de discernir que están al mando del país más armado del mundo y del gobierno más mentiroso e irresponsable de todos cuantos han dirigido ese país.

    Al parecer, la pandemia del coronavirus y la rodilla asesina supremacista que asfixió a George Floyd, despertaron a muchos en Estados Unidos y se acaban de dar cuenta que esa gran nación lamentablemente parió con Trump un sistema de antihéroes, probablemente el más cabal que haya tenido la Unión en toda su historia, y ese es un eje central de la crisis del espíritu que está marcando este trágico momento.  Un sistema antihéroe que en apenas tres años creó su propia brújula moral, construyó valores emocionales de pacotilla opuestos a aquellos reconocidos por la sociedad, en la que sus beneficiarios han vivido como tuercas locas sin importarles ni el orden ni el caos, haciendo simplemente lo que en cada momento pensaban según sus reglas y ambiciones.

   Sin embargo, los antihéroes tienen un grave problema, y es que a lo largo de sus vidas no logran entender que carecen de esencia, que son como un saco vacío, estrujado, sin forma ni contenido, porque no son héroes, ni pensadores, no tienen existencia histórica, y en el flujo y reflujo de ese agotador trabajo de ser visibles, hacen barbaridades sin aparente cargo de conciencia. Allí radica el gran peligro de este momento. Y esto lo han sacado a la intemperie, como carne salada al sol, la pandemia de Covod-19 y el asesinato de Floyd por la rodilla supremacista del trumpismo.
lma