Por Fadlala Akabani
El fascismo es una ideología política de carácter militarista,
totalitaria y antidemocrática. Surgió en la Italia de inicios del
siglo XX, los «fasci» eran grupos políticos que se constituyeron como
organización nacional y, meses más tarde, apoyaron el ingreso de
Italia en la Primera Guerra Mundial (1915); entre éstos, el más
prominente era el Fascio di Milano, dirigido por Benito Mussolini. La
forma de gobierno predilecta del fascismo es la dictadura militar; en
Europa, esta ideología definió los destinos de millones más allá de
Alemania bajo el Tercer Reich (1933-1945), el régimen fascista por
antonomasia. También hubo dictaduras con elementos fascistas como el
franquismo en España, especialmente en sus primeros años.
Concluida la Segunda Guerra Mundial parecía no haber cabida para
regímenes de esta índole; sin embargo, para Atilio Borón, sociólogo y
catedrático argentino, luego de una copiosa producción académica,
analistas y fuerzas populares convinieron exhumar el fascismo como
concepto por volver inteligible la naturaleza de las dictaduras
militares que se erigieron en el Cono Sur de América en los años
setenta del siglo XX. De acuerdo con Borón (2024), dada la condición
histórica y estructural de América Latina como una región de
capitalismo periférico y dependiente, evolucionó aquí un fascismo del
subdesarrollo.
Además de la coordinación del Plan Cóndor de la CIA, las dictaduras
militares latinoamericanas contaron con respaldo del novel Estado de
Israel que reemplazaba a EU como proveedor de armas cuando, por
presión internacional, Washington suspendía el suministro. Desde
entonces, Israel es omnipresente en la región y fue el principal
proveedor de armas para la dictadura de Pinochet en Chile y uno de los
principales para la de Videla en Argentina, de conformidad con datos
del Stockholm International Peace Research Institute.
En los convulsos años setenta y ochenta en Centroamérica, Israel
decantó sus apoyos en regímenes militares en Guatemala, El Salvador,
Honduras y la Nicaragua de Somoza; además de armas, el sionismo
exportó asesores e inteligencia. Según el informe El militarismo
israelí en América Latina (2019), en El Salvador, durante los años de
mayor represión y asesinatos políticos, Israel proveía hasta 83% del
armamento del régimen militar en turno, pues hubo muchos y varias
revueltas populares que derivaron en la guerra civil salvadoreña. Para
Estados Unidos, El Salvador era un cafetal, así que replicó la
estrategia diseñada para las «Banana Republic», apoyo a regímenes
militares «anticomunistas» para mantener el modelo de saqueo agrícola.
Luego de un infame genocidio en Palestina, intensificado desde el 7 de
octubre de 2023, Israel busca en América Latina -además de contratos
para su industria militar y control del agua- un lavado de cara ante
el desprestigio global. Así surgió el interés de Israel en la región,
en búsqueda de reconocimiento internacional, y obteniéndolo de
naciones como Guatemala, Costa Rica y Panamá, poco después de su
creación en 1948.
Por eso vimos al criminal de guerra con orden de arresto de la Corte
Penal Internacional, Benjamin Netanyahu, felicitar a Flávio Bolsonaro
tras la primera vuelta presidencial en Brasil, ansiando profundizar
las relaciones diplomático-comerciales con regímenes neofascistas en
América Latina, como Argentina o Colombia. Neofascismo, como lo
advirtió recientemente Andrés Manuel López Obrador, articulado a
partir de una red de ultraderecha global.
En México, el neofascismo avanza a nivel estatal -Chihuaha, Querétaro
y Jalisco- con la gestión del agua en asociación con entidades como
Mashav, Mekorot, Technion y el propio gobierno de Israel, que impulsa
inversión sionista para la gestión del vital líquido. © 2026 Imagen –
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