Brasil vuelve a discutir la reducción de la jornada laboral. La reivindicación no es nueva: estuvo presente en la Constituyente de 1988 y fue derrotada. Desde entonces, la tecnología avanzó, la productividad aumentó, pero la jornada legal permanece prácticamente detenida en el tiempo.
Paulo Cannabrava Filho
El 24 de febrero de 1988, la Asamblea Nacional Constituyente enfrentó una discusión que, casi cuatro décadas después, continúa vigente. Ese día fue rechazada, por 308 votos contra 193, con ocho abstenciones, la propuesta de reducir de 48 a 40 horas la jornada semanal de trabajo.
La reivindicación provenía del movimiento sindical. Pero un acuerdo entre el PMDB y el llamado Centrão impidió que fueran aprobadas las 40 horas. Se llegó a una solución intermedia: 44 horas semanales, posteriormente incorporadas a la Constitución de 1988. Fue la última reducción del límite general de la jornada semanal aprobada por el Congreso brasileño.
El debate de aquella época resulta extraordinariamente familiar. Quienes defendían la reducción argumentaban que trabajar menos podía generar nuevos empleos, mejorar las condiciones de vida y proporcionar más descanso a los trabajadores. Los adversarios respondían con el argumento de los costos para las empresas. Hubo incluso quienes propusieron aumentar la jornada a 50 o 52 horas semanales.
Han pasado casi cuarenta años. El mundo del trabajo cambió radicalmente. Computadoras, internet, automatización, robotización y ahora la inteligencia artificial transformaron la producción. En innumerables actividades se produce mucho más, en mucho menos tiempo y con menos trabajo humano. Si la productividad aumentó tanto, ¿por qué el trabajador no puede participar también de ese progreso mediante la reducción de su jornada?
Esa es la cuestión esencial. No se trata solamente de contar horas. Se trata de discutir productividad, distribución de los beneficios económicos y calidad de vida.
Nuestra propia experiencia demuestra que una semana laboral menor es perfectamente posible. Desde su fundación, Diálogos do Sul Global adoptó la semana de 40 horas, distribuida en cinco días de trabajo, con dos días de descanso. Lo que importa no es mantener a una persona atada al trabajo durante seis días de la semana, sino la calidad y la productividad del trabajo realizado.
Y no somos una excepción aislada. Muchas empresas ya funcionan con cinco días de trabajo por semana. La economía moderna exige abandonar la vieja idea de que la productividad se mide simplemente por la cantidad de horas que una persona permanece a disposición del empleador.
El descanso también forma parte de la vida. El trabajador necesita tiempo para su familia, para estudiar, leer, divertirse, cuidar su salud, participar de la vida social y política o simplemente no hacer nada. El desarrollo no puede medirse solamente por la cantidad de mercancías producidas o por las ganancias de las empresas. Debe medirse también por la calidad de vida que una sociedad es capaz de proporcionar a quienes producen su riqueza.
Por eso, la discusión sobre el fin de la escala 6×1 y la jornada de 40 horas recupera una deuda que viene desde la Constituyente. En 1988, los trabajadores conquistaron la reducción de 48 a 44 horas, pero perdieron la batalla por las 40.
Han pasado casi cuatro décadas. La tecnología avanzó como jamás se habría imaginado en aquella Asamblea presidida por Ulysses Guimarães. La productividad avanzó. La riqueza producida aumentó.
Ya es hora de que avance también el tiempo de vida del trabajador.
Paulo Cannabrava Filho periodista editor de la revista virtual Diálogos do Sul Global





