Por Gustavo Espinoza M,
Es conocido el hecho que la revista Amauta, fundada por José Carlos Mariátegui en septiembre de 1926, tuvo dos etapas definidas en el plano de las concepciones ideológicas.
La primera de ellas comprendió dos momentos. Se inició en septiembre del año de su fundación, y se extendió hasta junio de 1927, al llegar al número 9 de su edición, cuando se vio interrumpida la publicación por efecto de una arbitraria clausura impuesta por el gobierno de Leguía. Silenciada bajo el pretexto de un supuesto “complot comunista”, vio la luz -en un segundo momento- en su edición número 10 correspondiente a diciembre del mismo año, y se prolongó hasta el número 17, correspondiente a septiembre de 1928.
Bien puede considerarse que en estos dos momentos, se registra una publicación cuya esencia política estuvo signada por la idea del Frente Único, como objetivo de clase. En sus páginas se reflejaron dos corrientes de corte antiimperialista y liberador, al tiempo que se fueron definiendo conceptos y madurando posiciones.
El segundo periodo, a partir del número 17 -septiembre de 1928- corresponde más bien a una orientación socialista. Y estuvo asociada a la ruptura entre Haya y Mariátegui, que se registrara n junio de 1928 y se extendiera en meses sucesivos.
La presentación de Amauta
Mariátegui define Amauta como la expresión de un movimiento de renovación. Y le adjudica una connotación pluralista en la que admite discrepancias formales, algunas diferencias, pero que se muestra básicamente unida por una voluntad común: crear un Perú Nuevo dentro del Mundo Nuevo.
No precisa cuál es el mundo nuevo al que se refiere. Pero alude a él a partir de su propia experiencia: “Yo vine de Europa con el propósito de fundar una revista” dice, revindicando de ese modo su periplo en el viejo continente.
En él, Mariátegui pudo vivir de manera directa tres procesos que se desarrollaron en paralelo ante sus ojos inquietos: El ascenso de la clase obrera asimilando el mensaje encarnado en la Revolución Rusa de 1917 y que diera lugar a “la Ola Revolucionaria de los años 20”; el proceso de formación de los Partidos Comunistas y Obreros signado sobre todo por el nacimiento del Partido Comunista Francés luego del Congreso de Tours celebrado en 1920 y del Partido Comunista Italiano, después del Congreso de Livorno, en enero de 1921 y ante el cual fuera acreditado en su condición de periodista; y en contra partida, el surgimiento del fascismo cuya primera expresión de Poder fuera la Marcha sobre Roma, en octubre de 1922 que derivara en el ascenso de Benito Mussolini a la conducción del Estado Italiano en colusión con la débil Monarquía de Víctor Manuel.
Fueron estos tres procesos los que le permitieron dar forma a la incipiente concepción socialista que portaba desde el Perú a partir de la influencia del bolchevismo y la vigorosa lucha obrera por la Jornada de las 8 horas librada en enero de 1919. Como un tributo a ese legado, fue que Mariátegui resolvió crear la primera célula comunista peruana en el exterior -más precisamente en Italia-, integrándola con el diplomático Palmiro Maquiavelo, el médico Carlos Roe, el periodista César Falcó y el propio Mariátegui.
Como se recuerda, José Carlos retornó de Europa en marzo de 1923. Según sus plane, la revista debió haber visto la luz en 1924, pero los problemas de salud que lo agobiaron ese año, retrasaron la publicación, y ella solo pudo concretarse dos años más tarde.
La ventaja -según se señaló en la nota editorial- es que gracias a ese “retraso”, dejó de ser una publicación de corte personal, para convertirse en la voz de un Movimiento, o, como él mismo lo llamara, “de una generación”.
Esta “generación”, no era homogénea. En ella existían también -al lado de “algunos buenos”, otros “fluctuantes y “desganados”, que “por ahora coquetean con el vanguardismo, pero que apenas éste les demande un sacrificio, se apresurarán a dejarlo”. A la revista le dejó la tarea de deslindar posiciones y separar a unos de otros.
El segundo concepto básico que desarrolla Mariátegui en la presentación de la revista es considerar que “no existe una cultura y un arte agnósticos”. El aboga por una opción definida, clara, concreta, es decir, rotunda, A José Carlos no le gustan los “intermedios”, los “indecisos”, los vacilantes. Los juzga simplemente oportunistas. A partir de esa idea, enfrenta firmemente a quienes pregonan “la tolerancia de las ideas”. Para nosotros -dice- “hay ideas buenas e ideas malas”. Rechaza, por tanto, todo lo que es contrario a su ideología.
Esta es una definición importante. Contraviene el falso democratismo que subraya la necesidad de “aceptar todas las ideas”, como si tal opción constituyera una “expresión democrática”.
Objetivamente la concepción de Mariátegui se conjuga con la realidad y se comprueba en la vida práctica. Hoy día, por ejemplo, combatimos el Neoliberalismo y rechazamos sus concepciones. Creemos que ”sus ideas”, son malas y que generan daño inmenso a los pueblos y a la humanidad entera. El que admitamos que el Neoliberalismo porta ideas, no significa que las admitamos ni que las toleremos. Significa simplemente que las combatimos y enfrentamos. Y esa realidad se extiende a otros planos y temas. Hay ideas que se suscriben, y hay ideas que se rechazan.
Para hablar en términos concretos rechazamos, por ejemplo, las ideas sionistas de Israel y que se orientan a aniquilar al pueblo Palestino. Y repudiamos la política genocida de Donald Trump contra Cuba, país hermano al que quiere vilmente asfixiar.
Otra objeción de fondo que formula la revista Amauta tiene que ver con una “costumbre” muy extendida en ciertos planos de la política nacional, incluso en el área de la izquierda. Ella sostiene la necesidad de fundar acciones en “un programa”.
Así, hemos conocido múltiples “programas” que han dado lugar a acuerdos y alianzas que seguramente se habrían producido igual sin necesidad de tales esfuerzos.
El afán de “tener programas” bien podría considerarse una deformación intelectual de la política, más que una herramienta básica para sustentar luchas. Baste recordar que el Programa de Lenin para la Revolución Rusa de 1917, contó apenas con 4 palabras: Pan, Paz, Tierra y Libertad. No necesitaba más. Ese Programa, para usar palabras de Mariátegui, señalaba un destino, un objetivo. Y era eso lo único que resultaba indispensable. El nombre de la revista es para Mariátegui motivo de explicación. La toma como una “muestra de homenaje al incaísmo” es decir como el respeto al legado histórico de los Incas, pero sólo allí. Mariátegui se empeña en crear de nuevo esa palabra. Darle un significado propio, un contenido específico.
Un tercer principio ideológico de importancia es el sentido internacionalista de la revista. Está destinada -dice Mariátegui- a plantear, esclarecer y conocer los problemas peruanos; pero considerando siempre al Perú dentro del panorama del mundo. “Todo lo humano es nuestro” dice parafraseando la cita de Marx, quien recurre a la frase del cartaginés Terencio precisamente para perfilar el sentido de sus preocupaciones esenciales: “Nada de lo humano, me es ajeno” .
Es por estas concepciones ideológicas y de principio, que Mariátegui asegura, al presentar “Amauta”, que en el Perú está naciendo “una revista histórica”. Definirla de ese modo, le asiste razón. 100 años después estamos evocando esta revista histórica.
Segundo acto
Es conocido el hecho que en junio de 1927 ocurrió la clausura de la revista “Amauta” por acción del gobierno de Leguia.
El incidente ocurrió como consecuencia de dos hechos que se sucedieron en aquellos días. En junio de ese año, en efecto, había visto la luz el número 9 de la revista y en él se insertó un vigoroso articulo suscrito por Jorge Basadre, quien entonces era apenas un joven de 23 años interesado en conocer los entretelones de la historia,
El artículo titulado “Mientras ellos se extienden”, aludía a la penetración norteamericana en Centroamérica y su creciente injerencia en el Perú. En le circunstancia, el embajador de los Estados Unidos en el Perú elevó en forma inmediata una queja al gobierno peruano por dicha publicación y exigió el cierre de la revista. Como resultaba demasiado burdo clausurar una revista a pedido del embajador de ese país, el presidente Leguia y su equipo de gobierno optó por idear y denunciar la existencia de un “complot comunista” orientado a derribar al gobierno, y culpó del mismo a Mariátegui por lo que dispuso la ocupación policial de su vivienda, la detención de José Carlos y sus colaboradores y la clausura de la publicación editada por ellos.
Eso ocurrió el viernes 8 de junio y constituyó el primer caso de una provocación policial urdida al más alto nivel, pero estuvo precedido por ataques a la sede de la Federación Obrera Local, el 5 de junio, y otras acciones menores.
En total fueron detenidas algo más de 50 personas entre las que se destacaron Basadre, Cesar Miró, el dirigente sindical Portocarrero y otros, que fueron confinados en la colonia penal de la Islas San Lorenzo. Mariátegui, ya privado de su libertad, fue conducido al hospital militar de San Bartolomé, dado su estado de salud, y desde allí, en una memorable carta dirigida al diario “La Prensa” desbarató cada una de las acusaciones formuladas en su contra, dejando en evidencia la falsedad de cargos contra una revista “que representa un movimiento ideológico no sólo peruano sino continental”.
Quizá si el elemento principal, desde el punto de vista ideológico, que Mariátegui valida en esa controversia con el gobierno de entonces, tuvo que ver con el núcleo central de la acusación vertida contra él: la tesis del “complot”. En torno al tema, la posición de Mariátegui es clarísima: “soy extraño a todo género de complots criollos de los que aquí puede producir todavía la vieja tradición de las conspiraciones. La palabra Revolución tiene otra acepción y otro sentido”
Amauta volvió a salir en diciembre del mismo año, cuando el propio gobierno no tuvo capacidad para fundamentar ni sostener la falaz acusación que había esgrimido contra Mariátegui y sus compañeros.
Al reaparecer, en su número 10. Se publicó un editorial titulado “segundo acto” en el que el autor desestima la palabra “resurrección”, y sostiene que la revista “no podía morir”. Asegura que para muchos, Amauta no había vivido nunca tanto como en estos meses de silencio forzado.
Mariátegui considera lo ocurrido como “un incidente de poca monta”, pero no deja de asegurar que “el trabajo intelectual cuando no es metafísico sino dialéctico, es decir histórico, tiene sus riesgos”
Para José Carlos, el caso fue fortuito, circunstancial, episódico. No obstante, se repitió se expresó en distintas modalidades sobre todo en los últimos años del “oncenio” leguiista, y afectó severamente a Mariátegui que, como se sabe, pensó en la posibilidad de viajar a Buenos Aires y radicarse en Argentina para continuar su obra, lo que no pudo hacer.
Aniversario y balance
El Numero 17 de la revista, correspondiente a septiembre de 1928 coincidió con el segundo aniversario de la publicación pero también con el deslinde de posiciones con el APRA luego de la ruptura con Haya de la Torre.
En paralelo, se puede afirmar que coincidió también con el fin del periodo de búsqueda de opciones en los marcos del Frente Único. Es decir, constituyó una etapa nueva, de definición ideológica, que culminó con la adhesión plena al idea socialista, Por eso, en este editorial se recogen las formulaciones ideológicas más avanzadas y mejor logradas. Trataremos de sintetizarlas.
Aludiendo a la crisis ocurrida en 1927 cuando Amauta estuvo en riesgo de perecer, Mariátegui insiste en el criterio de don Miguel de Unamuno: la historia, es duración, Y como la historia es creada y vivida por los hombres, de esa simbiosis extrae una premisa: de hombres y de ideas, es nuestra fuerza.
A partir de ella, Amauta se impuso una obligación: durar. Y así fue. No obstante que la revista bajo la dirección de Mariátegui sólo llegó a salir hasta marzo de 1930, lo real es que vive hasta hoy. Dura hasta nuestro tiempo, Ya cumplió cien años. Y todos sabemos que seguirá alumbrando los caminos del Perú en los años venideros. Y es que aquí se cumple aquello que más vale la acción constante y persistente que el grito espontáneo, por elocuente que fuere.
Esa acción constante estuvo, durante dos años, buscando un ideal dado que no era ni un juego ni una diversión. Era una toma de posición seria en busca de un destino para un país sin rumbo. En esa búsqueda, había llegado a su meta encontrando finalmente su objetivo de clase: el socialismo.
El tema del socialismo, lo aborda desde distintas aristas. Por un lado, arriba a él admitiendo que el mundo conoce de la existencia de una lucha esencial entre dos sistemas, uno de los cuales es precisamente el socialismo, opuesto al aun sistema de dominación capitalista. Por otro, recoge la esencia misma del socialismo como expresión neta de la vida de los pueblos. Por una u otra vía, llega a la misma conclusión: No podemos ser neutrales ni aspirar a un tercer camino ni a una “ruta propia”.
Por eso el editorial del número 17 perfila una muy clara adhesión al socialismo. Y recusa la idea de quienes buscan añadirle términos: “antimperialista”, “agrarista”, ”democrático”, “nacionalista”, “revolucionario”, “popular”: en el entendido real que la palabra Socialista engloba a todas.
Admite, por cierto, que la concepción socialista no es propiamente una expresión nativa, sino europea, aunque reconoce que el socialismo está en la tradición americana: “La más avanzada organización comunista que registra la historia, es la inkaika”, No obstante, para él es claro que las ideas no tienen Pasaporte, ni fronteras. Responden al ideal humano. Y eso las acredita.
Aun así, subraya el originalísmo de su concepción construyendo una frase que ha hecho historia y que ha sido usada no siempre en un buen sentido: “No queremos ciertamente que el socialismo sea en América calco y copia. Debe ser creación heroica. Tenemos que dar vida con nuestra propia realidad, en nuestro propio lenguaje, al socialismo indo-americano. He aquí una misión digna de una generación nueva”,
Es bueno considerar en qué contexto, y rebatiendo a quién, es que Mariátegui acuña esta frase. Lo hace en el marco de la ruptura con el APRA cuando el “cargo principal” que le hace Haya de la Torre a Mariátegui, es el de ser “europeísta”. Y más precisamente, de tratar de “calcar” la experiencia europea y trasladarla a América. En ese marco, Haya acusa también a Mariátegui de pretender “copiar” la experiencia rusa. En contra partida, él mismo Haya se proclama como exponente del “socialismo indoamericano”.
Es enfrentando ese ataque, que Mariátegui precisa el sentido de su lucha. Y si alguien tiene aún duda de esa realidad, es bueno recordar que expresamente en el mismo editorial, Mariátegui, al hablar del Socialismo. señala: “Con este lema afirmamos nuestra absoluta independencia frente a la idea de un Partido Nacionalista, pequeño burgués y demagógico”.
Se trata, por cierto, de una muy clara alusión al APRA que precisamente ese año se había propuesto fundar ese Partido pluri clasista para participar en elecciones con Haya de la Torre como candidato presidencial, lo que sólo podría concretar tres años más tarde, en 1931.
No fue entonces un deslinde con otros comunistas partidarios sí de “copiar” y “calcar” la experiencia rusa, que tuvo Mariátegui tal deslinde. Hoy la frase es usada por algunos que pretenden ver a un Mariátegui “heterodoxo”, “iconoclasta”, “contestatario”, “alejado de Moscú”, “excomulgado por la IC”, “atacado por los comunistas”. A los que de buena fe piensen en algo así, les recomendamos que lean a Mariátegui en su contexto y tomen en cuenta siempre cuándo y dónde escribió lo que dijo.
Por lo demás, ni en Amauta ni es ninguna parte de su obra, encontrarán en Mariátegui una sola palabra contra los comunistas, de crítica a la URSS, de rechazo a la IC, de toma de distante con respecto a Lenin o a los lideres soviéticos de la época. Para Mariátegui -y eso lo acredita diáfanamente la revista Amauta- el mundo está dividido en dos grandes opciones: el capitalismo y el socialismo.
El capitalismo tiene como expresión más gráfica, el Imperialismo con su política de guerra y su voracidad letal, que lo convierte en el enemigo principal de los pueblos. Y el socialismo que, si bien ha sufrido contrastes, vive y lucha en todos los países y en diversos continentes, y que hoy sigue siendo la esperanza de millones. (fin)





