BRASIL. UN PAÍS DE DEUDORES

El endeudamiento de 83,9 millones de brasileños revela una realidad que no puede explicarse únicamente por el comportamiento individual. Más de la mitad está en mora con el sistema financiero, mientras que los compromisos económicos dejan cada vez menos margen para vivir.

Paulo Cannabrava Filho

Brasil se ha convertido en un país de deudores. Son 83,9 millones de brasileños con deudas. De ellos, 54,15 millones tienen pagos atrasados con el sistema financiero. El dato es importante porque una cosa es estar endeudado y otra es ser moroso. El problema se agrava aún más ante el elevado nivel de ingresos comprometidos de las familias: después de pagar los servicios básicos, las cuotas, los financiamientos y las deudas, queda muy poco y, para muchos, no queda nada.

En julio, 8,92 millones de brasileños estaban en mora con instituciones financieras. Y hay una novedad en este panorama: ya no se debe únicamente a los bancos tradicionales. Ahora también se debe a las fintechs. En los últimos seis años, el número de consumidores con deudas impagas simultáneamente en bancos y fintechs se multiplicó por más de cuatro, con un crecimiento del 355,1% respecto de diciembre de 2019.

Esta transformación también está relacionada con la extraordinaria bancarización ocurrida en el país. Pix, desarrollado por el Banco Central, facilitó enormemente la incorporación de millones de personas al sistema financiero, mientras que las fintechs popularizaron el acceso al crédito. Son avances importantes, pero encierran una contradicción: el crédito no es ingreso. Un préstamo no significa dinero fácil. Es un anticipo de ingresos futuros que deberá devolverse, y con intereses.

Cuando los ingresos ya están comprometidos, un nuevo préstamo puede parecer la solución para pagar la cuenta de hoy, pero frecuentemente crea la cuenta de mañana. Se forma un círculo perverso: se solicita crédito para cubrir una deuda, se comprometen los ingresos futuros y después se busca un nuevo crédito para cubrir el compromiso anterior. No se trata simplemente de preguntar por qué el brasileño no paga. Muchos no pagan porque sus ingresos no alcanzan para cumplir con sus compromisos.

Y existe además otra sangría relativamente nueva en el presupuesto familiar: las bets. Las apuestas por internet han penetrado profundamente en la sociedad brasileña, facilitadas por los teléfonos celulares y los pagos instantáneos. Para mucha gente, lo que comienza como una distracción termina convirtiéndose en una compulsión. El dinero que debería destinarse a la alimentación, el alquiler, la electricidad o el pago de una cuota acaba transferido a las plataformas de apuestas.

En este punto, ya no estamos hablando solamente de economía. Cuando las apuestas se convierten en una compulsión, destruyen el presupuesto, provocan conflictos familiares y llevan a las personas a endeudarse para seguir jugando, se convierten también en un problema de salud pública. La intervención del Estado, por lo tanto, no solo es justificable: es necesaria.

Es en este contexto que debe comprenderse la medida provisional promulgada por el presidente Lula, que prohíbe las bets y establece también un plan para los deudores. Son dos caras de un mismo problema: por un lado, impedir que las apuestas continúen drenando los ingresos de las familias; por otro, crear las condiciones para que millones de brasileños, ya sepultados bajo sus deudas, puedan renegociar sus compromisos y recuperar su capacidad económica.

Un país en el que decenas de millones de personas trabajan únicamente para pagar cuentas, intereses y cuotas no puede construir un mercado interno vigoroso ni ofrecer calidad de vida a su población. Resolver el endeudamiento no significa premiar a quienes incumplen sus obligaciones. Significa reconocer que, cuando los ingresos de millones de personas ya no alcanzan para cumplir con los compromisos asumidos, el problema ha dejado de ser individual y se ha convertido en una cuestión económica, social y política.

Paulo Cannabrava Filho periodista editor de la revista virtual Diálogos do Sul Global