Por PAULO CANNABRAVA FILHO
La renuncia de Jânio Quadros abrió el camino a un intento de ruptura institucional. La Campaña de la Legalidad, liderada por Leonel Brizola, movilizó al país y garantizó la asunción de João Goulart.
El 25 de agosto es una de esas fechas de la historia brasileña que deben ser recordadas. En 1961, el presidente Jânio Quadros renunció al cargo casi siete meses después de asumir, sumiendo al país en una grave crisis política. Su renuncia, según todos los indicios, formaba parte de una maniobra: esperaba regresar al poder en brazos del pueblo, fortalecido y con poderes ampliados. El cálculo fracasó, pero abrió el camino a un intento de golpe.
El vicepresidente João Goulart se encontraba en China, en misión oficial. Según la Constitución, le correspondía asumir la Presidencia. En aquella época, presidente y vicepresidente eran elegidos por separado. Jânio había sido elegido por una coalición opositora al laborismo, mientras que Jango, del PTB, había recibido directamente el voto popular para la Vicepresidencia. Los ministros militares, sin embargo, decidieron impedir su asunción.
Fue entonces cuando entró en escena Leonel Brizola, gobernador de Rio Grande do Sul y uno de los principales líderes del laborismo brasileño. Brizola se negó a aceptar la ruptura constitucional. Atrincherado en el Palacio Piratini, en Porto Alegre, organizó la resistencia y puso una emisora de radio al servicio de la defensa de la Constitución. Nacía la Cadena de la Legalidad.
La palabra de Brizola atravesó las fronteras de Rio Grande do Sul. Emisoras de otros estados comenzaron a retransmitir sus pronunciamientos. La defensa de la asunción de João Goulart se transformó en una movilización nacional. Miles de personas rodearon el Palacio Piratini, dispuestas a resistir, mientras las manifestaciones en defensa de la legalidad se extendían por todo el país.
La resistencia popular y política impidió que el golpe se consumara en aquel momento. Para superar la crisis, el Congreso aprobó una enmienda que instauró el parlamentarismo, reduciendo los poderes del presidente. João Goulart pudo finalmente asumir la Presidencia, aunque sometido a las limitaciones del nuevo régimen.
Jango, sin embargo, buscó recuperar los poderes que la Constitución atribuía originalmente a la Presidencia. En enero de 1963, un plebiscito sometió la cuestión al pueblo brasileño. La respuesta fue abrumadora: la gran mayoría de los electores rechazó el parlamentarismo y decidió el retorno al presidencialismo.
João Goulart pudo entonces gobernar con plenos poderes constitucionales. Tanto durante la experiencia parlamentarista como después de la restauración del presidencialismo, su gobierno procuró dar continuidad a una concepción de desarrollo nacional proveniente del laborismo de Getúlio Vargas: fortalecimiento del Estado, industrialización, defensa de las riquezas nacionales, ampliación de los derechos sociales y reformas estructurales.
La crisis de agosto de 1961 dejó una lección que sigue vigente. El golpe fue frenado porque hubo resistencia política, movilización popular y dirigentes dispuestos a defender la Constitución. Leonel Brizola comprendió en aquel momento que legalidad y soberanía popular eran inseparables.
Tres años después, en 1964, las fuerzas golpistas volverían a la carga y conseguirían derrocar a João Goulart, interrumpiendo por la fuerza aquel proyecto nacional e inaugurando una dictadura que duraría 21 años.
Por eso, recordar el 25 de agosto no significa solamente volver la mirada hacia el pasado. Significa recordar que la democracia no se sostiene por sí sola. Debe ser defendida por el pueblo, por las instituciones y, sobre todo, por un proyecto de país comprometido con la soberanía, el desarrollo y la justicia social.
Paulo Cannabrava Filho periodista editor de la revista virtual Diálogos do Sul Global





