De la ruptura de la tregua con Irán a los aranceles contra Brasil, la diplomacia de Donald Trump amplía la inestabilidad mundial y termina perjudicando a la propia economía estadounidense.
Paulo Cannabrava Filho
El comportamiento de Donald Trump se ha convertido en uno de los principales factores de inestabilidad de la política internacional. Sus decisiones están marcadas por la imprevisibilidad, la ruptura de compromisos asumidos y los bruscos cambios de rumbo. Nunca se sabe con certeza cuál será su próximo paso ni cuáles son, en realidad, sus objetivos estratégicos. Esa política errática, lejos de fortalecer a Estados Unidos, incrementa las tensiones internacionales y debilita la credibilidad del propio gobierno estadounidense.
El episodio más reciente involucra a Irán. Trump acusa a Teherán de haber roto la precaria tregua cuando, en realidad, fue su propia decisión la que condujo al agravamiento de la crisis. Al mismo tiempo, amenaza con controlar la navegación en el Estrecho de Ormuz y cobrar peajes al tráfico marítimo, a pesar de no tener ningún derecho sobre esa región. El estrecho atraviesa aguas territoriales iraníes y corresponde a Irán ejercer los derechos que le reconoce el derecho internacional. Paradójicamente, quien hoy dificulta la circulación de embarcaciones iraníes es el propio gobierno estadounidense, aumentando el riesgo de una escalada militar de consecuencias imprevisibles.
La misma lógica se repite en la guerra comercial. La imposición de aranceles del 25 % a los productos brasileños fue presentada como una medida para proteger la economía de Estados Unidos. Sin embargo, numerosos sectores productivos estadounidenses dependen de materias primas y productos brasileños para mantener en funcionamiento sus cadenas industriales. Al elevar el costo de esas importaciones, los aranceles terminan encareciendo la producción, presionando la inflación y perjudicando a empresas y consumidores del propio país.
No por casualidad, la propia administración Trump se vio obligada a establecer excepciones para diversos productos considerados estratégicos, entre ellos el jugo de naranja y otras mercancías indispensables para el abastecimiento de la economía estadounidense. Estas excepciones demuestran que la retórica proteccionista choca con la realidad de la interdependencia económica mundial. En un sistema productivo globalizado, las barreras comerciales tienden a producir efectos contrarios a los anunciados por sus defensores.
El mundo atraviesa una profunda transición geopolítica. El intento de imponer la voluntad de Washington mediante la fuerza militar, las sanciones económicas y la guerra arancelaria no hace más que acelerar la consolidación de un orden multipolar. En ese nuevo escenario, países como China, Rusia, India, Brasil y los demás integrantes de los BRICS amplían cada vez más su relevancia económica y política. Cuanto más errática se muestra la política exterior de Trump, más rápidamente se debilita la pretensión de hegemonía de Estados Unidos.
Brasil debe responder a esas presiones con serenidad y firmeza, defendiendo su soberanía, diversificando sus mercados, profundizando la integración con los BRICS y retomando un proyecto nacional de desarrollo. La respuesta a las amenazas externas no está en la subordinación, sino en el fortalecimiento de la economía nacional y en la construcción de un mundo basado en el respeto al derecho internacional y en la cooperación entre las naciones.
Paulo Cannabrava Filho periodista editor de la revista virtual Diálogos do Sul Global





