Un retrato
alarmante del abuso sexual en Brasil
Investigación del IBGE revela la magnitud de la violencia física, sexual y psicológica entre adolescentes y expone el abandono de una generación
Paulo Cannabrava Filho
Los números son brutales y no permiten disimulos: más de una cuarta parte de los adolescentes brasileños, el 26%, afirma haber sufrido algún tipo de abuso sexual. Más grave aún, el 8,8% declara haber sido obligado a mantener relaciones sexuales contra su voluntad. Se trata de un retrato estremecedor de una juventud expuesta a una violencia extrema.
Los datos provienen de una investigación realizada por el IBGE en 2024, con estudiantes de 13 a 17 años de las redes pública y privada, en colaboración con el Ministerio de Salud y con apoyo del Ministerio de Educación. No se trata, por lo tanto, de percepciones aisladas, sino de un diagnóstico oficial sobre el estado de vulnerabilidad de nuestra juventud.
Según el relevamiento, el 18,5% de los estudiantes reportó haber pasado por situaciones en las que alguien tocó, manipuló o expuso partes de su cuerpo contra su voluntad. Cuando se observa la dimensión de género, la desigualdad es evidente: el 26% de las niñas fue víctima de este tipo de violencia, frente al 10% de los niños.
El dato más grave, sin embargo, está en la violencia sexual propiamente dicha. Entre los adolescentes, el 8,8% afirmó haber sido forzado a mantener relaciones sexuales. Entre las niñas, ese porcentaje asciende al 11,7%. En términos absolutos, esto representa cerca de 1,1 millón de adolescentes que eran menores de 13 años cuando sufrieron este tipo de violencia — una cifra que revela no solo la brutalidad de los delitos, sino la profundidad del trauma social instalado.
La distribución regional también llama la atención. Los mayores índices se registraron en Amazonas (14%), Amapá (13,5%) y Tocantins (13%), lo que evidencia que el problema adquiere contornos aún más graves en determinadas regiones del país. Y es necesario considerar que muchos casos ni siquiera llegan al conocimiento de las autoridades, sea por miedo, vergüenza o por el silencio impuesto a las víctimas.
La misma investigación revela además que el 27% de los estudiantes ya ha sufrido bullying — una forma de violencia física o psicológica intencional y repetitiva que agrava el ambiente de inseguridad y sufrimiento en las escuelas. Aunque existe legislación que criminaliza esta práctica, con penas de dos a cuatro años de prisión y multa, la realidad muestra que la ley, por sí sola, no ha sido suficiente para contener esta situación.
Frente a estos datos, queda claro que estamos ante una juventud desamparada. No se trata de casos aislados, sino de un fenómeno estructural que revela fallas profundas en las políticas públicas de protección, en la actuación de las instituciones y en la propia organización social.
Un país que abandona a sus jóvenes a la violencia — física, sexual y psicológica — compromete su propio futuro. Es necesario romper el silencio que protege a los agresores y expone a las víctimas.
La educación sexual comienza en el hogar, en el diálogo abierto y en la confianza, pero debe ser, con urgencia, una política pública obligatoria en las escuelas. Solo así será posible formar conciencia, prevenir abusos y garantizar que niños y adolescentes reconozcan sus derechos y sepan protegerse. De lo contrario, seguiremos produciendo estadísticas — y perpetuando una tragedia que ya debería haber sido enfrentada con la seriedad que exige.
Paulo Cannabrava Filho, periodista editor de la revista virtual Diálogos do Sul Global




