Por Luis Manuel Arce Isaac
Mi estimado amigo Miguelito.
Me he leído con mucha atención y respeto tu artículo Cuba: el futuro incierto de una isla, que me ha enviado el amigo Walter. Perdona que sea tan directo.
Me pareció que hiciste más catarsis que análisis, aunque reconozco el valor personal y ético de mencionar llagas que han creado el roce generacional por fricción, debido a causas imaginadas o reales. No lo digo tanto por las úlceras dolorosas que mencionas en sí mismas en tu escrito, sino por protagonismos evaluados desde una perspectiva circunstancial, no estructural como debería ser para despejar dudas o confirmarlas.
Por si no se entiende la idea: es una evaluación de personas dentro de un espacio y tiempo específico (lo circunstancial) y no como presunto resultado de un cambio estratégico. Es muy importante tener en cuenta esos dos ámbitos.
Esa dimensión témporo-espacial es nuestro momento histórico, caracterizado por la miseria en la cual ha sido hundida la sociedad cubana por la guerra económica de destrucción genocida, y no por el modelo en sí, ni por una evolución del sistema hacia la transformación a la cual está empujando lo circunstancial.
Esa relación de lo temporal con el cambio hace casi imposible soslayar la comparación entre grupos sociales actuales porque es una situación real que se ha complicado en los últimos seis años con los gobiernos de Joe Biden y Donald Trump, ejecutores de la intensificación del bloqueo, y no por la falacia de que somos un Estado fallido.
La configuración de nuevos esquemas sociales que se han ido identificando como el surgimiento de un tipo de clase dentro de la sociedad cubana (la gente la nombra “los nuevos ricos”), en particular por una liberación de trabas burocráticas y nuevos patrones operacionales a fin de estimular su crecimiento, golpea muy fuerte a la población porque lleva más de un tercio de siglo construyendo el ideal supremo de la igualdad.
Las Mipymes afectan ese ideal solamente en Cuba por esa formación que empezó a desgastarse y cambiar a partir de los 90, como ya dije. En cambio, en el resto del planeta, en polos tan lejanos como China y México, son resortes clave de sus economías y las estimulan frente al gran capital.
Forman parte de los esquemas de competencia comercial a las grandes y mal llamadas transnacionales, y se mueven dentro de los esquemas de la oferta y la demanda, un concepto capitalista que procura mantener un ritmo alto del movimiento de la mercancía y los servicios y una acelerada rotación de los inventarios.
Probablemente el único país que se ha mantenido fuera de ese esquema es Cuba. En ese sentido somos extraterrestres, pero tiene su explicación histórica, que no es el caso tratarlo aquí.
La verdad es que somos un Estado atacado constantemente por todos los flancos con el objetivo de hacerlo fallido y desintegrarlo. Aun así, logramos lo que ningún país jamás ha alcanzado —ni se la ha puesto como meta de su desarrollo como sí hizo Cuba—, es decir, sostener durante 30 años la igualdad social, sin discriminación de ningún tipo, hasta la llegada del período especial, primera gran crisis económica de la isla.
Como fuimos educados con tanta fuerza y rigor en esa doctrina de la igualdad —registrada en la Constitución y plasmada en la conclusión de su preámbulo con una cita de José Martí: «Yo quiero que la ley primera de nuestra República sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre»—, saltar involuntariamente a lo que es la normalidad en todas partes del mundo, es extremadamente duro y difícil de asimilar esta división de clase en ciernes. Hay temores reales, ciertos y justificados, lo cual no debería implicar rechazo a las medidas, sino más exigencia en sus controles y una batalla bien estructura contra la corrupción, un enemigo atroz, pero muy común.
El análisis objetivo obliga a tomar muy en consideración el contexto de muestro día a día y su relación con la situación global. Hay una realidad de tiempo y espacio enmarcada en una convulsa época de cambios a la cual hay que ajustarse de la forma más inteligente posible y criterios pragmáticos que pueden estar cargados de espinas. Lo ideal es avanzar tijeras en mano para irlas cortando y no nos hagan sangrar. Es un reto.
¿Son criticables quienes razonan como lo has hecho en tu artículo? No me parece. Creo, Miguelito, que sería un error juzgarlos así. Todo lo contrario, hay que escucharlos, hurgar en sus razones, y convertir sus argumentos en factores positivos para corregir el tiro. No es época de sordera. Sí es necesario definir y responder a quienes esconden en lítotes y paralipsis sus verdaderos sentimientos y posiciones políticas contra la revolución y los cambios necesarios.
Lo inadmisible es que las carencias y la angustia nos aparten de la realidad nuestra; que desconozcamos el momento que vivimos, los peligros reales que estamos enfrentado, y no hablo de los militares, de la invasión yanqui a Cuba de la que se habla, sino de los éticos, morales, espirituales y humanos concernientes a nosotros mismos, pues son pilares básicos que sostienen a la revolución a pesar de las penurias.
Fidel fue claro en esto al advertir que el imperialismo no nos podrá derrotar jamás, pero nosotros sí lo podremos hacer. Tengámoslo en cuenta en esta hora crucial.
Eso no significa, por nada del mundo, que no reconozcamos la parte alícuota de responsabilidad en el deterioro de la infraestructura, de la moral y de los principios que nos caracterizaron, como la solidaridad humana. Abandonarlos sería como derrumbar el palo mayor de la sociedad creada por Fidel, Camilo y el Che.
Creo, Miguelito, que entramos de manera muy seria e irreversible en la verdad verdadera de Cuba, que es enfrentar con entereza y sinceridad miedos y dudas, darles el pecho, y evitar llegar a situaciones como las proyectada en tu título, porque no hay razón para que nuestro futuro sea incierto. Incluyo en esos motivos a Estados Unidos y sus amenazas de invasión y ocupación.
Las 176 medidas a las que aludes, creo que no son tomadas “como por arte de magia”. No es justo decir eso cuando sabemos que se vienen pergeñando desde 1986 con Fidel lo cual confirmó en su concepto de revolución. Sólo que ahora son otros tiempos, otras condiciones, otras realidades y, por tanto, otro el enfoque.
En lo que estoy muy de acuerdo contigo es que, lo que se haga, debe ser más cristalino que el agua de manantial, y salir cada día con el machete en la mano para cortar la cabeza a la corrupción que todos sabemos tiene una capacidad de regeneración asombrosa.
No cuestiono el veto que das a los integrantes de tu lista de herederos y, por supuesto, sería feliz si no hubiese tantos cuestionamientos sobre ellos y otros más. Pero hay que hurgar en las realidades, algo imposible de hacer en un parque o un estadio de pelota o en la fila de un banco.
Esa tarea toca a los estamentos políticos y de gobierno concernidos en el liderazgo nacional, y al pueblo alertar del mal salga el sol por donde salga y exigir respuestas y no evasivas.
Cuestiono, como tú, el secretismo en cualquier nivel, la lucha casuística contra la corrupción sin asumir que es un fenómeno generalizado del que Cuba no está exenta, y que en política las heredades no deben funcionar como en la vida civil donde la riqueza o la pobreza pasa de generación en generación.
Te digo también con absoluto respeto y honestidad, que no estoy de acuerdo contigo con este párrafo, y te cito textualmente: «Hoy, el pueblo cubano se encuentra atrapado entre las crueles sanciones impuestas por Estados Unidos y la ineptitud de un gobierno que ya ha demostrado carecer tanto de soluciones como de la voluntad para aliviar la crisis que asola el país. Las opciones son escasas; la gente prefiere escapar de esta realidad y emigrar.»
Es que hay una mezcla de afirmaciones que requieren sustento —excepto las sanciones de EEUU— ya que enfatizan en la consecuencia del asunto y no en sus causas. En el fondo parece que te sumerges en el derrotismo o el conformismo a pesar del ánimo crítico y constructivo del escrito.
Como conclusión te digo lo que pienso. El apretón de Trump a Cuba ha permitido, por vez primera, tomar conciencia de que hay que separar las aguas. A un lado las atinentes al bloqueo, al otro, las que son de nuestros manantiales. Eso está permitiendo identificar el origen de la causa, la nuestra y la de ellos. Eso falta, o casi no se aprecia, en tu reflexión.
Cuba sí tiene futuro, y más de lo que nos imaginamos, no me cabe la menor duda. El escollo no es el circunstancial que hemos descrito hasta aquí, sino el permanente: Estados Unidos, que ha fundido el bloqueo a la estructura nacional en estos 67 años.
Casi nadie lo dice así, con esa palabra tremebunda. Pero hay que reconocer que las 176 medidas son buenas herramientas para separarlas del edificio socialista. A eso apuntan, aunque estén en un perfil que alguna gente la relaciona con la economía de mercado como si ya por asumirlo se crea que es el inicio de un cambio hacia el capitalismo, lo cual no es así y ello sería materia de un debate diferente a este.
No es un problema de eficiencia o insuficiencia en el liderazgo, de vicios en su entorno, aunque tenga una influencia innegable tanto en lo bien como en lo mal hecho, ni en la existencia de actitudes condenables como la corrupción o el nepotismo, más atinente al individuo —sea quien sea y al margen de su nivel político y su historia— que al sistema.
Más allá de toda interpretación doméstica, e incluso filosófica, es un asunto de historia, de dignidad, de patriotismo, de las ideas que nos vienen desde Céspedes y Martí, semillas fértiles de este fidelismo que nos mantiene en la vanguardia de la salvación nacional. Creo que todo debate debe estar dentro de esa prioridad: Salvar a Cuba.




