La ofensiva comercial de Donald Trump alcanza a decenas de países, pese al histórico superávit de Estados Unidos en sus intercambios con Brasil, y refuerza la necesidad de ampliar mercados y fortalecer los BRICS
Paulo Cannabrava Filho
Donald Trump volvió a recurrir al viejo instrumento de los aranceles para presionar a sus socios comerciales, y reafirmar la hegemonía estadounidense. El llamado «trumpazo» no afectó únicamente a Brasil. La medida alcanza a decenas de países, entre ellos miembros de la Unión Europea, Japón, Corea del Sur, Rusia, Suiza, India, Australia, Chile, Israel e Vietnan y muchas otras naciones, demostrando que no se trata de una divergencia bilateral, sino de una ofensiva comercial de alcance global.
La realidad es que Estados Unidos acumula un histórico superávit comercial en el intercambio de bienes y servicios con Brasil. Entre 2011 y 2025, el saldo positivo estadounidense superó los 224 mil millones de dólares. Tan solo en 2025, ese superávit alcanzó los 40.500 millones de dólares. Los propios datos oficiales muestran que la relación comercial ha sido ampliamente favorable a los intereses de Washington.
A pesar de ello, la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos (USTR) justificó la adopción de los nuevos aranceles -en Brasil están llamando de tariflávio en alusión a Flávio Bolsonaro-alegando la necesidad de proteger la economía estadounidense frente a prácticas consideradas desleales. Entre los argumentos presentados figuran cuestiones relacionadas con el comercio digital, los medios electrónicos de pago, la propiedad intelectual y el entorno regulatorio brasileño.
El informe de la USTR retoma investigaciones iniciadas en 2025 y hace referencias al sistema de pagos instantáneos PIX, desarrollado por el Banco Central de Brasil, además de cuestionamientos vinculados a la actuación de las grandes plataformas digitales. Las alegaciones fueron consideradas infundadas por el presidente Lula, quien defendió el PIX como una innovación tecnológica brasileña de éxito y rechazó cualquier intento de interferencia externa en las políticas adoptadas por el país.
Más que una medida económica, se trata de una decisión política. Trump utiliza los aranceles como instrumento de presión geopolítica, buscando imponer sus intereses, obtener concesiones y reforzar su influencia sobre países que procuran una mayor autonomía en sus relaciones internacionales. El alcance de la medida evidencia un intento de reorganizar las relaciones económicas internacionales de acuerdo con los intereses de Washington.
Aun sin demostrar gran aprecio por las normas multilaterales que regulan el comercio internacional, Trump encontró resistencia y sufrió reveses políticos. Crece, dentro y fuera de Estados Unidos, la percepción de que medidas unilaterales de esta naturaleza generan inseguridad, dificultan las inversiones y comprometen la estabilidad de las relaciones comerciales globales.
Ante este escenario, Brasil debe responder con firmeza, utilizando los mecanismos de reciprocidad previstos en su legislación y defendiendo sus intereses nacionales. Pero la principal respuesta debe ser estratégica: ampliar mercados, diversificar socios y reducir vulnerabilidades externas.
Es en este contexto que los BRICS adquieren una importancia aún mayor. El fortalecimiento de las relaciones económicas con los países del bloque y con el conjunto del Sur Global ofrece a Brasil nuevas oportunidades de comercio, inversión y cooperación. El trumpazo puede terminar produciendo exactamente el efecto contrario al deseado por Washington: acelerar el acercamiento entre los países emergentes y fortalecer la construcción de un orden internacional multipolar basado en el respeto a la soberanía y en la cooperación entre las naciones.
Paulo Cannabrava Filho periodista editor de la revista virtual Diálogos do Sul Global





