Paulo Cannabrava Filho
El 2 de mayo de 1945, las tropas del Ejército Rojo izaron la bandera roja, soviética, sobre el Reichstag, en Berlín, símbolo de la derrota del nazismo y del colapso final del Tercer Reich. Días después, el 8 de mayo, Alemania firmaba la rendición incondicional, poniendo fin oficialmente a la guerra en Europa.
A lo largo de las últimas décadas, se consolidó en Occidente una narrativa que atribuye a Estados Unidos el papel central en la derrota de la Alemania nazi. Sin negar la importancia del desembarco aliado en Normandía y del frente occidental, es imposible comprender el fin de la Segunda Guerra Mundial sin reconocer el papel decisivo de la Unión Soviética y el sacrificio monumental del pueblo soviético.
Fue en el frente oriental donde ocurrió la parte más brutal de la guerra. Las batallas de Stalingrado, Kursk y la larga marcha hacia Berlín destruyeron el núcleo principal de las fuerzas nazis. Se calcula que cerca de 27 millones de soviéticos murieron durante el conflicto, entre militares y civiles, en uno de los mayores sacrificios humanos de la historia contemporánea.
La entrada del Ejército Rojo en Berlín no fue apenas una victoria militar. Representó también la derrota de un proyecto de dominación racista, expansionista y genocida que amenazaba a toda la humanidad. La imagen de la bandera roja sobre Berlín se convirtió en uno de los grandes símbolos del siglo XX.
Hoy, ochenta años después, la memoria de la guerra sigue siendo objeto de disputa política e ideológica. Muchos intentan borrar o minimizar el protagonismo soviético en la derrota del nazismo, reescribiendo la historia según conveniencias geopolíticas del presente. Pero los hechos permanecen: fue la resistencia soviética la que soportó el peso principal de la máquina de guerra nazi y abrió el camino para la liberación de Europa.
Recordar el fin de la Segunda Guerra Mundial no es apenas revisitar el pasado. Es también recordar el costo humano de la barbarie, del fascismo y de las guerras de conquista. En tiempos de crecimiento de la intolerancia, del militarismo y de las tensiones internacionales, preservar esa memoria histórica se vuelve una necesidad política y moral.
Paulo Cannabrava Filho, periodista editor de la revista virtual Diálogos do Sul Global




