Por Luis Manuel Arce Isaac
Cada hora de guerra en Irán que transcurre, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se desdice de lo que dijo momentos antes, e inventa nuevas mentiras para justificar o corregir afirmaciones anteriores no concretadas, como confirman las noticias que llegan del campo de batalla.
El mandatario se aferra al discurso de una destrucción del potencial militar iraní que ha dejado sin capacidad de respuesta a Teherán, pero los corresponsales destacados en los países del golfo, incluidos Irán e Israel, reportan que la Operación Promesa Veraz 4 sigue como el primer día, con la variante de que ahora es más fuerte y destructiva, con drones de nueva generación que burlan el sistema de detección israelí, y misiles de dos toneladas que están haciendo un gran daño a las instalaciones militares sionistas y a sus soldados.
Las contradicciones de Trump son de altos kilates porque surgen desde el mismo meollo de la guerra, que es —o probablemente era—, el descabezamiento de la Revolución islámica, asesinato de todos sus líderes religioso y políticos, y el cambio de gobierno por uno dócil a Washington surgido de la oposición en esferas de la sociedad, traidores enemigos del poder teocrático.
Dice que ya no hay líderes ni comandantes y por eso tampoco quien los dirija contra la ofensiva conjunta, pero al mismo tiempo le pone precio a la cabeza del nuevo ayatolá, el hijo de Khamenei y a todo el cuerpo de dirección política y religiosa.
Hace poco aseguró que como Irán ya no tenía defensa, podría “acabar la guerra muy rápido, hoy mismo” (eso fue el viernes), “en una hora”. Después se desdijo y puso como límite el fin de semana, que ya también terminó.
Este domingo rectificó lo anterior, y a las indagaciones de los periodistas sobre sus promesas unas horas atrás de proclamar la victoria, dijo que «no hay motivo para ello. Creo que diría, simplemente, que están diezmados, pero no lo haría. Creo que les hemos causado daño”.
Pero este lunes amaneció con noticias de lluvias de cohetes sobre Tel Aviv y bases de Estados Unidos en algunos países del golfo, provenientes de Irán y Líbano, a pesar de la masacre de civiles, incluidos decenas de niños, por parte de Israel.
Trump afirma que «está hablando» con dirigentes de Irán, pero estos lo desmienten y aseguran que no habrá negociaciones porque los crímenes cometidos por Washington y Tel Aviv no lo permiten y deben pagarlos. Ante esa respuesta, Trump regresa a declaraciones anteriores de que no permitirá diálogo y la guerra terminará solamente cuando hayan exterminado al islamismo.
Dijo que su Armada escoltaría a los tanqueros para que crucen el estrecho de Ormuz, pero en verdad no lo hizo, y tampoco admitió que no tiene la suficiente fuerza para hacerlo, e Israel menos, que es donde radica la verdad. Quizás pudieran intentarlo por ellos mismos, pero tal vez estimaron que el precio a pagar sería muy alto, como les advirtieron desde Teherán.
Entonces cambió el discurso, y dijo que todos los países que usan el estrecho, como China, Japón, Corea del Sur y la India y otros, incluida Europa, deberían de sumarse a la coalición que estaba organizando para cumplir su palabra de escoltar a los tanqueros. Fue una faltade respeto suya inmiscuir en su lista a Beijing.
Pero la convocatoria a sus socios, quienes deberían estar en la vanguardia de la coalición, como Alemania, Reino Unido, Francia, Australia, Japón, Corea del Sur, rechazaron la invitación.
Francia dijo que no es el momento y debe realizarse cuando «las circunstancias lo permitan», una vez que hayan cesado los combates, y en España el ministro de Exteriores, Unión Europea y Cooperación, José Manuel Albares, descarto participar en una operación militar para asegurar el tráfico marítimo por el estrecho de Ormuz.
La idea sería que la operación Áspides, una fuerza militar de varios países de la Unión Europea que se desplazó para proteger el transporte marítimo internacional en el mar Rojo contra los ataques de los hutíes de Yemen, se desplazara al estrecho de Ormuz. Una opción que ha sido tajantemente rechazada por el canciller español.
España fue clara: «La solución al incremento de precios [de los combustibles] tiene que ser que termine esta guerra, parar esta guerra y que sea la negociación y el diálogo los que prevalezcan. Creemos que la operación Áspides y el mandato actual es el correcto y por lo tanto no es necesario introducir ninguna modificación», ha sostenido esta mañana Albares.
Si Japón y Corea del Sur hubieses aceptado el reto a pesar del alto costo de una aventura de esa naturaleza, el conflicto podría extenderse hacia esa región del Pacífico porque estarían desatendiendo la advertencia de Irán —cuyo discurso no ha cambiado ni una palabra— de que el estrecho en realidad no está cerrado, sino controlado por ello, lo cual significa (y he allí la advertencia) que todo busque armado que intente pasarlo sin consentimiento previo será considerado aliado de Estados Unidos e Israel y deberá atenerse a las consecuencias.
Otra contradicción, que apunta hacia una relativa debilidad de Trump y Netanyahu en esta guerra, es la advertencia a sus aliados de la OTAN de que si se siguen negando a una participación en el conflicto (algo que no estaba en sus cálculos porque la derrota iraní sería pan comido), “se enfrentarán a un futuro muy sombrío», y les exigió colaborar con Washington para desbloquear el estrecho de Ormuz, según sus declaraciones al Financial Times. «Si no hay respuesta, o si la respuesta es negativa, creo que será muy malo para el futuro de la OTAN», insistió. Ni un así, logró que decidieran enviar buques de guerra a la zona de conflicto.
Con este fracaso salta a la luz el inconcebible error de Trump, Netanyahu y sus generales y jefes de inteligencia, de no haber tomado en consideración en su plan de guerra el Estrecho de Ormuz, donde ya habían experimentado años atrás que si esa garganta se cerraba se caotizaba el mundo por una crisis energética devastadora, y ellos mismos quedarían entrampados en el conflicto, pues no podrían terminar la guerra, aunque lo quisieran.
Saben que, de ser necesario, los iraníes sacrificarían todo lo que fuera necesario para concentrarse en la defensa del estrecho hasta la inmolación en ese lugar porque allí está lo que más daño les hace a sus enemigos, como les está pasando con el bombardeo a la isla de Kharg que sus aliados lo critican y lo instan a no seguir atacándola porque allí está el petróleo que deben de recibir de Irán para alimentar a sus industrias, producir electricidad y combustibles para su transporte terrestre, aéreo y marítimo. Al mismo tiempo, los ecologistas los están acusando de ecocidio por la contaminación ambiental que están provocando.
Lo cierto es que el conflicto ha dado un giro que los asesores y las inteligencias de EEUU e Israel no previeron, y ya no hay contradicciones en la nueva valoración.
Admiten que el potencial mostrado por Irán eliminó de raíz el cálculo de una guerra corta, rápida, sino que ya es difícil determinar cuánto durará pues la defensa iraní no solo resistió la ofensiva conjunta , sino que lo hizo con una eficiencia que ha dejado «asustado» al liderazgo estadounidense y, lo peor, es que, a juzgar por las oleadas de misiles y drones, una buena parte de estos kamikazes, las cadenas islámicas de suministro están intactas mientras las de EEUU e Israel, están evidentemente mermadas.
La visión de ahora es muy distinta a la del inicio del ataque pues, según la propia inteligencia de los atacantes, los iraníes solo han mostrado una fracción de su capacidad y aún tienen movimientos estratégicos guardados bajo la manga.
El mismísimo Sprintpress, de Bloomberg, han hecho una radiografía del agobio físico de Trump que refleja sus temores, y lo ha dicho en estos términos: Un rostro de tensión: «Mira la cara de Trump; todo su orgullo se ha ido y su rostro se ve estresado y asustado», señalan sus analistas al ver las últimas apariciones del presidente tras la respuesta coordinada de la resistencia.
Cálculo fallido: Washington habría operado bajo la premisa de que el país se rendiría pronto. Sin embargo, la resistencia mostrada ha sido descrita como algo que «nadie pensó», rompiendo la narrativa de sumisión que se esperaba desde la Casa Blanca.
La capacidad para mantener líneas de defensa y responder con precisión está obligando a un replanteamiento total de la estrategia en el Golfo Pérsico. Lo que se pensó como una operación de presión, se ha convertido en una demostración de fuerza que hoy tiene al mundo en vilo. ¿Es esta la prueba de que el poderío militar de EE. UU. ya no es suficiente para intimidar a potencias regionales? Muy buena pregunta de Bloomberg. ¿La responderán Trump y Netanyahu?





