HECHOS E IDEAS DE LA REVOLUCIÓN RUSA
Por Gustavo Espinoza M.
En “La escena contemporánea”, cuya edición conmemoramos al recordarse este 28 de noviembre los 90 años de su publicación, José Carlos Mariátegui se ocupa de “Hechos e ideas de la Revolución Rusa”.
Este es lo que podríamos denominar el tercero de los 7 ensayos de los que se vale el autor para darnos una idea de los principales acontecimientos del mundo en las primeras décadas del siglo XX.
Precedido apenas por la Biología del fascismo y por la Crisis de la Democracia; este ensayo analiza el fenómeno más importante de la época: la Revolución Rusa, y lo hace de un modo vivo y sugerente a través de las experiencias de notables personalidades que vivieron y conocieron de ese acontecimiento que marcó el nacimiento de un mundo nuevo.
Es de advertir sin embargo que esta manera de abordar el tema tiene sus bemoles. Pone énfasis en episodios puntuales sin encarar los temas de fondo, que Mariátegui los reservas para otras circunstancias. No se refiere entonces en este trabajo a la esencia de la Revolución Rusa ni a su trascendencia, sino más bien que incide en ella a través de versiones inobjetables por su honestidad intelectual y su honradez política y a las que alude tomando como referencia episodios concretos de la vida cotidiana cuando no hechos relacionados al accionar de personalidades notables de su tiempo.
Por eso no se halla en el documento una definición de la Revolución Rusa ni un estudio en torno a su trascendencia. Tampoco se podrá percibir una alusión valorativa a su mayor conductor, Vladimir Ilich Lenin al que, sin embargo, le adjudica una función específica en la lucha por la construcción de la sociedad que se levanta a partir de los escombros del Zarismo.
Si queremos tener una visión más clara de Mariátegui respecto a la Revolución Rusa, bien podríamos remitirnos a la “Defensa del Marxismo”, ese excepcional texto que escribió el Amauta para responder a Henri De Man en su polémica contra el reformismo. Allí nos dice: “La Revolución Rusa constituye -acéptenlo o no los reformistas- constituye el acontecimiento dominante del socialismo contemporáneo. Es en ese acontecimiento, cuyo alcance histórico no se puede aún medir, donde hay que ir a buscar la nueva etapa marxista”.(1)
Cabe señalar por cierto que esa precisión la hace Mariátegui en su debate con quienes niegan la validez del Marxismo y lo creen obsoleto y superado. A ellos, entonces, les subraya que el supremo valor de la verdad es la práctica y ella está signada por el peso indiscutible de los acontecimientos.
Tampoco, como hemos dicho, Mariátegui alude de manera directa a Lenin, al que valora casi apenas “por su singular facultad para percibir y entender la dirección de la historia contemporánea y el sentido de sus acontecimientos. Pero los penetrantes estudios de Lenin no abarcaron sino las cuestiones políticas y económicas” (2)
A tenor de este texto pareciera que Mariátegui no conoce obras de Lenin tan importantes como “Materialismo y empiriocriticismo”, o los escritos de Lenin referidos a la educación, la cultura, o la juventud. Si bien los escritos de Lenin fueron eminentemente políticos, ellos abordaron todas las áreas del conocimiento y del saber humano mostrando su proyección en las diversas facetas de la vida en el escenario social.
Pero esta conclusión bien puede lucir engañosa, por cuanto en los hechos Mariátegui valoró a Lenin con singular devoción. De su pluma, sólo fluyeron reconocimientos y exaltaciones al líder bolchevique, sin que se insinuara contra él la menor reserva, o la más mínima crítica. Y hay muchos textos que así lo acreditan. Recordemos tan solo el del 5 de marzo de 1924 publicado en el número 5 de la revista “Claridad”. Allí nos dijo:
“Ninguna vida ha sido tan fecunda para el proletariado revolucionario como la vida de Lenin. El líder ruso poseía una extraordinaria inteligencia, una extensa cultura, , una voluntad poderosa y un espíritu abnegado y austero, A estas cualidades se unía una facultad asombrosa para percibir hondamente el curso de la historia y para adaptar a él la actividad revolucionaria” (3)
A nadie Mariátegui le dedicó un texto así y quizá muy pocos personajes en la historia humana hayan recibido un encomio tan sentido y al mismo tiempo tan ponderado y justo como el que el Amauta dedicara al líder Bolchevique rememorando su vida a escasos dos meses de su partida.
LA REVOLUCION RUSA. VERSION SOVIETICA
Bien puede decirse que en “La escena contemporánea”, cuando alude al tema de la Revolución rusa, Mariátegui presenta dos visiones que podrían considerarse representan la versión soviética, diríamos socialista del fenómeno y otros dos que reflejan la mirada burguesa de este fenómeno que estremeció al mundo poco antes que concluyera la Primera Guerra Mundial. Y luego nos presenta un colofón ciertamente sugerente en el que alude a la III Internacional, vale decir a la Internacional Comunista, tan temida en aquella época.
En lo que podríamos denominar la “visión soviética” del fenómeno ruso, Mariátegui se ocupa de León Trotski en el periodo comprendido entre 1917 y 1924, es decir en la etapa de siete años en los que estuvo involucrado con la causa Bolchevique sin haber sido nunca bolchevique, como él mismo lo admitiera; y de Anatoly Lunacharqui, uno de los más brillantes ideólogos de la Revolución y que fuera una personalidad singular en ese período de la historia.
A Trotski, Mariátegui lo considera ideólogo, político, economista, filósofo y hombre de cultura; pero curiosamente resalta sus opiniones en torno al arte y no tanto a la política, y expone, además su trabajo militar en lo que podría considerarse su aporte a la formación del Ejército Rojo, en esa etapa convulsa, cuando la naciente Revolución Rusa asomaba atacada por 14 Naciones e involucrada al mismo tiempo en una guerra civil, que se extendió hasta 1921.
En materia de arte, Trotski sostiene concepciones teóricas compatibles con lo que se denominara la versión del realismo socialista. Es decir, una visión de los hechos tales como son, con toda su desnudez y dramatismo, pero con una mirada social que permitía alentar un porvenir mejor para los pueblos. Obviamente, para Trotski la aparición de un “arte nuevo” no es el resultado de un decreto ni la consecuencia de la voluntad de un régimen. Es el resultado de una formación humana, de un proceso en el que se incluye la cultura, la conciencia y el hombre, y se suman factores sociales que influyen en el surgimiento de una nueva mirada del proceso social.
De este modo, Trotski no hace otra cosa sino confirmar las tesis desarrolladas por los ideólogos marxistas que aluden a la estructura de la sociedad y a la súper estructura, que señalan la necesidad de introducir cambios radicales en la estructura a través de una Revolución, y aseguran que dichos cambios generaran otros en la super estructura, pero ellos no se producirán automáticamente ni en forma inmediata, sino a través de un proceso de asimilación de las nuevas formas sociales que darán paso a nuevas ideas y un también nuevo pensamiento social.
A través de esa formulación, Mariátegui busca afirmar la idea de que Trotski es realmente un Marxista, y que sus diferencias con el bolchevismo -a las que no alude en este estudio- son más bien episódicas y periféricas, Hábilmente el Amauta procura poner fuerza en la idea de la unidad de los revolucionarios en lugar de exaltar sus diferencias, En esa línea, Mariátegui dirá: que el orden revolucionario “resolverá los problemas que a causa de su estructura y su función, el orden burgués es impotente para solucionar“ (4)
Algo similar ocurre cuando se refiere a Trotski al frente del Ejército Rojo, Mariátegui comienza preguntándose si el hombre que tan sutil y tan hondamente teorizaba, es el mismo que arengaba y revistaba al Ejército Rojo. Y el Amauta responde con fina ironía señalando que el Trotski que muestra la propaganda, realmente no existe, es una invención de la prensa “El Trotski verdadero es aquel que nos revelan sus escritos” Y es que -nos dice- “un libro da siempre de un hombre una imagen más exacta, que un uniforme” (5)
El espíritu de Trotski -según Mariátegui- es incompatible con el de un General de Ejército, Atribuye entonces a una circunstancia fortuita el que haya derivado finalmente en la tarea militar que le fuera encomendada. Recuerda entonces que antes, fue diplomático, Comisario de Negocios Extranjeros del gobierno Bolchevique, y que se mantuvo en el cargo hasta que hizo crisis por la firma de los acuerdos de paz con Alemania, que no convalidó desarrollando contra ellos sus discutidas tesis de “ni Paz ni Guerra” que hubieran llevado a la inacción y a la derrota al régimen soviético.
De todos modos, Mariátegui tiene razón cuando asegura que en el comportamiento del hombre prima siempre su personalidad y los valores que la integran. Por eso no podríamos leer textos literarios de Pinochet, de Videla, o de gentes como Somoza o Batista. Su formación castrense es incompatible con una espiritualidad ascendente y solidaria.
Y esto lo confirma el Amauta cuando alude a Anatoly Lunacharski, la típica figura del intelectual revolucionario comprometido con las luchas de su pueblo. Al frente del Ministerio de Instrucción Pública, asumió la tarea de diseñar e impulsar la nueva educación en el marco de una sociedad que salía del feudalismo zarista y enrumbaba hacia un futuro socialista. Como bien lo dice; “la obra más sólida, tal vez, de la Revolución Rusa es precisamente la obra realizada en el terreno de la Instrucción Pública” (6)
Y es importante subrayarlo por cuanto Lunachaski es quizá uno de los líderes menos conocidos y estudiados de ese proceso histórico. Bolchevique desde 1903, conservó sin embargo su propio juicio respecto a temas cardinales como las ideas religiosas o la naturaleza de los debates partidarios internos. Alguno de estos temas lo llevó a distanciarse de Lenin en 1908 cuando confluyó con Bogdanov en una posición crítica al bolchevismo. Y su alejamiento no fue propiamente puntual. Se mantuvo hasta 1914 cuando coincidió con Lenin en el rechazo a la I Guerra Mundial. Aun así, mantuvo su propia capilla, un Movimiento “Intermedio” con el que llegó a la crisis del 17 y respaldó a los bolchevique en el ascenso al Poder.
Fue tomando en cuenta sus calidades personales, que Lenin lo convirtió en Comisario de la Instrucción Pública y le dio la tarea de sacar de la ignorancia a millones de personas primero en Rusia y luego en la URSS, función que cumplió brillantemente hasta 1929 para pasar luego al servicio diplomático soviético.
Uno de los aspectos cardinales de la lucha de este hombre, fue la defensa del patrimonio de la cultura rusa amenazada por la ola de violencia desenfrenada que envolvía al país en aquellos años, A él se debe entonces la intangibilidad de la Catedral de San Basilio, la creación de los Museos en Moscú y Leningrado, la conservación del Kremlin, la conservación de las costosas joyas de la realeza zarista y la custodia del patrimonio recogido del pasado remoto. Y, por cierto, el Amauta valoró todo eso. Por todo ello, Mariátegui no escatima reconocimientos a tan destacado funcionario. “El Comisario de Instrucción Pública de los Soviets es un brillante tipo de hombre de letras. Moderno, inquieto, humano, toda loa aspectos de la vida lo apasionan y lo interesan. Nutrido de cultura occidental, conoce profundamente las diversas literaturas europeas. Pasa de un ensayo sobre Shakespeare a otro sobre Maiakovski. Su cultura literaria es al mismo tiempo muy antigua y muy moderna. Tiene Lunacharski una comprensión ágil del pasado, del presente y del futuro. Y no es un revolucionario de la última, sino de la primera hora” (7).
Estas características lo convierten en uno de los más altos animadores y conductores de la Revolución, como lo define nuestro compatriota, quien reivindica en toda su dimensión a este hombre singular que ha pasado casi desapercibido para muchos
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LA VISION BURGIUESA DE LA REVOLUCION RUSA
Es muy importante tomar en cuenta el hecho que Mariátegui le da una gran importancia a la visión burguesa de la Revolución Rusa resaltando para el caso el pensamiento de dos personalidades políticas de primer nivel del escenario Galo, Edouard Herriot y Anatoli De Monzié, .
Como se sabe Francia -al igual que la mayoría de las potencias europeas- mantuvo una posición hostil ante la Rusia Bolchevique. Y está opción se extendió durante seis años a lo largo de varios gobiernos, desde formalmente progresistas, como Clemenceau, hasta simplemente conservadores, como Poincaré, Finalmente esto comenzó a cambiar a partir de 1923 y se consolido al año siguiente, cuando los gobiernos, en el viejo continente, se dieron cuenta que no ganaban, sino perdían, con esa política segregacionista y cargada de odio y desconfianza.
La nueva administración francesa, los nuevos políticos, optaron entonces por reconocer la realidad y no hacerse la ilusión que Moscú caería en manos de sus socios tan pronto como esperaban. Resolvieron entonces mirar los hechos tal cómo se presentaban y para ello necesitaban conocerlos. Ese fue el sentido de la estancia en Moscú de estos dos importantes exponentes del pensamiento burgués entonces imperante en los predios parisinos. Como bien lo señala Mariátegui, “A Europa no la empujaba hacia Rusia sino la urgencia de readquirir mercados indispensables para el funcionamiento normal de la economía europea” (8).
En esa orientación y con ese propósito, Herriot y De Monzie visitaron Rusia en 1923, empeñados en ver “con sus propios ojos” el rumbo de la política soviética y la posibilidad de establecer algún tipo de convivencia democrática entre la nueva Rusia y Occidente. Luego, ellos publicarían sus impresiones y el Amauta las recogería presto. “Estos dos libros -dice el Amauta- son dos documentos sustantivos de la nueva política de Francia frente a los Soviets. Y son también dos testimonios burgueses de la rectitud de los hombres y las ideas de la difamada Revolución” (9)
Y es que “la nueva política” de Francia, pasó de ser una de confrontación, a otra de dialogo, consustancial a la realidad mundial. Diversos Estados, con distintos regímenes políticos, no tendrán otra posibilidad sino dialogar, en lugar que mantener una pugna inextinguible. Y de eso, se dio cuenta Francia, solo seis años después del triunfo de la Revolución de Octubre, cuando llegó a la conclusión que el escenario ruso no habría de cambiar y que Francia misma estaba en peligro sino usaba sus habilidades financieras para afrontar los requerimientos de su pueblo. Comerciar con Rusia, entonces, le resultaba indispensable.
Herriot y De Monzié incuban diferencias en sus apreciaciones referidas a los Soviets. Pero coinciden en señalar dos elementos básicos: la Revolución es un hecho y con ella la nueva Rusia, y los hombres que la gestaron son gentes con las que es enteramente posible arribar a coincidencias y acuerdos en beneficio mutuo, Por eso, dejando de lado sus propias diferencias, finalmente recomiendan lo mismo: admitir la realidad.
Inicialmente no proponen el reconocimiento formal de la URSS ni el establecimiento de relaciones diplomáticas entre los Estados. Pero esto caería luego por su propio peso. Sugieren el comercio. Luego después se darán cuenta que eso no resulta suficiente. Y es que la burguesía francesa, como la burguesía de todos los países del mundo, da pasos a tientas, con timidez de doncella, con rubor y hasta con miedo.
Es curioso, pero la actitud de los gobiernos europeos de entonces es prácticamente igual a la que hoy sostiene la Unión Europea ante Rusia, a partir del conflicto de Ucrania. Y como ayer, hoy se va dando cuenta que esa política no la conduce a ninguna parte. Busca, entonces, tímidamente apartarla, pero incluso resulta presa de sus propios miedos.
Los dos políticos franceses describen en sus libros los encuentros con políticos rusos. Hablaron con varios de ellos y los encontraron inteligentes y capaces, realistas y soñadores, preparados y entusiastas: pero, sobre todo, comprometidos con el destino de su pueblo y persuadidos de la necesidad de construir un mundo mejor, más justo y humano.
LA IRONÍA Y EL MIEDO DE CLASE
En la parte final del tercer ensayo incorporado a “La escena contemporánea” Mariátegui se ocupa de Gregori Zinoviev, uno de los más sugerentes lideres del ala bolchevique de los comunistas rusos.
Zinoviev fue un revolucionario desde la primera hora. En 1903 estuvo al lado de Lenin y se mantuvo cerca de él en casi todas las contingencias, en Rusia y en el exilio europeo. En 1905 saludaron juntos la primera revolución. En 1908 combatieron juntos contra los Otzovistas, En 1912 reconstruyeron el Partido luego de la Conferencia de Praga. En 1914 batallaron uno al lado del otro contra los “socialeros” es decir los reformistas que capitularon ante sus burguesías con motivo de los Créditos de Guerra para la Primera Conflagración Mundial. En 1917 viajaron en el “vagón blindado” que surcó tierra alemana para llegar a Rusia. Y sustentó con Lenin las Tesis de Abril. Durante ese año pasaron juntos delicados momentos, arriesgando sus vidas, pero cuando llegó la hora de las definiciones, Zinoviev, y su amigo Kamenev, optó por la deserción. Eso le valió perder automáticamente la confianza de Lenin y ser expulsado del Partido sin mayor preámbulo.
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La sanción no duró mucho. Los Bolcheviques -en el Poder- no podían darse el lujo de prescindir de cuadros de la calidad de Zinoviev. Y por eso, pese a todo, le levantaron la sanción y lo reincorporaron a las tareas del momento, previa razonable autocrítica de su parte. Así, fue presidente del Congreso de los Soviets, que se convirtió en el primer Parlamento Soviético, y después en jefe de la Internacional Comunista, la III, que tanto pánico despertó en las altas esferas de la burguesía mundial.
A ese periodo, se refiere el Amauta. No juzga, entonces, su trayectoria, ni sus antecedentes. Lo ubica como el jefe de la IC y, por lo tanto, como el vocero de los bolcheviques rusos en la lucha por alentar y promover la Revolución Mundial. Y en esa condición es que Zinoviev se convierte en algo así como el fantasma de la burguesía internacional, que tiembla ante sus proclamas. Y es que, al decir del Amauta, Zinoviev no es sino “un formidable fabricante de panfletos revolucionarios” (10) .
Con esta imagen Mariátegui juega con el pánico de los explotadores, y lo usa para burlarse de sus cuitas y de sus arrebatos. Pero, en realidad está hablando más que en serio de las consecuencias históricas de la Revolución Rusa del año 17.
Después de este fenómeno, en efecto, corrió por el mundo un llamamiento de urgencia: “Hagamos como en Rusia…” decían los trabajadores en Alemania, Italia, Finlandia, Hungría, Bulgaria y otros países. De modo general, las masas obreras alzaron su voz, convencidos que el vuelco de la historia constituía un llamamiento preciso para que asumieran la defensa de sus derechos y alcanzaran nuevas conquistas, Entonces se declararon en huelga 370 mil trabajadores del acero en los Estados Unidos, textileros en Bombay, gráficos en El Cairo, portuarios y marineros en Dinamarca, mineros en Silesia, metalúrgicos en Helsinski.
Y asomaron así fenómenos inéditos, como la República Húngara de los Consejos lliderada por Bela Kun, la Revolución de Otto Kussinen en Finlandia, la República Soviética de Eslovaquia, La Revolución Alemania de 1919; acontecimientos todos puntuales y transitorios, que no llegaron a cuajar ni a consolidarse, pero que pasaron a la memoria de los pueblos como “la ola Revolucionaria de los años 20”
Para la burguesía mundial, detrás de estos acontecimientos estaba “la mano de Moscú” y, por cierto, la Internacional Comunista;: es decir, la mano de Zinoviev, al que “lo vieron” metido en las elecciones británicas de la época apoyando a los laboristas de Mc Donad- Porque lo entiende así, en toda su dimensión, Mariátegui , después de reconocer a Zinoviev como un formidable polemista, aborda la historia y las tareas de la IC.
Se refiere así a la I Internacional y al papel de Marx y de Engels en la lucha por la organización de los trabajadores; y a la II Internacional creada después de la muerte del autor de “El Capital”, y que naufragara en la crisis de los años de guerra, entre 1914 y 1915.
En esos años, recuerda el Amauta, Turati, Vandervelde, Kausky, Berstein y otros, impusieron su pacifismo platónico y sus métodos reformista, lo que llevó al movimiento a la derrota. El surgimiento de fascismo entre 1919 y 1922 y la nueva ofensiva del capital, obligaron a Lenin a sus compañeros a pensar en la necesidad de un nuevo reagrupamiento. Surgió así la III Internacional. Y al frente de ella, Zinoiviev. ¿la tarea? Impulsar la Revolución mundial.
Mariátegui anota la diferencia entre una y otra Internacional aludiendo también al tema generacional: “Los adherentes. a la II Internacional son, en su mayoría viejos socialistas. La Tercera Internacional, en cambio, recluta al grueso de sus adeptos entre la juventud” (11) Para el Amauta, la diferencia, no es sutil. Para él, la Segunda Internacional fue una máquina de organización. La tercera, deberá ser una máquina decombate. Está llamada a impulsar la Revolución.
En la parte final de su análisis, Mariátegui alude a las diferencias surgidas ya en ese momento entre Zinoviev y Trotski. Y le da la razón al primero al mismo tiempo que le da la razón a los bolcheviques de la nueva y vieja generación. Pero, experto ya en los vaivenes de la política, repara en que Zinoviev está abriendo paso a nuevas polémicas. Con mirada zahoria, quizá percibió que iría a caer en el marco de esas nuevas polémicas no obstante ser un “polemista orgánico”. (fin)
Citas:
- “Defensa del Marxismo”, José Carlos Mariátegui. Päg. 22. Volumen 5. Biblioteca Amauta
- “La escena contemporánea” José Carlos Mariátegui. Pag, 186. Ediciones Fondo de Cultura Económica. México
- “Claridad”, B. 5 Marzo 1924
- “La escena contemporánea”. José Carlos Mariátegui. Pag, 187. Ediciones Fondo de Cultura Económica. México
- Id. Pag, 188
- id. Pag, 191
- Id. Pag, |97
- Id. Pág. 201
- Id. Pag,. 202
- id. Pag, 210
- id. Pag. 213





