BRASIL. COP 30 Y GIRO POR EL CAMBIO CLIMÁTICO

La COP30 en Belém marca un giro simbólico en la lucha climática y revela contradicciones del sistema global

En su discurso de apertura, Lula propone una “hoja de ruta” para abandonar los combustibles fósiles, en una Belém con dificultades estructurales y exclusión de los más pobres en la cumbre

Paulo Cannabrava Filho

La ciudad de Belém do Pará, en la Amazonía brasileña, se convirtió en el centro de las miradas del mundo con el inicio de la COP30, la conferencia climática de la ONU, que reunió a líderes globales, activistas y representantes de la sociedad civil. El presidente Luiz Inácio Lula da Silva, anfitrión del encuentro, pronunció un discurso enfático sobre la urgencia de la acción climática y el papel de Brasil y de la región amazónica en la transición ecológica.

Lula destacó que el mundo se encuentra ante un impasse: o cambia su matriz energética o será arrastrado por catástrofes climáticas irreversibles. Propuso una “hoja de ruta” para la transición energética que priorice el abandono progresivo de los combustibles fósiles y el fortalecimiento de fuentes limpias y renovables. Enfatizó además que la solución no puede ser dictada por los intereses de las grandes corporaciones ni guiada por ideologías negacionistas.

En su intervención, Lula recordó que la selva amazónica es un activo vital para el equilibrio climático del planeta y criticó las promesas incumplidas de los países ricos respecto al financiamiento climático. En ese contexto, anunció el lanzamiento del “Fondo Bosques Tropicales Para Siempre”, que ya cuenta con la adhesión de 53 países y ha recaudado cerca de 5.600 millones de dólares, la mitad de la meta inicial. Brasil aportó con recursos propios, junto a Indonesia, Noruega, Francia, Países Bajos y Portugal.

El presidente también comparó los gastos globales con la guerra y el costo de la acción climática. Señaló que sería más barato reunir 1,3 billones de dólares para enfrentar de forma definitiva el problema climático que gastar 2,7 billones, como se hizo el año pasado, para financiar conflictos armados, es decir, guerras.

El secretario general de la ONU, António Guterres, también intervino en la apertura, llamando la atención sobre la necesidad urgente de limitar el calentamiento global a 1,5 °C y alertando que los compromisos asumidos por los países aún son insuficientes. Afirmó que la humanidad está al borde de un colapso climático y que la responsabilidad recae principalmente sobre los mayores emisores históricos.

A pesar del tono esperanzador, Lula elogió los esfuerzos de Belém por acoger la cumbre a pesar de su estructura precaria, que enfrentó muchas dificultades para albergar un evento de tal magnitud. Cabe resaltar los precios abusivos cobrados por los hoteles —algunos con tarifas de más de mil dólares por noche—, lo que impidió la participación de delegaciones de países más pobres, especialmente africanos. La crítica revela una paradoja: una conferencia global sobre justicia climática termina por excluir justamente a los pueblos más vulnerables a los efectos del cambio climático.

Al final, Lula reafirmó el compromiso de Brasil con el multilateralismo, la cooperación Sur-Sur y la justicia ambiental. Belém, con todas sus contradicciones, representa una encrucijada: o se avanza hacia una nueva gobernanza climática, o se perpetúa la exclusión disfrazada de diplomacia.