LA CUMBRE DE ALASKA

Trump, Putin y el fin de la guerra

Paulo Cannabrava Filho*

La reunión realizada el 15 de agosto, en Alaska, quedará registrada como un hito histórico. No solo porque puso frente a frente a Donald Trump y a Vladímir Putin, líderes de dos potencias nucleares, sino porque representó la reapertura de un canal de diálogo que parecía imposible. Después de años de hostilidad y aislamiento diplomático, Rusia volvió a ser tratada como socio legítimo en una mesa de negociación.

La escena estuvo cargada de simbolismo. Anchorage, capital del estado más próximo a Rusia, separada únicamente por el estrecho de Bering, sirvió de escenario para el mensaje de que ambos países deben mirarse como vecinos, y no como enemigos permanentes. Bajo el panel Pursuing Peace, Trump y Putin proyectaron la imagen de estadistas que buscan, al menos públicamente, una salida al impasse que devastó Ucrania y sacudió el orden mundial.

La victoria de Putin

Para Putin, el encuentro fue una victoria política en varios planos. Al ser recibido de igual a igual, se rompió el cerco diplomático que Estados Unidos y la Unión Europea intentaron imponer desde 2022. Más aún: la declaración de Trump, apoyando la idea de que cualquier acuerdo de paz implicará concesiones territoriales por parte de Ucrania, legitima la posición rusa. Fue un cambio radical de tono que debilita el discurso europeo de que no se puede ceder “ni un centímetro” de territorio.

El cálculo de Trump

Trump, por su parte, reforzó su marca: la de líder pragmático, dispuesto a “terminar con las guerras”. El cálculo es electoral y económico. Al presentarse como el presidente que pondrá fin al conflicto más costoso del siglo, Trump no solo conquista a un electorado cansado de aventuras externas, sino que también reorienta los recursos hacia dentro de casa. Es además una manera de reafirmar la centralidad de Estados Unidos en la resolución de cualquier crisis internacional.

Zelensky presionado

Las palabras de Trump dejaron a Zelensky en una posición delicada. El presidente ucraniano reafirmó públicamente que no aceptará perder territorio, pero tendrá que reunirse con Trump el día 18. El simple hecho de esa reunión ya es señal de que Kiev depende cada vez más de la buena voluntad de Washington para mantener su resistencia. La Unión Europea, fragmentada e incapaz de imponer su agenda, asiste a la escena como mero espectador.

Europa contrariada

La cumbre dejó claro el aislamiento europeo. Se esperaba que Trump presionara a Putin para hacer concesiones. Ocurrió lo contrario: es Occidente el que se ve presionado a admitir que no puede sostener indefinidamente un conflicto de desgaste que ya consume recursos financieros y políticos más allá de lo razonable. Una vez más, las naciones europeas demuestran su incapacidad de actuar de manera autónoma, sometidas a las decisiones que vienen de Washington.

Un mundo que ya no es el mismo

Tal vez el punto más importante de la Cumbre de Alaska fue el reconocimiento, por parte de ambos líderes, de que el mundo ya no es el mismo. El sistema internacional cambió. La hegemonía unilateral de Estados Unidos está en crisis, y nuevas fuerzas se organizan. En este contexto, el papel de los BRICS gana centralidad. La propia cumbre realizada en Río de Janeiro semanas antes fue prueba de ello: un bloque ampliado, dispuesto a proponer alternativas concretas al orden dominado por el dólar y por la OTAN.

Trump y Putin, cada uno a su manera, reconocieron que necesitan lidiar con este nuevo tablero. El Sur Global dejó de ser un mero espectador y se convirtió en un actor con voz propia. Al mismo tiempo que Estados Unidos y Rusia negocian la paz, es el conjunto de países emergentes el que presiona por cambios más profundos: en el comercio, en la moneda, en las alianzas estratégicas.

Los BRICS en acción

La actuación reciente de los BRICS muestra que no se trata solo de retórica. La creación del Banco de Desarrollo, que ya financia obras de infraestructura en países de África y América Latina, es un paso concreto para reducir la dependencia del Banco Mundial y del FMI. La discusión sobre una moneda común o, al menos, mecanismos de compensación en monedas locales, indica la búsqueda de alternativas al dólar.

Además, la ampliación del bloque —que ya cuenta con países de Medio Oriente, África y América Latina— fortalece la idea de un eje global capaz de equilibrar la fuerza de los centros tradicionales de poder. La entrada de grandes productores de energía, como Arabia Saudita e Irán, otorga al grupo un peso estratégico inédito, capaz de influir en precios y rutas del petróleo y del gas.

El BRICS también empieza a proyectarse como espacio de mediación política. Al defender soluciones negociadas para los conflictos, en vez de intervenciones militares, el grupo se presenta como alternativa al modus operandi de la OTAN. Esto quedó evidente en el apoyo a la mediación de paz en Medio Oriente y, ahora, con la posibilidad de tener un papel activo también en el fin de la guerra en Ucrania.

El tablero global

Ese encuentro en Alaska no pone fin de inmediato a la guerra, pero señala que el final está cerca. El conflicto, que comenzó como una disputa entre Rusia y Ucrania, se transformó rápidamente en un enfrentamiento entre Estados Unidos, OTAN y Rusia. Ahora, es el propio patrocinador mayor de la guerra —Estados Unidos— el que anuncia que no quiere seguir sosteniéndola. Eso lo cambia todo.

La Cumbre de Alaska es, por lo tanto, más que un evento diplomático: es un punto de inflexión en el sistema internacional. Muestra que, más allá de la retórica, el destino de pueblos enteros sigue siendo decidido por las potencias. Pero también deja claro que, en este nuevo escenario, las potencias ya no son las únicas que dictan las reglas. Los BRICS y el Sur Global se ponen en escena como protagonistas de un orden multipolar que empieza a nacer —y que podría ser la marca definitiva del siglo XXI.


*Periodista, editor de Diálogos do Sul Global, texto redactado con auxilio del chatgpt