Por Yorka Gamarra
En 1950, el senador republicado por Wisconsin Joseph R. McCarthy anuncia que cientos de comunistas se habían infiltrado en el Departamento de Estado de los Estados Unidos de Norteamérica.
En 1953, ya como director del Subcomité Permanente de Investigaciones del Senado, realizó una labor implacable de persecución a supuestos comunistas en diversos estamentos del Estado.
Tras cuatro años, de la lista de 250 supuestos infiltrados comunistas que decía haber identificado, nunca presentó ningún inventario verificable y tampoco pruebas concluyentes que llevaran a generar convicción en sus afirmaciones. Lo que sí hubo fue el escarnio público, despidos laborales y pulverización de reputaciones. Arthur Miller (también señalado de comunista) grafica muy bien ese escenario persecutorio lleno de intriga, superstición y acusaciones sin fundamento en “Las Brujas de Salem”.
En ese lapso, McCarthy fue quedándose solo a la cabeza de dicho Subcomité. Un reporte de la cámara alta de los EEUU, indica que, a partir de las renuncias de demócratas y republicanos, McCarthy continuó con sus audiencias a título personal, “interrogando e insultando sin descanso a los testigos”. (Senado de los Estados Unidos de Norteamérica, 1954)
En junio de 1954, durante una audiencia entre el Ejército al que McCarthy había acusado de descuidar la seguridad de una instalación militar ultrasecreta y que el Ejercito respondió afirmando que en realidad se trataba de una represalia del senador, porque no se le dio un trato preferencial a uno de sus asesores; se produjo un suceso que muestra las consecuencias que puede generar, el revelar el verdadero rostro de un político ante el público.
Durante la investigación, McCarthy, había “encontrado” un comunista entre los abogados del equipo legal del Ejército cuyo jefe era Joseph Welch. Tras un mes de acusaciones, insultos y despropósitos, éste inquirió a McCarthy con unas frases que quedarían para la historia: “Hasta este momento, senador, creo que nunca calculé realmente su crueldad ni su imprudencia. No sigamos asesinando a este muchacho, senador. Ya ha hecho suficiente. ¿No tiene sentido de la decencia?”. (Alonso, 2024)
Esa pregunta pulverizó a McCarthy y también el apoyo que tenía de la población. Seguidamente, fue censurado por el Senado y puesto en la congeladora por su partido. Murió tres años después, por una hepatitis aguda, debido a su consumo excesivo de alcohol.
Para la antropóloga Ruth Benedict, la vergüenza, es una emoción universal y fundamental para el funcionamiento de las sociedades, una reacción ante el juicio de los otros, actuando como un regulador del comportamiento dentro de una cultura específica. (Benedict, 2006)
(Borrego-Ruiz y Fernández , 2024) afirman que la vergüenza está profundamente entrelazada con la reputación: las personas que temen perder estatus o respeto tienden a evitar comportamientos inadecuados.
No nos referimos aquí a la vergüenza que se ha instalado en las sociedades para reprimir al ser humano en su libertad de elegir su religión, su ideología o vivir de acuerdo a su orientación sexual. A lo que nos referimos es a la vergüenza como consecuencia que recaería en quienes se encuentran en una posición de dominio como funcionarios públicos elegidos o designados.
De McCarthy a Trump, los tiempos han cambiado, la frase que sepultó políticamente a McCarthy, no le podría hacer ni un rasguño a Trump. ¿Qué ha ocurrido?
(Beinart, 2020) dice que Trump comprendió antes que nadie que, en un entorno mediático fragmentado y polarizado, la vergüenza deja de tener consecuencias políticas reales. Trump no solo ignora la vergüenza, la convierte en espectáculo.
(Scheff y Mateo, 2016) señalan que existe una erosión del sentido del honor y que ese sentido del honor, se ha transformado en la lógica de la sobrevivencia mediática. Si antes un político era sorprendido en un acto de corrupción o, algo malo había ocurrido en el país cuando él era ministro o autoridad a cargo, asumía una honrosa renuncia, reconociendo su responsabilidad y como una manera de pedir perdón. Hoy, siguiendo la lógica de los autores, la renuncia sería una derrota, no un acto de dignidad y admitir un error sería visto como una debilidad, la estrategia consiste, en resistir el escándalo hasta que la opinión pública se distraiga.
No es difícil entender entonces, cómo es posible que a quienes hoy gobiernan el Perú, no les cause la mínima vergüenza el rechazo casi total de la población. Ejecutivo y legislativo, casi nadie se salva.
Todos comparten una relación pragmática con la desvergüenza pública. Pero, la falta de consecuencias sociales es también moneda corriente. Hay políticos que debieron sufrir una sanción en las urnas, pero han sido reelegidos. ¿Cómo se explica eso?
(Núñez, 2024), director del Grado de Humanidades de la Universitat Oberta de Cataluña (UOC) cree que «aquello que es normal, lo que forma parte del mundo diario, se acaba haciendo invisible, pasa desapercibido. La repetición de un hecho puede acabar teniendo un efecto normalizador o invisibilizador”.
En el Perú, se ha optado por la normalización de la corrupción, la década del 90 del siglo pasado, fue nefasta para el sentido común nacional. La corrupción descarada y la sinvergüencería practicada por quienes detentaban el poder, la devaluación y simplificación del currículo educativo, complementado, como no, por la desvergonzada programación en los medios de comunicación masivo que no tuvo sonrojo de sustituir cultura por programación basura, a cambio de ingentes ganancias.
Triunfó el individualismo sobre el sentido colectivo, triunfó sobre el respeto por el otro, ganó la desvergüenza.
Los “políticos” de hoy, (quienes están en el Ejecutivo y el Legislativo) son el resultado de esa anemia moral e intelectual que padece el Perú desde el fujimorato de los 90.





