PANAMA. TRATADOS TORRIJOS-CARTER. ENTRESIJOS EN LA HISTORIA

Julio Yao Villalaz, Ex Asesor de Política Exterior.

Observaciones necesarias del suscrito antes de hacer del conocimiento
público un reportaje histórico escrito por quien es un patriota
insobornable, el compañero y amigo Julio Yao Villalaz, diplomático de
carrera, escritor y laureado bardo.

En este 2026 se cumplieron 49 años de la firma del tratado
Torrijos-Carter, que estableció la transición y administración de la
vía acuática hasta el 31 de diciembre de 1999. El pacto significó un
hito crucial en la historia de Panamá, ya que marcó el camino hacia la
recuperación de la soberanía sobre el Canal de Panamá.

La declaración Tack-Kissinger redactada exclusivamente por el
compañero Yao, fue la base del tratado suscrito en 1977, no así del
peligroso tratado de Neutralidad, gestionado por conocidos lacayos
imperialistas que merecen el escarnio generalizado.

El histórico suceso está marcado por  otros hechos que desvirtúan la
trascendencia del alpinismo generacional y ofenden la memoria de
mártires y héroes de nuestra Patria intervenida (1846-2026), como la
creación de una quinta frontera en el área canalera, por parte de los
amos chocolates nativos, definidos así por el invicto general Omar
Torrijos Herrera y por la firma de ofensivos memorandos de
entendimiento entre Panamá y EE.UU. (1990-2024), que legitiman la
existencia de bases militares en nuestro territorio.

Franklin Ledezma Candanedo,
Periodista del Corinto Bolivariano: Panamá, comprometido en el
perfeccionamiento inconcluso de la independencia nacional

Texto del reportaje escrito por quien es nacionalista a tiempo
completo: Julio Yao Villalaz.

Cabe señalar que este documento histórico fue publicado por el Diario
La Prensa y los suscriptores pueden leerlo en el siguiente enlace:
https://mail.google.com/mail/u/0/#inbox/FMfcgzQhWnqpzvjPhDgvdFvQCFPRPJPC.

En agosto de 1972 fui nombrado asesor del canciller Juan Antonio Tack
ante Estados Unidos. Venía del exilio en Holanda tras haber sido
encarcelado a raíz del golpe del 11 de octubre de 1968.

 Había estudiado las relaciones con Washington desde cuando éramos
parte de Colombia.

Mi relación con el tema empezó con un incidente doloroso en la Zona
del Canal cuando, a los ocho años de edad (1947), el perro pastor
alemán de un norteamericano que vivía en Ancón, cerca del Hotel
Tívoli, me atacó sorpresivamente en un área de Panamá un día domingo
cuando regresaba del cine, sin razón alguna y sin que me percatara,
dejándome tirado y desangrándome en el suelo.

Caminé dificultosamente por toda la avenida Central hasta mi casa en
Santa Ana, donde mi madre me hizo las primeras curaciones. Me tuvieron
que operar de urgencia a medianoche en el Hospital Santo Tomás sin
anestesia, y ocho hombres y mi madre tuvieron que sujetarme porque el
dolor sería insoportable. Me extirparon las partes afectadas y me
cosieron a rejo limpio.

 Al día siguiente era el primer día de clases, pero no podía caminar y
estuve cuatro meses sin ir a la escuela.

 El Gobierno de Panamá, en la persona del viceministro Francisco
Filos, se lavó las manos. El gobierno de la Zona prometió matar al
perro, pero eso no ocurrió.

Tales negativas me enseñaron que Panamá no mandaba en su territorio,
lo cual me hizo jurar que dedicaría mi vida a expulsar a los Estados
Unidos del suelo patrio.

Afortunadamente, mi maestra de segundo grado era una dirigente
extraordinaria: Sara Sotillo fue la fuente de mi patriotismo desde la
Escuela Manuel José Hurtado.

Fue justamente Sotillo quien me motivó a participar en la marcha
contra el Tratado Filós-Hines del 10 de diciembre de 1947, que
contribuyó a su rechazo. Participé en esa marcha como reacción a la
mordida del perro.
El 9 de enero de 1964 derribé una avioneta de la Zona que violaba
nuestro espacio aéreo, acompañado por amigos de cacería, como Zósimo
Wong Broce e Iván Broce. Le disparé con un rifle Winchester .22 Hornet
de alta potencia.

La avioneta fue obligada a aterrizar en Albrook Field, pero no hubo
víctimas. Dos días después, el diario La Estrella culpó del derribo a
“elementos irresponsables” sin denunciar la violación de nuestra
soberanía.

La masacre de 24 panameños y las heridas causadas a otros 500 por el
ejército acantonado en la Zona fueron la justificación para exigir las
negociaciones de los proyectos Robles-Johnson de 1967.

Yo era presidente de la Asociación de Estudiantes de Diplomacia, cuya
escuela era dirigida por Ernesto Castillero Pimentel, otrora un
respetado patriota. Pero los estudiantes le llevábamos la contraria.

De nuestra oposición a los acuerdos Robles-Johnson salieron cientos de
ensayos que edité en España: El Canal de Panamá, calvario de un
pueblo, Madrid, Editora Mediterráneo, 1972, 1975, 368 págs. Fue texto
obligatorio en escuelas y universidades del país.

Las cuatro primeras dedicatorias de mi libro desde Madrid fueron para
Fidel Castro, Raúl Roa, canciller de Cuba, Omar Torrijos y Juan
Antonio Tack.

Regresé a Panamá para ver a mi madre enferma, con la intención de
regresar a Holanda. El doctor Jorge Illueca, un exprofesor, me sugirió
visitar al canciller Tack, quien preguntaba por mí.

Tack, quien me había aplicado el examen de la carrera diplomática como
vicecanciller junto al canciller Nander Pitty cuando yo estaba
refugiado en la Zona del Canal en 1969, me dio el puntaje más alto
registrado en la historia de la carrera.

En agosto de 1972, el canciller Tack me nombró su asesor personal.
También me informó que el embajador en la ONU, Aquilino Boyd, había
gestionado una reunión del Consejo de Seguridad en marzo de 1973 en
Panamá. Era la segunda vez que se reunía fuera de su sede. La primera
había sido en Adís Abeba, Etiopía.

El canciller me hizo responsable de la estrategia en dicha reunión.
Sugerí que debía viajar a la Corte Internacional de Justicia de La
Haya para estudiar la jurisprudencia relativa a bases militares tanto
allí como en el Consejo de Seguridad. Tack estuvo de acuerdo y estuve
en La Haya varias semanas.

Cuando regresé en enero de 1973, encontré una atmósfera agria en la
Cancillería: Jorge Illueca se oponía acremente a un proyecto de
resolución mío que proponía la soberanía nacional y el traspaso del
Canal a Panamá. Era la primera vez que se solicitaba a nivel
internacional.

En cambio, Illueca proponía la neutralización de todos los canales
interoceánicos. Yo le insistía en que ello no era posible, además de
ser una intrusión en la soberanía de varios Estados, Egipto en primer
lugar.

Fue tan agria la discusión que Illueca perdió el control y la
compostura, se levantó airadamente y nos tiró la puerta en la cara al
canciller Tack, al ingeniero Julio Noriega (hermano de Manuel Antonio)
y a mí. A pesar de que éramos decenas de asesores, nadie más participó
en la polémica. Yo estaba junto al canciller, y este llamó al general
Torrijos, a quien puso al tanto.

El canciller me explicaba que le era difícil decidir a quién darle la
razón, ya que se trataba de un embajador en la ONU, Boyd, e Illueca,
que sumaban décadas en el organismo, contra mí, un recién egresado, si
bien with distinction, de universidades holandesas. A lo largo de la
polémica, el embajador Boyd se mantuvo distante.

Cuando el canciller Tack inauguró el Consejo de Seguridad el viernes
15 de marzo de 1973 por la noche en la Asamblea Nacional del Órgano
Legislativo, él mismo me confió que procedería a presentar primero el
proyecto de Illueca, pero que, si este era rechazado, propondría el
mío.

Yo acepté.

El proyecto de Illueca fue tan rechazado por el pleno que un clamor en
contra se propagó en el Consejo, liderado por el embajador de Egipto,
país administrador del Canal de Suez, cuya airada reacción hizo que se
suspendiera la sesión hasta el siguiente lunes 18 de marzo. El citado
embajador protestaba ofuscado por la inaceptable intromisión de Panamá
en los asuntos de Egipto, y tenía razón.

Antes de la inauguración, saludé al canciller de Cuba, Raúl Roa, quien
al verme exclamó: “Oye, chico, ¿tú no estabas en Madrid?”. Esa noche
(15 de marzo de 1973) el canciller Tack me pidió abordar el primer
avión a la isla Contadora al día siguiente para “seguir trabajando”.

Llegué muy temprano a Contadora el sábado 16 y, enseguida, escuché
llegar el helicóptero del general Torrijos, quien se me acercó y
preguntó: “¿Cómo te fue en La Haya?”. Le respondí que bien, pero
“necesito hablar con usted a solas, sin periodistas ni guardaespaldas.
Solo usted y yo, para hablar sobre el momento peligroso que estamos
enfrentando en estos momentos”.

El general me condujo a una amplia sala del hotel en la que nos
sentamos frente a frente. Le hablé sin parar por hora y media, y Omar
permaneció sumamente receptivo sin musitar palabra. Le expliqué en
detalle el tejemaneje del escenario ante nosotros: “O nos aclaramos y
le señalamos el objeto de la reunión o fracasamos estrepitosamente”.
“¿Así es la cosa?”, preguntó. Le respondí: “¡Así mismito es!”.

Su reacción me sorprendió: sus palabras firmes y terminantes fueron:
“¡Dígale al canciller Tack que Julio Yao tiene luz verde!”.

A la hora de la cena, el canciller Tack me aguardaba rodeado de
embajadores y con una silla para mí. Eufórico como nunca, me recibió
con estas palabras: “Los embajadores que me acompañan me acaban de
decir lo mismo que tú hace semanas”.

Estaban el canciller Miguel Ángel de la Flor Valle, del Perú; Ignacio
Golob, de Yugoslavia; el canciller de Cuba, Raúl Roa, y su embajador
en la ONU, Ricardo Alarcón de Quesada, entre otros. Me dijo: “Te pido
que no te sientes y le escribas un memorándum detallado para el
general que le explique tu visión sobre esta coyuntura. Yo se lo
llevaré a su habitación esta noche a las 10”.

Así lo hice: me encerré en un cuarto de aseadores y redacté a mano, ya
que no había secretaria, trece páginas de trece pulgadas de longitud
cada una y se las entregué.

De esas páginas salieron sendos discursos de nuestros dirigentes. Tack
manifestó al cierre de la reunión: “Estados Unidos vetó el proyecto de
resolución en apoyo a la causa panameña, pero el mundo entero vetó a
los Estados Unidos”.

 Raúl Roa pronunció el más enjundioso discurso y se enzarzó en agrias
discusiones con el embajador de Estados Unidos, John Scali. Resultado:
13 votos a favor, 1 en contra (el veto de Estados Unidos) y la
abstención de Gran Bretaña.

La causa panameña había ganado el primer round con la mayor
contundencia posible, lo que abrió paso a futuros triunfos de nuestra
diplomacia. Jorge Illueca, que no fue invitado a Contadora, se mantuvo
a distancia, pero después se disculpó conmigo.

A pesar del veto de Estados Unidos en el Consejo de Seguridad,
Washington buscó descongelar las relaciones. En diciembre de 1973, el
canciller Tack me informó que el secretario de Estado Henry Kissinger
proponía un anuncio conjunto.

Me encargó redactar, como único responsable, el Acuerdo de Principios
que se convertiría en la Declaración Conjunta Tack-Kissinger del 7 de
febrero de 1974, la segunda después de la Declaración Moreno-Bunker de
1964. El borrador de Kissinger no contenía los principios que Panamá
necesitaba.

En ese proceso tomamos contacto con la República Popular China a
través de su embajador Huang Hua y su adjunto Chou Nan, ambos futuros
cancilleres, con quienes conversé largamente en Contadora.

Mao Zedong ya nos había respaldado tras el 9 de enero de 1964 con
millones de manifestantes. A solicitud del canciller Tack, consulté a
Pekín sobre la neutralidad de los canales, y la respuesta de Mao fue
que China exigiría el retiro de las bases militares estadounidenses si
Panamá lo pedía.

En Nueva York, Tack propuso a Kissinger redactar primero un acuerdo de
principios y no artículo por artículo. De allí nació la Declaración de
ocho puntos, cuya redacción final me correspondió, incluyendo la
condición sobre obras nuevas. Las negociaciones luego se tensaron.

Bunker insistía en derechos de defensa a perpetuidad para Estados
Unidos después de 1999, lo que Tack siempre rechazó. En 1975,
Kissinger y Sol Linowitz afirmaron que Panamá no debía ilusionarse con
ser independiente con el Canal, lo que casi hace naufragar el proceso
y me llevó a refutarlos desde México.

Hasta febrero de 1977 se hablaba de un solo tratado, pero en mayo de
1977 Bunker sugirió dividirlo en dos: Estados Unidos defendería el
Canal de amenazas externas y Panamá de las internas, con fecha de
expiración el 31 de diciembre de 1999.

Sin embargo, el Tratado de Neutralidad firmado el 7 de septiembre no
incorporó ese principio y dejó la defensa absoluta en manos de Estados
Unidos. El Senado lo ratificó con enmiendas que desnaturalizaron los
convenios, especialmente el de Neutralidad, una zona oscura que aún
debe aclararse.

El autor es ex asesor de Política Exterior y ex agente ante la Corte
Internacional de Justicia de La Haya.