BRASIL. DEL DUELO A LA LUCHA

La primera vuelta reveló la fuerza de la derecha y una nueva correlación de fuerzas en el país. Pero la elección no ha terminado: comienza ahora la batalla decisiva por el proyecto de Brasil.

Paulo Cannabrava Filho

Confieso: la primera sensación ante el resultado de las urnas fue de duelo. Es difícil encontrar otra palabra para definir lo que sentí al ver a Flávio Bolsonaro llegar a la segunda vuelta con el 47,3% de los votos, frente al 45,16% de Lula. Son poco más de dos puntos porcentuales de diferencia, alrededor de 2,2 millones de votos. No es poco. Y, cuando se observa el resultado electoral en su conjunto, el panorama se vuelve todavía más grave.

Buscando entender lo que ocurrió, encontré una frase que circula desde hace años, de autoría incierta: “El pueblo que elige a los corruptos, los renegados, los impostores, los ladrones y los traidores no es víctima. Es cómplice”. Es una afirmación brutal, pero nos obliga a reflexionar. No para condenar a millones de electores, sino para preguntarnos por qué una parte tan grande de la sociedad brasileña hizo esa elección. La democracia exige que respetemos el resultado de las urnas, pero no que renunciemos al derecho de interrogarlo y tratar de comprender sus causas.

Y las urnas no eligieron solamente al presidente. Tal vez el resultado más preocupante esté en la composición del Parlamento, mayoritariamente de derecha, particularmente en el Senado. El PL conquistó una bancada poderosa, eligió a sus dos candidatos en Mato Grosso do Sul, Michelle Bolsonaro venció en el Distrito Federal y Tarcísio de Freitas fue reelegido gobernador de São Paulo en la primera vuelta. En São Paulo, dos mujeres altamente calificadas quedaron fuera del Senado. La nueva correlación de fuerzas abre el camino para una ofensiva todavía mayor contra el Supremo Tribunal Federal y para intentos de impeachment contra sus ministros.

No se trata, por lo tanto, simplemente de saber quién ocupará el Palacio de Planalto. Está en disputa la propia orientación política del Estado brasileño. Un presidente gobierna con el Congreso que las urnas le entregan. Y el Congreso que emerge de estas elecciones es todavía más conservador y hostil a cualquier proyecto de transformación social. Incluso una victoria de Lula en la segunda vuelta significará enfrentar, desde el primer día, una correlación de fuerzas extremadamente adversa.

Pero las elecciones se deciden con votos. Y es precisamente en los números donde encontramos una posibilidad concreta de revertir el resultado. Más de 30 millones de electores no acudieron a las urnas. La diferencia entre Flávio Bolsonaro y Lula fue de aproximadamente 2,2 millones de votos. Si apenas tres millones de quienes se abstuvieron deciden acudir y votar por Lula en la segunda vuelta, el juego puede cambiar. Es en ese enorme contingente donde la campaña necesita concentrar buena parte de sus esfuerzos.

Los demás candidatos, sumados, no llegaron al 8% de los votos válidos. Y sería ilusorio imaginar que esos votos serán transferidos automáticamente a Lula. Buena parte de ellos pertenece al campo de la derecha. La tarea, por lo tanto, es más difícil que construir acuerdos entre candidatos y partidos. Es necesario hablar directamente con la población, principalmente con esos millones de brasileños que no fueron a votar.

Lula apareció después del escrutinio confiado. Dijo que es bueno en el “mata-mata” y advirtió a los bolsonaristas que se preparen porque pretende derrotarlos. La confianza es necesaria, pero no basta. La campaña de la segunda vuelta debe ser más propositiva. Necesita mostrar concretamente al elector que no están en disputa solamente dos nombres, dos personalidades o dos biografías. Están en confrontación dos proyectos de país.

Es necesario discutir empleo, salario, salud, educación, vivienda, seguridad, desarrollo y soberanía. Explicar qué tipo de Brasil pretende construir cada candidatura. De un lado, un proyecto de país soberano, capaz de decidir su propio destino y poner sus riquezas al servicio de su pueblo. Del otro, un proyecto subordinado a los intereses del gran capital financiero y del imperialismo. Es esa diferencia la que debe llegar a las calles, a las periferias, a las fábricas, a las escuelas, a las universidades y, sobre todo, a los millones que se abstuvieron.

El resultado de la primera vuelta fue una derrota y sería un error tratar de ocultarla. Es necesario comprender por qué casi la mitad de los brasileños votó por el bolsonarismo, por qué la derecha avanzó en el Parlamento y por qué tantos millones simplemente no fueron a votar. Buscar esas respuestas es indispensable para enfrentar la segunda vuelta y también para comprender el Brasil que emergió de las urnas.

Podemos estar de duelo. Pero no podemos quedar paralizados por el duelo. La campaña de la segunda vuelta comienza ahora. Hay millones de votos por disputar y todo un país por convencer.

Como escribió Gonçalves Dias en su Canção do Tamoio:

“La vida es combate,
que a los débiles abate,
y a los fuertes, a los bravos,
solo puede exaltar.”

Es hora de transformar el duelo en lucha.

Paulo Cannabrava Filho periodista editor de la revista virtual Diálogos do Sul Global