BRASIL. LA DEUDA CRECE PORQUE EL DINERO CUESTA CARO

Los altos intereses alimentan la deuda pública y hacen de la inversión financiera un negocio más atractivo que la inversión en la producción

Paulo Cannabrava Filho

La deuda pública federal brasileña llegó a 9,29 billones de reales en agosto. La cifra impresiona, pero, considerada aisladamente, no explica el problema. La cuestión fundamental no es solamente cuánto debe el Estado, sino cuánto paga para sostener esa deuda. En un país sometido durante años a tasas de interés extraordinariamente elevadas, la deuda se transforma en una poderosa máquina de transferencia de recursos hacia los tenedores de títulos públicos.

Según el Tesoro Nacional, la deuda permaneció prácticamente estable entre julio y agosto, con una variación nominal de apenas 0,04%. Pero hay un dato revelador: los títulos remunerados por tasas flotantes llegaron al 52,74% del total, la mayor participación desde el inicio de la serie histórica, en diciembre de 2000. Es decir, más de la mitad de ese enorme volumen está directamente expuesto a las tasas de interés.

Ahí aparece el verdadero nudo de la cuestión. Los altos intereses no significan solamente crédito más caro para quien compra una vivienda, financia una empresa o necesita capital de trabajo. Significan también una elevada remuneración para quien posee suficiente dinero para invertirlo en títulos públicos. Se crea una situación perversa: es más fácil y seguro ganar dinero con dinero que invertir en la producción.

Esta lógica contamina toda la economía. ¿Por qué el capitalista asumiría el riesgo de abrir una fábrica, ampliar una empresa, contratar trabajadores y disputar mercados si puede obtener una elevada remuneración colocando sus recursos en el sistema financiero? La política de altos intereses termina estimulando el rentismo y desalentando precisamente aquello que el país más necesita: inversión productiva, desarrollo tecnológico, infraestructura y generación de empleos.

El contraste aparece en los propios indicadores. El Gobierno Central registró un déficit primario de 13.600 millones de reales en agosto, inferior a los 15.500 millones registrados en el mismo mes del año anterior. De enero a agosto, el déficit llegó a 94.900 millones de reales. Mientras tanto, el mercado laboral presenta un cuadro muy diferente del vivido por Brasil hace pocos años: la tasa de desempleo cayó al 5,3% en el trimestre terminado en julio.

Tenemos, por lo tanto, una economía capaz de producir y generar empleo, pero sometida a una estructura financiera que cobra un precio altísimo al Estado y a la sociedad. Y este no es un fenómeno natural. La tasa de interés es una decisión política. Detrás de ella existe una determinada concepción de la economía, aquella que coloca la estabilidad financiera y la remuneración del capital rentista por encima de las necesidades de desarrollo del país.

El pensamiento único transformó esta política casi en un dogma. Se habla permanentemente de recortar el gasto público, controlar los recursos destinados a salud, educación, previsión social e inversiones, pero se discute mucho menos el peso que los intereses ejercen sobre las cuentas nacionales. Así, el debate fiscal comienza por el lado equivocado: se exige austeridad a quienes necesitan del Estado mientras se preserva la elevada remuneración de quienes financian la deuda.

El resultado es una economía en la cual una parte creciente de los recursos disponibles es atraída hacia las inversiones financieras. Recursos que podrían financiar nuevas fábricas, ferrocarriles, hospitales, universidades, ciencia, tecnología e infraestructura encuentran en la renta financiera un camino más rápido, seguro y lucrativo.

No se trata de defender la irresponsabilidad fiscal ni de imaginar que la deuda pueda simplemente desaparecer. Se trata de preguntar a quién sirve la política económica y qué desarrollo pretende financiar. Una deuda pública puede ser un instrumento legítimo de financiamiento del Estado y del desarrollo. Se convierte en un problema cuando su administración pasa a subordinar toda la economía a la lógica del rentismo.

Brasil necesita invertir esta ecuación. El dinero debe volver a servir a la producción, al empleo y al desarrollo nacional, y no la producción y el trabajo servir indefinidamente a la acumulación financiera. Sin enfrentar el costo de la deuda y la hegemonía del capital financiero sobre las decisiones económicas, no habrá un proyecto nacional capaz de transformar el crecimiento en desarrollo y la riqueza en bienestar para la mayoría de la población.

Paulo Cannabrava Filho periodista editor de la revista virtual Diálogos do Sul Global