Por Luis Manuel Arce Isaac
Los empresarios carroñeros en Estados Unidos se agolpan frente a Donald Trump y Marco Rubio, quienes les lanzan, como carne podrida a los zopilotes, promesas de enriquecimiento fácil en una Cuba que ya dan por vencida.
Van detrás de lo que dejaron inversionistas extranjeros que sucumbieron a las presiones y el chantaje y abandonaron a su suerte a los cubanos que siempre les fueron fieles, en medio de una lucha entre ellos por estar entre los primeros cuando comience la repartidera prometida de las riquezas de la isla.
Claro, para ello primero tienen que lograr que los cubanos se rindan, lo cual no han podido conseguir en 67 años de intento constante y usando todo el poder de la primera potencia mundial frente a una pequeña isla que cabe 89 veces en territorio estadounidense y una población que es apenas el 3.16 por ciento de la de EEUU.
Esa isla del Caribe, sin industrias, electricidad, transporte público, medicinas y alimentos, es la causante de que la Casa Blanca declarara el estado de emergencia total por ser una «amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad nacional y la política exterior de los Estados Unidos». La Orden Ejecutiva 14380 firmada el 29 de enero pasado por el presidente Donald Trump así lo confirma.
No es la primera vez que los buitres sobrevuelan la isla en espera de la rendición del pueblo. Ya pasó en 1961 cuando crearon el Consejo Revolucionario Cubano y formaron un gobierno en el exilio presidido por el traidor José Miró Cardona, pero la derrota de la invasión mercenaria en Playa Girón los despertó y el sueño se convirtió en pesadilla.
Casi lo mismo ocurrió poco después con la llamada Operación Mangosta, un programa secreto que incluía sabotajes, acciones psicológicas y planes para desestabilizar al gobierno cubano, obligarlo a renunciar y entregarle la isla a los miserables que les vendieron su alma al diablo, pero la crisis de los cohetes de 1962 los devolvió a su infierno.
En 2003 crearon la denominada Comisión de Asistencia para una Cuba Libre dirigida por la Casa Blanca bajo el gobierno de George W. Bush, la cual se deshizo como algodón de azúcar en 2006, y aquel pre-reparto de la isla, parte de un plan de contingencia para intervenir y «dirigir una transición económica y política», fracasó estrepitosamente. El pueblo no se rindió.
El panorama no ha variado mucho, solo que la guerra económica ha ido creciendo en crueldad y no hay forma de ocultar que se trata de un genocidio en toda regla. La respuesta cubana tampoco ha cambiado: resistencia y patriotismo.
Hay una marcada obsesión de la Casa Blanca y el Departamento de Estado de hacerle el mayor daño posible a los cubanos, como si la isla en realidad fuera ese descomunal peligro “inusual y extraordinario” para un país tan poderoso.
De tal envergadura es esa obcecación, que el gobierno republicano está asumiendo los riesgos electorales que la pequeñita isla representa para los comicios de medio tiempo del 3 de noviembre, por el rechazo evidente que genera esa política genocida en los votantes estadounidenses.
Ya hay una derrota política evidente de Trump, y es que, a pesar de la terrible brutalidad del bloqueo, no han podido doblegar al pueblo cubano, el cual se mantiene firme en sus principios patrióticos y revolucionarios; les reafirma cada minuto que no los quiere y prefiere el sacrificio extremo antes de caer en sus garras.
Eso les molesta mucho y los lleva a inventar todos los días nuevas medidas de castigo, las cuales lo único que demuestran es que no quieren diálogo, no buscan negociar, no les interesa llegar a acuerdos, sino liquidar la revolución haciéndole el mayor daño posible al pueblo para desesperarlo e incitarlo a la rebelión, como han hecho en otros lugares.
Consideran un éxito que las amenazas y presiones a los inversionistas y socios extranjeros que operaban en Cuba los obligaran a romper sus contratos, y eso los lleva a creer que la paralización de los proyectos que ejecutaban es el puntillazo final al gobierno revolucionario.
Eso explica el revuelo de la carroña con la idea de apropiarse de las cadenas hoteleras abandonadas por Meliá e Iberostar y otros después de tantos años, de las minas que por mucho tiempo le sirvieron a Canadá, de los operadores de tarjetas de débito y crédito, de las navieras europeas que hicieron fortuna con la isla, de las empresas de telecomunicaciones, de alimentos y de todo lo que ahora escasea en la isla.
Es asquerosa la rapiña que agita Rubio, como resume el diario británico The Guardian, que cita a oportunistas como Ray Washburne, del Comité de Victoria de Trump; Albert Huddleston, magnate petrolero con estrechos vínculos con la Casa Blanca; los hampones de Citigroup y Office Depot; y los australianos de Antilles Gold Ltd. o la Global Emerging Markets, buscando ya presencia en sectores estratégicos una vez derrotado el gobierno.
Nombra incluso hasta ejecutivos de la Organización Trump con pretensiones de adueñarse del sector inmobiliario hotelero cubano, bajo el amparo de Dominari Holdings.
Se les unen los de Antilles o Dominari, las navieras de Florida, la Crowley al servicio de Trump, o los falsos cristianos Franklin Graham y su organización «evangélica» Samaritan’s Purse, trumpista.
Incluso los lobistas de Continental Strategy, dirigida por cubanoamericanos socios de Rubio, como Alberto Martínez, exjefe de su gabinete; Carlos Trujillo, exembajador de Trump en la Organización de Estados Americanos (OEA); John Barsa, exadministrador interino de la Agencia de EEUU para el Desarrollo Internacional (Usaid).
Marco Rubio y los intereses económicos sobre la isla
La fauna floridana de origen cubano, amiga o sometida a Rubio, hace filas también, como MasTec, la empresa de telecomunicaciones propiedad de Jorge Mas Santos; American Sugar Refineries, propiedad de José Fanjul, donante de la campaña de Trump y mecenas del secretario de Estado; y General Cigar Co., la cual pretende hacerse con los derechos de la marca cubana tabacos Cohiba.
Todos actúan como si en realidad Cuba ya fuera de ellos. Esa fauna formó el pasado julio un grupo en el que figuran el republicano Otto Reich y el esposo de la principal asesora de Rubio, Viviana Bovo, para diseñar una “Cuba libre”, quienes ya hacen planes para repartirse los sectores económicos y productivos nacionales.
A iniciativas del Departamento de Estado, The Guardian reporta la creación de una denominada Cámara Nacional de Comercio Cubano-Estadounidense, que entrará en operaciones inmediatamente que caiga el gobierno revolucionario.
Incluso, ya hay quienes están pensando que el gobierno trumpista los elija candidatos a presidente de esa Cuba imaginaria, y pagan generosamente por cabildeo con ese objetivo a The Cormac Group, decenas de miles de dólares para que les arme campañas, aunque parezca algo insólito y estúpido.
El plan de Trump, que ejecuta Rubio, parece que no toma en cuenta lo más importante de todo: la voluntad del pueblo cubano de resistir y vencer, como ha venido haciendo durante 67 años consecutivos.





