La pregunta que queda abierta es hasta dónde llegará el giro peruano. La abstención ante la participación de Abbas no equivale a romper relaciones con Palestina ni demuestra que el Gobierno vaya a hacerlo. Tampoco permite asegurar que Lima vaya a reconocer Jerusalén como capital de Israel.
Isaac Bigio. Politólogo. Economista e historiador, con grados y posgrados en la London School of Economics and Political Science (LSE). 21/09/2026.
Debido a que Washington volvió a negar a Mahmoud Abbas, presidente de la Autoridad Palestina, el visado necesario para entrar a Estados Unidos y participar personalmente en la Asamblea General de las Naciones Unidas, la ONU sometió a votación la posibilidad de que pudiera intervenir mediante vídeo.
El resultado fue contundente: 152 países votaron a favor, solamente tres en contra —Estados Unidos, Israel y Paraguay— y cuatro se abstuvieron: Colombia, Honduras, Panamá y Perú.
La abstención de Perú y Colombia resulta particularmente significativa porque ambos países acaban de cambiar de presidente. Keiko Fujimori asumió la presidencia peruana el 28 de julio, mientras que Abelardo de la Espriella tomó posesión en Colombia el 7 de agosto. Ambos nuevos gobiernos han iniciado un acercamiento con la administración de Donald Trump. La votación palestina constituye, por tanto, uno de los primeros casos en los que estos cambios políticos coinciden con una modificación visible de las posiciones mantenidas anteriormente por ambos países.
En el caso peruano, la abstención contrasta especialmente con una larga tradición diplomática favorable a la existencia de un Estado palestino.
En 1947, Perú apoyó la partición de Palestina entre un Estado árabe y otro judío. En 1979 se estableció en Lima una representación de la Organización para la Liberación de Palestina. El 24 de enero de 2011, Perú reconoció formalmente a Palestina como Estado independiente y soberano, y ese mismo año autorizó la apertura de la Embajada de Palestina en Lima.
El 29 de noviembre de 2012, Perú fue todavía más lejos: votó a favor y copatrocinó la resolución A/RES/67/19, mediante la cual Palestina adquirió en las Naciones Unidas la condición de Estado observador no miembro.
Por ello, la abstención del nuevo gobierno peruano abre interrogantes acerca de la futura orientación de su política hacia Palestina. No implica que Perú haya dejado de reconocer al Estado palestino, ni permite afirmar todavía que vaya a romper relaciones con él o reconocer Jerusalén como capital de Israel. Pero sí constituye una modificación que merece ser observada, especialmente en el contexto del acercamiento del gobierno de Fujimori a Washington.
Poco después de asumir el poder, Fujimori profundizó la cooperación con Estados Unidos. Su gobierno también rompió relaciones diplomáticas con Irán a comienzos de septiembre, poniendo fin a casi 53 años de relaciones entre dos países que ni siquiera mantenían embajadas residentes en sus respectivas capitales.
Existe además una paradoja en presentar estos desplazamientos diplomáticos como una consecuencia necesaria de una política favorable a Israel o a los judíos. Perú posee una pequeña pero histórica comunidad judía, y el drama de una familia vinculada directamente al país durante el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 demuestra que la defensa de los judíos peruanos constituye una cuestión diferente de la alineación diplomática con cualquier gobierno extranjero.
La limeña Margit Shnaider y su esposo argentino Yossi Silberman fueron víctimas del ataque del 7 de octubre. Su hija Shiri Bibas, su yerno Yarden Bibas y sus pequeños nietos Ariel y Kfir Bibas fueron secuestrados. Margit y su esposo fueron encontrados muertos. Shiri y sus dos pequeños hijos permanecieron cautivos y se convirtieron en algunos de los rehenes más conocidos internacionalmente. Posteriormente se confirmó también su muerte. Yarden sobrevivió al cautiverio y fue finalmente liberado.
La comparación de las actuaciones de distintos gobiernos ante los secuestros resulta significativa. Rusia negoció directamente con Hamás para conseguir la liberación de ciudadanos ruso-israelíes que habían sido tomados como rehenes. Moscú presentó los nombres de sus compatriotas y realizó gestiones directas que contribuyeron a conseguir liberaciones.
Argentina adoptó una medida extraordinaria en favor de Yarden Bibas. Durante su cautiverio le concedió la ciudadanía argentina por razones humanitarias, a petición de su familia, con la esperanza de que disponer de una segunda nacionalidad incrementara la presión internacional para conseguir su liberación.
Perú, en cambio, no parece haber desarrollado una iniciativa comparable de la misma dimensión por Margit y su familia. La Cancillería realizó pronunciamientos y gestiones consulares, pero, hasta donde se ha podido documentar públicamente, Lima no llevó adelante una negociación directa comparable a la rusa ni recurrió a una medida extraordinaria como la adoptada por Argentina.
Tampoco tenemos constancia de que Perú hubiese intentado utilizar la vinculación peruana de Shiri, Ariel y Kfir Bibas mediante una eventual concesión o reconocimiento de ciudadanía como instrumento adicional para presionar por su liberación. Esto resulta especialmente significativo porque eran la hija y los nietos de una peruana.
Por tanto, defender a los judíos peruanos y alinearse diplomáticamente con el Gobierno israelí son dos cuestiones diferentes. El caso de los Bibas permite precisamente establecer esa distinción.
El contraste con México es igualmente significativo. Su presidenta, Claudia Sheinbaum, de origen judío, ha mantenido el reconocimiento tanto de Israel como de Palestina. Durante su gobierno, México recibió por primera vez a la representante palestina con el rango pleno de embajadora.
Sheinbaum, la primera mujer que preside México y una de las personalidades políticas judías que ha recibido mayor número de votos en una elección popular, demuestra que la identidad judía y el reconocimiento de Palestina no son posiciones incompatibles. Su gobierno reconoce tanto a Israel como a Palestina y ha mantenido una posición crítica respecto de la actuación israelí en Gaza.
La votación de Naciones Unidas permite así observar una nueva configuración latinoamericana. Perú y Colombia, tras sus recientes cambios presidenciales, pasaron a integrar el reducido grupo de países que se abstuvieron, mientras que México mantuvo una posición favorable a la participación palestina.
La pregunta que queda abierta es hasta dónde llegará el giro peruano. La abstención ante la participación de Abbas no equivale a romper relaciones con Palestina ni demuestra que el Gobierno vaya a hacerlo. Tampoco permite asegurar que Lima vaya a reconocer Jerusalén como capital de Israel.
Pero, unida al acercamiento del gobierno de Fujimori a Washington, a la ruptura con Irán y a sus primeras decisiones internacionales, plantea la cuestión de si estamos ante el comienzo de una revisión más profunda de una política peruana hacia Palestina construida durante varias décadas.