TERCERA GUERRA MUNDIAL, PERO DIFERENTE

Por LUIS ARCE ISAAC

Hay muchos analistas, e incluso políticos, que consideran que ya estamos en la Tercera Guerra Mundial, solo que con características muy diferentes que las dos anteriores en el siglo pasado, porque es multifacética y engloba a casi todos los sectores de la vida social, incluido el militar. 

Lo inquietante es que hay unanimidad en la creencia de que se puede transformar y derivar hacia una conflagración global absolutamente militar y muy cruenta porque, al contrario de la primera y segunda, habrá menos participación de infantería, un uso descomunal de la tecnología destructora y de la IA en función de exterminio humano, y mayor cataclismo en las ciudades, por lo que la mayor cantidad de víctimas serán civiles. 

Será eminentemente una guerra tecnológica de gran envergadura en su mayor parte dirigida por la Inteligencia Artificial, hasta llegar al punto de que estaría siempre sobre la mesa de juego la posibilidad de una generalización a escala mundial.

Lo tranquilizador es que será muy difícil que se convierta en una guerra nuclear —aunque no lo descartan— porque desapareceríamos todos; el planeta moriría y quedaría orbitando sin seres vivos, ni siquiera cucarachas. Ninguna de las partes en pugna desea morir, pero son escasas las posibilidades de que alguien sobreviva.

Si comparamos este momento con la primera y segunda guerras mundiales, diremos que no hemos llegado todavía a aquel extremo, aunque estemos en su umbral. 

Pero si tomamos en cuenta los diversos y numerosos conflictos en activo de los que no escapa ningún continente, y las tensiones entre las grandes potencias y bloques, nos alinearemos entonces con quienes afirman que sí lo estamos, y que la gran diferencia es que se trata de una guerra fragmentada, multisectorial, pero globalizada.

Desde ese punto de vista es mundial, e incluso más abarcadora que las dos anteriores limitadas o concentradas en Europa y el Pacífico asiático. En ambas, su incidencia en la economía internacional fue muy relativa, pues países como Estados Unidos, que no recibieron ni una sola bomba, se beneficiaron grandemente de las dos. América y gran parte de África quedaron al margen de esos conflictos.

Sin embargo, lo más significativo está en sus causas, que poco se diferencian de las de conquista territorial y aumento de poder geoestratégico de aquellas del siglo XX, e incluso hasta de la ideología fascista de la segunda con su líder, el führer Adolfo Hitler, parangonado hoy por Donald Trump. La ambición es la misma y el endiosamiento también.

En una reciente conversación con el expresidente ecuatoriano Rafael Correa, el excanciller brasileño Celso Amorim, actual asesor del presidente Luiz Inácio Lula da Silva, vio la situación desde este ángulo:

«Estamos en un momento en el que no hay reglas, donde la situación más bien se asemeja a una guerra mundial en pedazos que tiene gran riesgo de convertirse en una guerra mundial. El mundo está en carne viva».

Es una observación muy atinada la cual compartimos ciento por ciento, e ilustra lo que advierten algunos pensadores como el catedrático ruso Serguev Bodrunov acerca de que estamos en un período de transición económico y sociopolítico que necesariamente conducirá a una nueva época. En ese estrecho corredor puede suceder cualquier cosa.

Es importante definir en qué momento de esa transición estamos, si se avanza o se recula. También de sus causas, para saber cómo conducirnos de ahora en adelante e intentar eliminar todo peligro de extinción de la especie humana.

No dudamos de que estamos en guerra y que está se ha agudizado con Trump porque el orden internacional está siendo destrozado y la impunidad gana demasiado terreno porque no funcionan los factores de equilibrio y las negociaciones son difíciles de creer que lleguen a un fin lógico porque se realizan a la carta, más como táctica que como estrategia, y en dependencia de lo que dicten las circunstancias. 

Rusia e Irán lo han ilustrado muy bien: negociaciones dentro del escenario militar, no de la diplomacia. Trump lo hace peor: firma la paz y antes de que se seque la tinta, bombardea.

Hitler, mientras pudo, escondió sus intenciones geopolíticas de dominio militar, económico y cultural del nazismo. Trump, por el contrario, los proclama y exhibe como un trofeo de guerra los recursos naturales que conquista a plomo y pólvora.

En estos momentos hay como medio centenar de guerras: bélicas, diplomáticas, comerciales, económicas, financieras, arancelarias, culturales, tecnológicas, del conocimiento, comunicacionales, pero todas interconectadas como una sola en un contexto geoestratégico único en el cual la meta es la conquista de territorios y ampliación de áreas de influencia como en los viejos tiempos y control de los recursos naturales.

Esa proliferación de frentes simultáneos conectados entre sí, provoca un alto nivel de tensión entre las grandes potencias globales que compromete en grado superlativo la paz relativa cuya seguridad nadie garantiza 

Las más activas que ocasionan roces graves en varias partes del planeta al mismo tiempo, como en Europa tanto oriental como occidental, Oriente Medio, el Pacífico que involucra a China, Japón, Corea del Norte y del Sur, Taiwán, Filipinas, Indonesia e incluso Rusia por las Kuriles, son granadas sin espoleta, y en todas hay algún tipo de presencia de Estados Unidos, una exigencia, un chantaje, una posición, e incluso un control. 

De tal manera que ninguna de las guerras actuales está desconectada de las demás, y menos de los bloques en pugna y, por ello, lo que pasa en un continente afecta de inmediato las decisiones políticas y militares en otro, aunque no haya soldados en el terreno defendiendo alguna colina.

Sus epicentros son Ucrania e Irán, pero si Europa continúa su errática política de apoyo a Kiev y, al mismo tiempo a Trump e «Israel» en el Medio Oriente, y EE. UU. sigue estimulando el militarismo nipón y se  continúa complicando Yemen, toda esa extensa región se integrará en una sola conflagración mucho más abarcadora y mortal que la de Hitler.

Ahora, junto a los cohetes, los drones y los submarinos inteligentes está la nueva arma desarrollada por el trumpismo: las sanciones económicas severas, la tecnología inteligente,  y los ciberataques que configuran un campo de batalla global e invisible, que es la gran estupidez que están cometiendo los imperialistas porque están creando un escenario para enterrase en vida y precipitar el cambio o la desaparición de la especie humana.

Hasta ahora, para suerte de la humanidad sobreviviente, el choque de las superpotencias es indirecto y evitan un combate militar directo entre ellas para no desatar un desastre nuclear, pero avivan el fuego en la periferia, que es donde vive la gente que más sufre las despiadas guerras simultáneas.

Esto nos lleva a una conclusión inquietante: en la perspectiva de una sociedad humana a la que le falta todavía tiempo para ser la parte y el todo, la globalización de las guerras no ha podido ser frenada porque hay también una necesidad de supervivencia del imperialismo que ve mermada su capacidad de influencia y presiente el peligro de que lo nuevo acabe de nacer y los barra.

No nos hagamos ilusiones: ningún millonario va a renunciar voluntariamente a su riqueza y la va a defender hasta con los dientes. La nueva normalidad para ellos es la que están viviendo: un aumento creciente de la agresividad, una obsesión enfermiza por el control de todo y un miedo atroz a lo que amenace sus fortunas que los convierte en un gran peligro para la sociedad.

Todo se transparenta gracias a ese temor, no a China ni a Rusia, porque saben que no se trata de un cambio del centro del poder, sino del modo de producción que se desmorona, y esa nueva realidad, su realidad, es la que les da miedo porque la humanidad no la soporta y lucha por un mundo mejor. 

No se sabe cómo será, pero sí es seguro que no se parecerá en nada a la actual. Es esta la parte invisible de esa cruel guerra global variopinta.