250 AÑOS DE EE.UU. EL ASCENSO Y LOS LÍMITES DEL IMPERIO

De la independencia a la hegemonía mundial, una trayectoria marcada por la expansión militar y la emergencia de un mundo multipolar

Paulo Cannabrava Filho

Estados Unidos celebra 250 años de existencia como nación independiente. En términos históricos, se trata de un país relativamente joven. Su formación y su enriquecimiento inicial estuvieron asociados a las grandes oligarquías mercantiles que prosperaron con el tráfico de esclavos africanos, el comercio internacional y otras actividades, como el tráfico de opio, que marcaron el capitalismo naciente. A partir de esa base económica, construyó un Estado que, a lo largo de los siglos XIX y XX, se transformó en la mayor potencia económica, militar y política del planeta.

La expansión territorial de Estados Unidos también fue construida por la fuerza de las armas. La llamada marcha hacia el Oeste significó la ocupación de inmensos territorios y el exterminio de millones de indígenas que habitaban el continente mucho antes de la llegada de los colonizadores europeos. A mediados del siglo XIX, después de la guerra contra México, Washington anexó cerca del 55% del territorio mexicano, incorporando áreas que hoy corresponden a los estados de California, Texas, Nuevo México, Arizona, Nevada, Utah y partes de Colorado y Wyoming. La construcción del poder estadounidense comenzó, por lo tanto, por la expansión territorial, la conquista militar y la destrucción de los pueblos originarios.

La primera gran guerra expansionista fuera del continente ocurrió a fines del siglo XIX, contra España. Bajo la bandera de la liberación de Cuba del dominio colonial español, Washington entró en el conflicto y salió de él como potencia imperial. Cuba se convirtió, en la práctica, en un protectorado estadounidense. Puerto Rico permaneció bajo dominio de Estados Unidos, mientras Filipinas pasó a integrar su imperio ultramarino. Quedaba inaugurada una política exterior basada en la expansión de su influencia política y militar.

A lo largo del siglo XX, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos consolidó una hegemonía sin precedentes. Desde entonces, prácticamente no hubo un solo año en que el país no estuviera involucrado directa o indirectamente en algún conflicto armado. Las guerras dejaron de ser apenas instrumentos de defensa para transformarse en mecanismos permanentes de afirmación de poder y de preservación del liderazgo mundial.

Algunas de esas guerras se volvieron emblemáticas. En la península coreana, el conflicto iniciado en 1950 jamás fue oficialmente cerrado. Existe apenas un armisticio, firmado en Panmunjom, que permanece vigente hasta hoy. A pesar de la enorme superioridad militar estadounidense, la guerra terminó sin victoria, y Corea del Norte preservó su soberanía y hoy desafía el imperio como potencia nuclear.

Aún más simbólica fue la Guerra de Vietnam. Estados Unidos lanzó sobre aquel pequeño país una cantidad de bombas superior a la utilizada en toda la Segunda Guerra Mundial. Aun así, fue derrotado por la resistencia de un pueblo mayoritariamente campesino. La retirada de Saigón se convirtió en uno de los episodios más humillantes de la historia militar estadounidense.

En las últimas décadas, el mismo guion volvió a repetirse. Irak fue invadido bajo el argumento de la existencia de armas de destrucción masiva, jamás encontradas. Afganistán terminó con una retirada caótica, cerrando veinte años de ocupación sin alcanzar los objetivos anunciados. Ahora, el enfrentamiento con Irán revela nuevamente los límites del poder militar ante una civilización milenaria. Frente a la antigua Persia, los 250 años de Estados Unidos representan apenas un breve capítulo de la historia humana.

Al mismo tiempo, Washington identifica a China como su principal adversario estratégico. Pero la realidad internacional cambió profundamente. Según el criterio de la paridad del poder adquisitivo, la economía china ya ocupa el primer lugar en el mundo. En pocas décadas, China también construyó la mayor marina del planeta y desarrolló capacidades tecnológicas y militares que alteraron el equilibrio global de poder. El mundo ya no es unipolar.

Los 250 años de Estados Unidos representan, sin duda, una de las trayectorias más impresionantes de la historia moderna. Pero también plantean una reflexión inevitable: los grandes imperios suelen creer que su poder es permanente. La historia, sin embargo, muestra exactamente lo contrario. Las últimas guerras del imperio —Vietnam, Irak, Afganistán y, ahora, el enfrentamiento con Irán— revelan que la fuerza militar, por sí sola, ya no garantiza hegemonía.

El siglo XXI ya anuncia una nueva correlación de fuerzas. Y esa nueva realidad se expresa, sobre todo, en los BRICS, que reúnen países decisivos de Asia, África, América Latina y Medio Oriente. Los BRICS ya configuran, en la práctica, el mundo multipolar: un mundo en el que ninguna potencia tendrá ya el derecho de imponer por sí sola su voluntad a los demás pueblos.

Paulo Cannabrava Filho periodista editor de la revista virtual Diálogos do Sul Global