Por Jhonny Peralta*, Resumen Latinoamericano, 18 de junio de 2026.
Desde hace 47 días todos sabíamos lo que estaba pasando en Bolivia, que hay una crisis económica, política y social, expresada en una rebelión indígena popular, y que el gobierno oligarca de Paz quería zanjarlo mediante el uso de la fuerza y la represión o el degaste ; sabemos que esta democracia está pervertida porque los representantes, desconociendo el mandato del voto popular, quieren desnacionalizar la economía y favorecer a la inversión privada; quieren reformar la constitución a imagen y semejanza de la clase dominante; que la deuda externa que asciende a 14.418 dólares y el narcotráfico con carta de ciudadanía sean los medios de enriquecimiento de las clases ricas; etc. etc.
Todos sabíamos todo esto, pero en las clases medias urbanas no pasa nada, y este gobierno deslegitimado seguía operando, amparado en la anestesia de las sensibilidades y la neutralización de la acción de esos sectores medios. Ya Spinoza decía que todo movimiento subjetivo viene mediado por el deseo; por esto, la rebelión, la revolución, deben estar alimentadas de deseo, como nos recuerdan Deleuze y Guattari: “A menudo los revolucionarios olvidan, o no les gusta reconocer, que la revolución se quiere y se hace la revolución por deseo, no por obligación”.
Quizás una explicación para comprender esta indiferencia de las clases medias urbanas, la encontremos en su incomprensión de las verdades éticas que afloran desde la rebelión indígena popular. Las verdades éticas no son descripciones del mundo, ni verdades objetivas y exteriores, sino verdades sensibles: lo que sentimos ante algo más que lo que opinamos. Son verdades que nos vinculan a otros que perciben lo mismo, así los insultos, los agravios, las percepciones que se tenían de este gobierno oligarca y entreguista no eran los mismos en el mundo indígena que en el mundo de clase media urbano. Mientras que en los sectores indígenas y populares no se quedaban indiferentes, se comprometían en los bloqueos y marchas y, por lo tanto, les quemaban esas verdades; en las clases medias urbanas cundía el miedo, la desesperanza, la inseguridad, la desorientación.
Es en este marco que podemos comprender las palabras de dos intelectuales del indigenismo como son García Linera y Quya Reina. El ex vicepresidente afirma que “el movimiento ya ha llegado a un tope de expansión sostenida en la movilización campesina que, por ahora, no le permite ganar. Para la renuncia del gobierno faltaría la adhesión movilizada de nuevos sectores de la ciudad de El Alto y de algunos barrios populares de la ciudad de La Paz…. Y es en esta cualidad indígena-campesina de la movilización donde precisamente radica la causa estructural subyacente de todo el malestar social, y que cualquier proyecto político, de izquierdas o derechas, ya no puede eludir. En Bolivia ya no se puede gobernar sin los pueblos indígenas.
En otras palabras, las clases medias urbanas deben seguir viendo desde el balcón la lucha política entre los pobres y ricos; además de augurar al movimiento indígena campesino de cogobernar con la izquierda o derecha, aunque la derecha se llame Reyes Villa, Tuto, Doria Medina o Marinkovic, el problema es en qué condiciones y quién lidera esos gobiernos.
Quya Reina, en su momento señalo que “¿Mario Argollo, Vicente Salazar o Nilton Condori son líderes? Quizá sí, pero les falta solidez e inteligencia… No hay estrategia, no hay visión y no hay estructura en ellos […] Pero si esa fuerza no se conduce con inteligencia, somos solo un río desbordado, poderoso, sí, pero desbordado [..] Que el gobierno de Rodrigo Paz continúe, que gobierne con los empresarios, con la élite política de derecha…Hay una lucha hoy y una lucha pendiente.
Tenemos cuatro años para organizarnos, para construir liderazgos reales, para asumir nuevos discursos, para fiscalizar, para concentrarnos en el siguiente oponente que no será Rodrigo Paz”.
}En momentos críticos de la rebelión indígena popular Reina proponía bajar los brazos porque los Argollo y compañía no eran inteligentes, que no había estrategia ni estructura y que Paz se quede cuatro años, tiempo en el cual construir liderazgos reales para oponerse al nuevo gobernante, llámese como se llame. En otras palabras, lo que proponía Reina era rendirse y no dar más batalla a Paz, sin respondernos quién o quiénes construirían esos “liderazgos reales”.
Las mujeres y hombres de las clases medias urbanas que el 2006 tenían 18 años, hoy tienen 38 años, quizás son los tres millones de clase media que produjo el gobierno del MAS, pero que nunca atravesaron procesos de politización, o sea, caminos donde la gente, como los hermanos de Pando, se hicieron preguntas radicales, en torno a la ley 1720 que permitía la concentración de tierras en manos de los Marinkovic, para que después de varias reuniones decidan marchar 48 días y lograr la abrogación de esa ley, mediante la respuesta de acción colectiva.
Las clases medias urbanas nunca tuvieron la oportunidad de atravesar ese proceso de politización, y por esto ahora son las grandes derrotadas; proceso en el cual la rebelión indígena popular nos deja grandes enseñanzas para trabajar por nuestra propia emancipación.
Este artículo pretende dar luces del por qué esa derrota de las clases medias, y cuáles son las enseñanzas que nos heredan esos cientos de miles de hermanos y hermanas que siguen en pie de lucha.
LAS CLASES MEDIAS URBANAS: DE LA DESPOLITIZACIÓN ¿A LAS FILAS DE LA REACCIÓN?
Las condiciones sociales, históricas y materiales donde hay relaciones de poder o estructuras de desigualdad nos afectan y condicionan nuestra forma de ser; así, la subjetividad, ese mundo interior con el que dialogamos, se vuelve funcional a ciertas condiciones de vida. Esta subjetividad nos puede dar pistas de cómo aprendemos a luchar y habitar las contingencias, y cómo nuestros malestares, rabias y decepciones pueden ser susceptibles de ser politizadas, ya sea para abrir horizontes emancipadores, o ser capturadas y reorientadas en clave reaccionaria.
El país vive una rebelión indígena popular, una realidad social y material expresada en bloqueos, movilizaciones, cabildos y asambleas, que condiciona la vida de 12 millones de habitantes, donde cada uno tiene la capacidad de influir en esas condiciones materiales y sociales y transformarlas, unos para dar otro sentido a esas estructuras de desigualdad y relaciones de poder, y otros para reforzar las desigualdades y poderes establecidos.
Que esta experiencia, como es la rebelión, sea real no significa que para todos baste para explicar el país; solos los que han sufrido dolor, agravio, humillación y miedo, y ahora que luchan en las carreteras y caminos, pueden hacer un análisis político, como han realizado cientos de miles de hombres y mujeres de las naciones originarias y sectores populares y llegar a la conclusión del pedido de renuncia de Paz Pereira.
La pregunta incuestionable es ¿por qué las clases medias urbanas no se han sumado a la lucha?
G. Colque, de la fundación Tierra, sostiene que el país ya no es un país de ingresos medios, sino un país pobre, porque el ingreso per cápita ha disminuido de 4.500 dólares con un tipo de cambio 6,96 a 2.800 dólares con tipo de cambio 10; por tanto, si antes cada mes el clasemediero ganaba 2.610 boliviano mes, ahora cobrará 2.333 bolivianos.
Que el malestar, la rabia y la decepción se ha originado en la promesas incumplidas, en la abrogación de impuestos a los ricos, la suspensión de la subvención a la gasolina que ha encarecido la vida, luz verde al narcotráfico, oligarquización y nepotismo del gobierno, etc. además del insulto y la denigración que sufre la rebelión; ha conducido a que las ideas y los valores de los hombres y mujeres que están en los bloqueos, marchas y cabildos, discrepen o choquen con los valores que marca el gobierno y la oligarquía que ocupa el poder estatal. Esto es evidente.
Pero qué sucede con los valores, intereses o emociones de las clases medias urbanas, conocedoras que ese pasado no volverá, primero, porque su poder adquisitivo ya está disminuido después del gasolinazo, segundo, porque el crecimiento del PIB boliviano, según organismos internacionales, será el peor de América del Sur, avecinándose golpes económicos más duros a la canasta familiar.
¿Entonces qué paso?
Los cuerpos de las clases medias urbanas en los cuales experimentan los efectos de la desigualdad, la injusticia o la discriminación, no lo están interpretando como una afrenta personal, ni mucho menos como producto de un gobierno oligarca y liberal que impulsa e impulsará sistemas más radicales de opresión y explotación, compartidos con el mundo indígena y sectores populares. Así, estas clases medias urbanas, en lugar de articular sus vidas en torno a conflictos sociales (clase, ideología, proyectos políticos contrapuestos, economía política), individualizan sus broncas, rabias, malestares, expresándolos en forma de sentimientos y pasiones tristes, como pueden ser el resentimiento y el miedo.
H. Arendt escribía “lo que prepara a los hombres para la dominación totalitaria en un mundo no totalitario es el hecho de que la soledad, que antes era una experiencia límite, que se sufre en condiciones sociales marginales, como la vejez, se ha convertido en una experiencia cotidiana para las masas cada vez más numerosas de nuestro siglo”. No hay duda de que es más fácil que afectos como el miedo, la inseguridad o la impotencia se expandan en aglomeraciones muy divididas como son las clases medias urbanas, antes que en comunidades que disfrutan de vínculos fuertes, como es el mundo indígena. Por eso, la incertidumbre, la sensación de amenaza y la soledad de esas clases medias han sido factores para que clamen “estado de sitio”, “maten a indios”, “salvajes”, “narcoterroristas”, etc.
Más aún, el mismo gobierno al darle un protagonismo importante a la oligarquía cruceña en la toma de decisiones estructurales, fomenta el nacimiento del totalitarismo al dejar a las clases medias como invitado de piedra, ya que siguiendo a H. Arendt, el fenómeno del totalitarismo nace cuando “lo humano se ha producido de manera superflua”; y qué quería decir con hacer superfluo a un ser humano, significa privarle de un lugar en el mundo, no solo una identidad, sino que en ese lugar sus opiniones son insignificantes y sus acciones no son efectivas.}
Ahora bien, la atomización social y la soledad personal de la clase media urbana es una pista clara para concluir que su malestar, su bronca, están siendo canalizados hacia posiciones políticas reaccionarias. La historia nos demostró que en las coyunturas marcados por el miedo y la incertidumbre son un terreno fértil para el surgimiento de posturas reactivas, que se reflejan en las exigencias de un líder fuerte, que imponga “orden”, aunque esto implique represión, masacres y derramamiento de sangre.
Esta rebelión indígena popular que ha abierto una posibilidad de emancipación, también refleja la derrota de la clase media urbana, porque manifiesta una incertidumbre en su accionar político sobre el porvenir que puede materializarse en dos caminos posibles: el reaccionario, que vuelve la mirada con nostalgia hacia un momento pasado en el que, en apariencia, sus vidas estaban ordenadas y su futuro era promisorio; y, el emancipatorio, en el implica manipular su bronca y malestar en un elemento transformador, la base política para inventar un futuro diferente.}
LA REBELIÓN INDÍGENA POPULAR: UNA VERDAD QUE SE DIRIGE POTENCIALMENTE A LA CONCIENCIA NACIONAL
Toda rebelión, como la se vive en Bolivia, desde sus inicios no se interesó sobre opiniones reaccionarias: “no hay la correlación de fuerzas”, “no está bien organizado”, “todo es un caos”, etc.; para luego pasar por alto las críticas inmorales de aquellos que exigían que esta rebelión carece de estrategia, de dirección, de mínimo programa, de lideres expertos, de huelga general indefinida, etc.
Estas posiciones reaccionarias y criticas prepotentes nacían de gente ideologizada de la izquierda, que se olvidaban que al carecer de partido, dirección, programa, etc
la rebelión indígena popular expresaba la forma más pura de hacer comunismo, como lo fue la Comuna de Paría, o sea, el comunismo de movimiento: la creación conjunta del destino colectivo. Así, como también revelaba una verdad política, que no consiste en “tengo razón y el otro está equivocado”, una verdad es algo que no existe anterior a los procesos políticos, por lo tanto, no se trata de verificarlas o no; sino que una verdad política es la presentación colectiva de los desfavorecidos, de los humillados, de los explotados, que va más allá de sus intereses grupales, y se instala para que exista justicia e igualdad.
Esta creación conjunta del destino colectivo, como verdad política, no fue comprendida ni apoyada militantemente por las clases medias urbanas, que mostraba un creciente individualismo neoliberal, que en el fondo supone una amenaza para la democracia, porque dejan de ser agentes colectivos para convertirse en actores atomizados, reduciendo drásticamente la capacidad de acción política frente a la desigualdad y la injusticia. Entonces, si dejar de debatir y luchar públicamente, ponen en riesgo la capacidad colectiva para debatir, negociar y construir soluciones a problemas comunes; y se contentan en ser guardianes morales que señalan a los demás, en este caso a los miles de hombres y mujeres de la rebelión, cómo deben “solucionar las carencias” que poseen, evidenciando que desde hace tiempo se han distanciado así de los sectores indígenas y populares, que son quienes siguen articulando la política en torno al conflicto.
Esta rebelión indígena popular ha dejado varias conclusiones; la primera, la federación departamental Tupac Katari es el sujeto político que ha abierto una posibilidad de construir el sujeto histórico a partir de las propias prácticas políticas y caminar hacia un proceso de emancipación; segundo, su acción política recuerda la conclusión de Marx: “la clase no es algo que esté dado, sino que se construye en el proceso de la lucha”, por tanto, pertenece al sujeto histórico en construcción aquel que se implica en la lucha contra la oligarquía y su proyecto antinacional; tercero, no se trata de determinar qué lucha engloba a las demás, qué identidad es más amplia y merecedora de articular al resto, se trata de entender que más allá de las luchas concretas, es un deber y una responsabilidad converger en un proyecto colectivo compartido; cuarto, que la política “no es un asunto de ideas”, es un asunto de producción de ideas que afectan, o sea, de experiencias o prácticas de lucha que después generan nuevas ideas, nuevas maneras de pensar.}
En conclusión, la rebelión indígena popular nos demostró que la batalla cultural no es sólo cuestión de ideas, de teorías, de relatos seductores, de mensajes a colocar, sino que tiene que ver con prácticas, con experiencias, con sacudidas de la vida capaces, según explica la tradición materialista, de generar nuevas visiones del mundo.
Jhonny Justino Peralta Espinoza
ex militante de las Fuerzas Armadas de Liberación Zárate Willka





